Imprevistos previsibles.

   Un plan no deja de ser un plan. Y la ejecución del plan casi nunca resulta en lo esperado. No nos engañemos. La realidad es así.

   Esto viene a colación de esa hoja Excel que todos hemos hecho en algún momento. Tú sabes cuál es: esa en la que hemos puesto nuestra cartera, los años, nuestro incremento anual, el tipo de interés… y lo hemos estirado hasta ese hipotético futuro en el que todos somos millonarios.

   En el mejor de los casos, habrás contado con la inflación…

   Ese es el plan.

   Pero, ¿qué pasa luego con la ejecución? Pues eso, que, para variar, nunca resulta en lo esperado.

   El plan empieza, normalmente bien, pero casi siempre pasan cosas, y se producen desviaciones sobre lo previsto.

   Una avería en el coche.

   Un imprevisto en la boca.

   El capricho sobre el que no fuiste capaz de evitar la tentación.

   Una dioptría que se presenta sin avisar + montura + cristales.

   La caldera, que ha empezado a hacer un ruidito…

   …

   Váyase Vd. A saber.

   Y cada línea, con su importe asociado, claro.

   Pero nuestra hoja Excel no contempla nada de esto… Nosotros aportamos, y el papel lo soporta todo. Y a los 65, todos millonarios.

   Pero el coche ya tiene casi 12 años, ese dolor en la muela te resulta cada vez más insoportable, tu bicicleta nueva es una pasada (también de cara), llevas gafas y la caldera está a dos duchas de dejarte en mitad del aclarado.

   Son sólo algunos ejemplos… Los imprevistos aparecen, y tú lo sabes.

   Está claro que no es lo mismo un imprevisto de 1000€, que tener que cambiar de coche. Y por supuesto, los imprevistos no afectarán del mismo modo a una cartera de 10.000€ que a una de 100.000€. Pero ahí están. Fuera de los planes de casi todos. Y con una afección real sobre todos.

   Limarán tiempo. O limarán dinero. Tardarás más en llegar a tu meta, o lo harás en condiciones un poco peores.

   De lo bueno que sea tu plan (y de lo previsor), dependerá que puedas hacer frente a imprevistos de 1000, 2000, 3000 €uros sin despeinarte… o incluso que prefieras pagar un coche “a toca teja”. Pero el plan se verá afectado: habrá que reponer el dinero del colchón de seguridad o habrá que posponer esa compra de acciones que te rondaba la cabeza…

   Lo malo de los imprevistos, es precisamente eso, que son imprevistos… Pero ¿siempre es así?

   Será cuestión de nomenclatura. Pero tal vez pueda preverse que no merece la pena mantener un coche más allá de 20 años, que habrá algunos gastos inevitables en salud, en la casa o algún capricho irresistible. Tal vez se pueda. Y si se puede, pues dejemos que esa dosis de realismo empape nuestro plan, porque así nos defraudará menos y, por el contrario, nos motivará a ser más ambiciosos a la hora de trabajar para llegar a la meta.

   El papel lo soporta todo. Incluso los imprevistos.

   Pero nunca diré nada malo de los planes. Jamás. Los planes son necesarios. ¡Tienes un plan!… y eso ya es mucho (muchísimo más) de lo que la mayoría tiene. Es tú plan, el compromiso que te gustaría poder adquirir. Tu declaración de intenciones. Y, tenerlo, en mejor o peor modo, estoy seguro de que te ayuda a acercarte a tu objetivo. Y si los imprevistos que planeaste finalmente no llegaron a materializarse… ¡estupendo!… ¡antes llegarás a conseguir la (f)independencia!

Las cuentas claras y el chocolate espeso.

   Un comienzo para darte cuenta de por qué no consigues hacer despegar tu situación financiera es ser consciente de que ganas mucho menos de lo que te crees. No te culpo. Hay un interés general en que no seas consciente de ello.

 Precisamente, ser consciente de esto te va a permitir reaccionar ante ello.

   Si has vagabundeado por este blog, en una de esas te has topado con el ejemplo de la nómina de Juan. Tal vez te parezca una exageración, pero es tan real como aterrador.

   Por si no lo conocías, este ejemplo de Juan es el máximo exponente de los Intereses Ocultos sobre los que hemos hablado en alguna ocasión. Supongo que te estarás preguntando porque en tu nómina no aparece todo ese desglose, incluyendo lo que tu empleador paga por ti al estado. Vaya. Yo también me lo pregunto.

   – ¿Y tu?, ¿sabes realmente cuánto ganas?

   Antes de responder, incluso conociendo el ejemplo de la nómina de Juan, voy a hacer un pequeño ejercicio con sus números.

   Pues comencemos: Juan. Netos, antes de cualquier gasto percibe 1227, 84€ (si has visto el video, esto es lo que le queda a un “dosmileurista” después de pasar por la “muela” del estado. El cálculo corresponde a los 2000€ brutos – 511,35€ de Seguridad Social – 166,28€ de retención del IRPF – 69,97€ de Contingencias Comunes – 24,56€ de Formación y desempleo).

   Pero a los números de Juan todavía les faltan algunas matizaciones que nadie calcula: el coste de ir a trabajar, que puede variar bastante, pero sobre el que pongo un ejemplo bastante común.

   Dos trajes al año (por eso de tener uno de repuesto mientras el otro va al tinte). A 100€ por traje (y ya nos cuesta dar con esta oferta), suman 200€.

   Dos pares de zapatos al año (a 40€/par, y de nuevo ya va siendo complicado dar con la oferta), suman 80€.

   Transporte público (un abono o equivalente, redondeado a 50€/mes), al año laboral, 11 meses, contando con que tienes un mes de vacaciones, 550€.

   Y pongo transporte público para que no te eches a llorar, porque si tu opción es tu coche particular, una cuenta bien echada pasaría por calcular la parte proporcional destinada a llevarte al trabajo de impuestos, seguro, mantenimiento, y si me apuras, del coste del vehículo.

   Y si te tomas un café por la mañana, a un eurito, sumaremos 20€ al mes, totalizando 220€ por 11 meses. (Espero que no dejes de tomar café después de leer esto… no te vuelvas un tacaño. Es un gran estimulante y… por algo es la segunda materia prima, después del petróleo, más negociada del mundo).

   En resumen, un cálculo rápido, contabiliza que el simple hecho de ir a trabajar todos los días te cuesta 1050 €urazos. Si lo dividimos entre los 11 meses que trabajas, sale a otros 95,45 €uros a restarle a tu neto.

   Pobre Juan, a sus 1227,85 hay que restarle otros 95,45 €. Al final, neto, antes de meterse en gastos, y descontando este, llamémosle, “coste operativo” (lo que te cuesta ir a trabajar), le quedan 1132,4 € al mes.

   Si me lo llevo con un burdo –pero ya verás que ilustrativo- cálculo, a un mes de 4 semanas, Juan gana 283€ a la semana. Y si la semana es de 40 horas, a Juan la hora le reporta 7,07 €.

   Espeluznante. Puede que Juan no sea el primero que para poder ir al trabajo pague a alguien que te arregle la casa… a 9 o 10 €uros la hora… pagando esas horas, sin haberse pardo a pensarlo (y en muchos casos sin alternativa), a más dinero del que gana en el mismo periodo de tiempo.

   A lo que voy. Las cuentas claras y el chocolate espeso. De este cálculo barato que he dejado caer por aquí, matizable y criticable de mil maneras, y desde mil puntos de vista, lo que tiene que quedar bien claro, es el detalle al que hay que entrar para tener las cuentas claras. Y con mayor o menor acierto, pensar y hacer las cuentas. Por lo menos eso, pensar en ese “coste operativo” que casi toda actividad tiene asociada.

   Esto vale tanto para lo que uno gana, como para comprarse un coche nuevo, como para elegir entre hipotecarse o alquilar… El “yo me compro un piso, porque el alquiler me saldría igual”, ha sido una frase muy oída durante muchos años… y muy pocas veces cierta si se echan bien las cuentas. Una casa en propiedad soporta IBI, averías, comunidad, derramas, seguro… Un alquiler, una cuota única más gastos (luz, agua, gas, teléfono). Pero si se rompe la caldera, para el inquilino el coste seguirá siendo el mismo, mientras el propietario se rasca el bolsillo.

   Las cuentas, claras. Porque el que madruga todos los días para trabajar, eres tú. Y estoy seguro de que tener las cuentas claras te acerca un poco más a la (f)independencia.

Por que tú lo vales… pero más te vale hacer algo al respecto.

   Estoy casi seguro de que si te digo que casi para todo lo que haces tú principal enemigo eres tú mismo, no te estoy diciendo nada nuevo. Seguro que lo has oído más de una vez. Pero puede ser que no lo hayas pensado detenidamente.

   En una ocasión, cuando era mucho más joven, alguien me dijo “yo creo en ti mucho más de lo que a día de hoy crees tú mismo. Voy a invertir en ti, pero no te quepa duda de que luego me lo cobraré”. La historia es larga, pero puedo dar fe de que efectivamente ese alguien apostó por mí, invirtió su tiempo y dedicación, y finalmente, tal como me dijo, se lo cobró. Es más, a día de hoy, sigo pagando esa “renta”, pero es algo que se paga a gusto, porque realmente creo que no sería la misma persona si todo esto no hubiese pasado.

   Ese alguien, cuando me dijo todo esto, efectivamente creía más en mi de lo que yo realmente lo hacía. Es lo que tiene ser joven. Es lo que tiene ser inexperto. Es lo que tiene ser inseguro.

   Y básicamente lo que esa persona me proporcionó, fue eso: experiencia, seguridad en mi mismo, autodeterminación…

   Es una larga historia, pero el mensaje, a tiempo pasado, es fácil de exponer: sé tú mismo. Y nada más. Y nadie más.

   Puede sonarte obvio, pero:

   Tú no eres tus padres.

   Tú no eres tus hermanos.

   Tú no eres tus amigos.

   Tú no eres (pon aquí lo que quieras)

   Tú eres tú. Y cuanto antes lo asumas, antes te quitarás inseguridades y dudas. La mejor manera de aprender es equivocándote. La mejor manera de no equivocarte es aprender. La mejor manera de aprender es reconocer que no se sabe. La mejor manera de reconocer que no se sabe es ser humilde en ese sentido.

   Dale la vuelta a este proceso, y verás su potencial. Es decir: reconoce tu ignorancia, y llegarás a ser una persona de las que pisa fuerte.

   Llegado a este punto, hago una observación: si bien respeto el “coaching” como medio de mejora personal, no soporto el “coaching” para blandengues, ese del “tú puedes”, “el mundo es fantástico”, “la energía está en ti”… porque la vida se las gasta duras y todo eso luego se queda un poco vacío. Ahí fuera, lo que hay son tiburones, y si quieres lidiar con tiburones, más te vale que prepares para ello. No se negocia con un “porque yo lo valgo”… se negocia con argumentos y con estrategia… Y si se acompaña de visión (¿qué puede objetar mi oponente?) y empatía (¿si yo digo esto, cuál va a ser su reacción?)… más probabilidades habrá de tener éxito. Es sólo un ejemplo.

   El tema da para demasiado, pero trataré de hacer un breve resumen, tocando los tres pilares de la (f)independencia.

   En el campo de las habilidades técnicas, el saber no ocupa lugar… (aunque esto solo pasa desde que existe internet. Si ves mi biblioteca en papel, no te lo creerías). En tú disciplina, intenta hacer más y de la mejor manera posible. Sea lo que sea. Aquí, no te dejes engañar por estadísticas baratas que habrás seguramente oído… esas del 75% de actitud y 25% de aptitud. Sólo les doy la razón en aquellos casos en los que a la gente no le gusta lo que hace. Si tienes pasión por lo que haces, estoy seguro que das el 100%, en actitud, y aptitud (párate a pensar en cómo desarrollas tus aficiones). No te engañes: actitud + aptitud no es un cálculo de suma 100.

   En el campo de las habilidades interpersonales, te enfrentas a un campo por sembrar. Ser tú mismo requiere tu propio círculo de influencia. Te lo repito, tú eres tú. Está muy bien que respetes y tengas en consideración a los amigos de la infancia, de la familia etc. Pero ya verás como el tiempo me da la razón y muchos lazos aparentemente indestructibles, se van erosionando con el tiempo… Y especialmente si tú lo permites. Que algunos lazos se deshagan, es inevitable. Pero (aquí es donde debes actuar tú, proactivamente, en juego), es posible crear lazos nuevos. Discúlpame si te digo que somos muy tontos… tendemos a quedarnos con un único círculo de amistades, y luego nos quejamos que a medida que nos hacemos mayores “es más difícil conocer gente”. Es una excusa. Y te aseguro que a mí me queda por conocer gente apasionante a la que admirar. En algunos casos, será el destino quien te ponga delante a personas apasionantes (como me ha pasado con Domingo Gaitero), en otros, he sido yo quien me he preocupado de conocerlas (como me ha pasado con Ernesto Bettschen).

   No me extiendo más, sólo espero que llegue el día en que como yo hago con mi agenda, procures hacer hueco casi cada día a números que utilizar con frecuencia. Llena tu agenda. Y utilízala. Fuerza recordar, y que te recuerden. Y no te olvides de mandar una felicitación navideña todos los años, descolgar el teléfono a cada cumpleaños, y llamar porque hoy es hoy. Las redes sociales están muy bien… pero por si no te has dado cuenta, cuanto más conectado estamos a través de ellas, más solos estamos en la vida real. ¿Cuántas llamadas en persona recibiste en tu último cumpleaños vs. Cuantos mensajitos de “whatsapp”? Si según te lo estoy contando me das la razón, ya has dado el primer paso para cambiar esto. Te recuerdo que si haces lo que hace la mayoría… simplemente pasaras a ser eso, mayoría. Yo, discúlpame, pero prefiero hablar contigo directamente el día de tu cumpleaños.

   En el campo de las habilidades financieras, si por el motivo que sea has terminado leyendo este u otros blogs de temática parecida, creo que estás en el buen camino. El tema es recurrente: si actúas como la mayoría… ya sabes lo que te espera. Es hora de cambiar el chip, y empezar a tomar decisiones propias y diferentes. La mayoría de la gente vive al día. Sin un fondo de emergencia. No invierte. Y tiene deudas. No les culpo, no es porque nos lo hayan enseñado, que en este país la educación financiera brilla por su ausencia. Es precisamente po esa ausencia que la gente aprende finanzas con la única escuela del día a día. Así vamos, que nos cuelan lo que quieren (opciones, preferentes, fondos mal gestionados, etc.). y luego está lo que no te ha contado nadie: que un rico de verdad no vive de su dinero, sino de lo que produce su dinero. Bien sea en inversiones, bien sea en forma de empresa. Pero en ninguno de los dos casos, se gasta el principal.

   Más del 90% de los millonarios, tiene inversiones financieras en forma de acciones o fondos de inversión.

   Sin embargo, la mayoría de la población, aun teniendo importantes ingresos, no invierte nada. En el mejor de los casos, llegados a una edad se inclinan hacia el plan de pensiones que les vende la entidad de turno.

   Y… ya está…

   No para ti, que como te digo estás leyendo esto. Y por algo será. Que no te vendan motos (ni planes de pensiones). Yo sí que te propongo un plan. Y ya verás que rápido: busca un buen puñado de acciones (diez, quince a lo sumo) que hayan repartido dividendo sin interrupción los últimos 15 años, y ve comprando de poco en poco las que puedas (si sólo puedes poner 50€ al mes, hazlo cada cuatro meses, con los 200€ que sumes, para que la comisión de compra te merezca la pena). Empieza hoy, y no pares nunca. Y reinvierte los dividendos. Ya está. Sólo con esto, y tiempo por delante, llegará un día en que te reirás de lo fácil que era, y lo engañado que estabas. Verás cuando empieces que no hay que saber mucho. Y que de repente, las acciones no están caras ni baratas, que simplemente están “más caras o más baratas que cuando las compraste la última vez”. Y tú sólo serás capaz de decidir que comprar, y cuándo comprar. Quitándote de un plumazo todo el ruido del mercado, que por si no te has dado cuenta lo único que hace es jugar con el miedo y la ambición.

   Esta es sólo una estrategia. Ya lo ves. 10 líneas para cambiarte la vida. No es ni la mejor, ni la peor. Pero es una fácil de ejecutar. Si la quieres más sencilla, también la tengo: cómprate un fondo indexado a la evolución del mercado mundial (por ejemplo un fondo que replique el índice MSCI World), y haz tu aportación periódicamente.

   Dos líneas. Y también te cambiarán la vida.

   Una vez que empieces, lo más difícil es mantenerse firme. Ya lo verás.

   Las dos estrategias que he contado pueden mejorarse. Lo sé. Pero empezar, si no lo has hecho ya, es lo más importante. Desde el primer céntimo de €uro que inviertas, habrás dado un paso de gigante que te aleja de la inercia de la mayoría.

   Lo importante para nadar es meterse a la piscina, poco a poco. Todo lo demás, es teoría. Y cuando te metes en el agua, es cuando aprendes que el cuerpo no sólo no se hunde, sino que ¡flota!…

   Tiempo habrá para aprender a tirarse de cabeza, dar la vuelta bajo el agua o nadar a mariposa.

   Cuando inviertes por primera vez, es cuando aprendes que el dinero que se mete en el mercado poco a poco, no se multiplica ni esfuma como te han contado en esas historias en las que alguien se forra o se arruina en un par de días. Simplemente fluctúa. Como tu cuerpo en el agua.

   Tiempo habrá para aprender sobre fondos indexados, datos de la cotización de las acciones, porcentajes de renta fija y renta variable, estrategias Bogleheads, Harry Browne, ETFs, etc., etc., etc.

   No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero si analizas los tres aspectos que te he comentado, y los llevas a la práctica, por lo menos tendrás alguna opción más de optar a un futuro menos oscuro. Porque tú, eres tú. Independientemente de todo y todos los que te rodean. Porque tú lo vales… y aplicando esto es una forma de empezar a saberlo.

   ¡Con un poco de suerte, y algo de tiempo por delante, incluso podrás llegar a conseguir la (f)independencia!

Uno más uno igual a tres.

   El otro día, hablando con mi amigo Ernesto Bettschen sobre el mundo del emprendimiento y las “startups” que tan de moda están, me hizo un par de observaciones que me hicieron reflexionar.

   La primera, liviana, pero interesante, fue sobre todas las facilidades que “aparentemente” hay para montar empresas hoy en día, cómo se fomenta la actitud emprendedora, y todo lo que rodea el “mundillo” emprendedor. Ernesto me comentaba que era una evolución generacional normal. Que el trabajo tal como lo hemos conocido hasta ahora ha terminado y la volatilidad (en casi los mismos términos en que se aplica a los mercados) ha llegado al mundo laboral para quedarse.

   Básicamente, lo que está pasando es que la zona de seguridad y de confort se han separado… y eso tiene una afección clara sobre los puestos de trabajo. Esto unido a la falta real de empleo por cuenta ajena, hace que mucha gente opte (o le hagan optar forzosamente) por el auto-empleo.

   Y lo interesante de la observación no venía por todo esto, que está a la vista y es más que evidente, sino por lo que no se vé: todas las facilidades tienen una “cara B” de la que inicialmente no se habla: ¿cuál es la dificultad de disolver una startup de nueva creación? De eso casi nadie habla. Pero desafortunadamente la estadística habla por sí sóla: a fecha de hoy, sólo una de cada diez startups supera los tres años de vida. Eso sí, durante todo ese “vía crucis” (que en muchos casos lo es, un camino tortuoso en el que las deudas puedes crecer demasiado), encima hay que pagar, y bien, a “Papá estado” (el peor padre del mundo) incluso sin llegar a facturar un euro…

   Y si finalmente hay que abandonar el barco… ¿cómo es de fácil? Aquí, Ernesto proponía una solución tipo “matrimonio a la americana”: antes de casarte, cuando te quieres un montón y todo es de color de rosa… deja establecidas las cláusulas de la separación, porque las estarás pensando y estableciendo desde la perspectiva del bien común… y no desde el odio. Suena frívolo. Aunque si lo pensamos bien, tiene su parte –sino toda- la razón. Me parece un punto interesante, y bastante práctico, la verdad. Sobre todo eso, práctico. (¿Acaso no conocemos algún matrimonio que se deshace, y cuya separación al final se basa en tratar de hacer la vida imposible al otro?)

   La segunda observación interesante que me hizo Ernesto, vino a raíz de esta primera: la forma, en parte, de evitar esta separación desventurada, y con el doble objetivo de dotar a la iniciativa de una mayor probabilidad de éxito, consiste en dotar a la propia empresa de personalidad propia. Y lo explico un poco: básicamente, si tú y yo montamos una empresa… en la empresa somos tres: tú, yo, y la propia empresa. Y ésta tiene los mismos derechos que nosotros (y las obligaciones se las reserva para el futuro, por si se ponen las cosas feas).

   Es decir: si decidimos ponernos un pequeño sueldo a partes iguales, la empresa deberá cobrarlo también, y en la misma proporción. Se la paga igual que a una persona. Así el arranque es todavía más difícil, pero estaremos dotando a la empresa, de un músculo bastante interesante. Al principio será un sobreesfuerzo (todos cobramos menos para poder pagar la parte correspondiente a la empresa), pero luego tiene bastantes ventajas.

   Tras el esfuerzo inicial, en caso de éxito, la empresa podría participar también el caso de tener que aportar capital, como lo haría un socio más.

   Y de la misma manera, aportaría su parte en caso de tener que disolverse.

   El punto de vista de Ernesto, da mucho que pensar. Resulta interesante. Yo le veo bastante simplicidad, bonanza y practicidad al sistema. Y lo veo bastante alineado con llegar a conseguir la (f)independencia.

Te están mintiendo. Te estás engañando.

   “Con la que está cayendo, está el patio como para meter el dinero en algún lado. Mejor me espero”.

   La frase anterior se ha escrito el 08 de Marzo de 2016, momento en el que España ha pasado por unas elecciones generales que no han arrojado un resultado claro. Los partidos políticos no consiguen llegar a un acuerdo que permita formar un gobierno. Y el tiempo, pasa.

   8 de Marzo, y en el momento de escribir estas líneas, la opción más probable es que vuelvan a repetirse las elecciones generales.

   “Con la que está cayendo, está el patio como para meter el dinero en algún lado. Mejor me espero”.

   ¿Seguro?

   Pues yo creo que no tanto. El momento político es el que es, pero parémonos a pensar centrándonos en el contexto que nos interesa, y que no es otro que el de nuestra (f)independencia. Y hagámoslo teniendo en cuenta el contexto actual, pero sin perder de vista otros ciclos políticos recientes, con partidos (tanto de una tendencia como de la contraria) que gobernaban con mayoría absoluta.

   Analicemos, y veamos qué han hecho por nosotros. Y sobre todo, veamos cómo ha afectado la acción política sobre los 3 aspectos generales de la (f)independencia:

   En el campo de las habilidades técnicas: no sé si te has dado cuenta, pero el momento actual es el caldo de cultivo perfecto para cultivar este campo. La irrupción de las nuevas tecnologías lleva años haciendo posible el acceso a una oferta formativa variada, de calidad, actualizada, útil y en muchos casos gratuita. Esto lleva emergiendo ya unos cuantos años… y está cobrando una fuerza que está obrando un cambio. Se acabó la “titulitis”. Pasa a valorarse la habilidad personal. No me digas lo que has estudiado. Demuéstrame lo que sabes hacer. Se empieza a hablar de “knowmads” (nómadas del conocimiento), y los cambios tecnológicos son tan rápidos, que en muchos casos ponernos a estudiar la teoría podría suponer quedarse obsoleto. En una época en la que el acceso al conocimiento es casi inmediato, es más útil el que sabe diferenciar el grano de la paja, el que aprende sobre la marcha. El que se adapta. “Adaptarse o morir”. ¿Esto es nuevo? Más viejo que “la Tana”. ¿Tienen entonces algo que ver la política en este campo? Poco o nada. El momento para cultivar las habilidades técnicas lleva tiempo fraguándose y es independiente de la política. En comparación a ella, va a la velocidad de la luz. Y no tiene signo ni tendencia. Y es un momento que hay que aprovechar, porque pararse a cuestionar si cultivar las habilidades técnicas merece la pena es una pérdida de tiempo tan valiosa, que puede dejarte obsoleto incluso antes de haber dado el primer paso. Así de duro, así de intenso, así de interesante. Olvídate de lo que ha sucedido hasta ahora, que sí, te doy la razón, era diferente, se necesitaba un título. Ahora, si te siguen vendiendo esa moto, te están mintiendo. Y si tú te lo crees, te estás engañando. A mi, demuéstrame qué sabes y puedes hacer.

   En el campo de las habilidades interpersonales: el mundo de hoy está “hiperconectado”. Nos movemos en una sociedad que se comunica a golpe de tecnología. Tenemos acceso a las personas que conocemos prácticamente instantáneo. A las que conocemos, y también a las que no. Las redes sociales inundan nuestro día a día. Y ya en algunos casos, nuestros interlocutores no son ni siquiera personas.

   Paradójicamente, los individuos están más solos que nunca. Las relaciones humanas, tal como las hemos conocido hasta ahora están también cambiando a velocidad de vértigo. Y resulta sorprendente ver que tener acceso a la versión “virtual” de nuestra familia, amigos, conocidos, etc., altera de hecho nuestras relaciones haciéndolas menos “personales” y cada vez, más “virtuales”. En todos los sentidos.

   Hemos pasado en poco tiempo de algunos contactos reales, a infinidad de contactos virtuales. De una comunicación más sustancial a una comunicación… que en muchos casos ni siquiera es nuestra… Nos basta con un “reenviar” o “retwitear” la frase o el chiste gráfico de turno… pero también la noticia o el rumor… en muchos casos sin ni siquiera cuestionar su autenticidad. Y poco a poco, nos está pasando que los contactos se “virtualizan” en la misma medida que se “desvirtúan”. Llega tu cumpleaños y recibes más felicitaciones que nunca (por mail, por SMS, por Twiter, por Whatsapp…). Llega tu cumpleaños y recibes menos abrazos que nunca (porque la gente realmente no está ahí)…

Esto tiene factura evidente cuando queremos trasladar relaciones virtuales al mundo de la realidad: en algunos casos, puede salir bien. Pero el porcentaje de fracaso se incrementa espectacularmente. Las relaciones reales, requieren contactos reales. Tampoco así hay garantía de éxito, pero la probabilidad cambia a mejor. Hoy en día se habla mucho de “Networking”, pero está práctica (que debe serlo) no debe abarcar sólo el mundo virtual, sino materializarse en contactos reales, en lugares reales y con comunicación cara a cara. En un mundo virtual, nosotros, las personas, seguimos siendo mucho más humanos de lo que nos pensamos. Y la manera de apretar una mano, la manera de hablar, de gesticular, de escuchar, afirmar, negar, y ese interminable etcétera que todos llevamos, a día de hoy es más potente que cualquier tecnología. Yo no me fío de cualquiera, y menos en una versión virtual. Eres libre de negociar “virtualmente”, pero hasta la denominación suena mal. Hay que utilizar la tecnología como vehículo para llegar a contactar. Hay que utilizar la realidad para contactar.

   Eso sí, otra vez, aquí poco tienen que decir los políticos. Si tu intención es hacer contactos reales en un mundo real, eres completamente libre. La política, ni te va ni te viene. No te va a ayudar, pero tampoco va a ponerte demasiadas trabas. Si quieres desarrollar esta habilidad, es tan sencillo como concertar una cita real, en un sitio real. Cara a cara. Porque al final, en la vida, (por lo menos de momento) hay que dar la cara. Si te están vendiendo otra idea, te están mintiendo. Y si te lo crees, te estás engañando.

   En el campo de las habilidades financieras ya hemos comentado alguna vez que hay un auténtico complot para impedir que seas libre. Y es patente en todo el ciclo del dinero: desde que lo ganas hasta que te lo gastas. Crees que te gastas el dinero en lo que quieres, pero estás intervenido y fiscalizado desde que cobras la nómina (si trabajas por cuenta ajena), en la que intencionadamente no aparecen las cantidades que el empresario paga por nosotros, para que no veamos lo que realmente se lleva “papá estado” (el peor padre del mundo). Ocultar la información, no es mentir. Pero casi. ¿O acaso tú sabes lo que paga tu contratador por ti cada mes?

   O desde que un autónomo que no factura tiene pagar igualmente su cuota. Y luego, con lo poco que queda, la máquina de destruir riqueza sigue funcionando: si decides irte a tomar unas cañas, “papá estado” (el peor padre el mundo, no me cansaré de decirlo) no te dejará ir sólo, y ahí estará para llevarse otro pellizco por impuestos del alcohol, del tabaco, de la gasolina, el IVA, el IVTM… Es muy difícil darle esquinazo. Si eres mileurista, conviene que sepas que realmente eres un “dosmileurista”, al que le han pasado su ganancia por la “muela” destructora de riqueza del Estado.

   No se me malinterprete: contribuir al estado es necesario. Pero hacerlo a un estado poco preocupado por su gestión, por su gasto, por su eficiencia, por sus servicios, por su imagen, y sobre todo, por el bienestar ciudadano… no es lo más satisfactorio que uno puede hacer.

   Para que te hagas una idea, tanto ahora (con cierta inestabilidad política), como antes (con partidos gobernando con mayorías absolutas), nadie se atreve a anunciar la quiebra del sistema de pensiones. Nadie.  Y no con el objeto de que dejes de pagar nada, que con el gasto que tenemos, es completamente imposible. Con la intención de que te quites la venda de los ojos, y puedas empezar a hacer algo, a asegurar un poco tu bienestar futuro. Pero claro, eso tampoco interesa demasiado, no vaya a ser que haya demasiada gente son el voto cautivo por la cuantía de una pensión.

   O el intervencionismo en las inversiones: terreno es el que, además de las comisiones estatales, si ganas un duro, pasas por la caja de papá estado (adivinaste, el peor padre del mundo)… y si lo pierdes, ahí te las apañes. O donde se hace pasar por el “peaje” 2 veces al mismo dinero, como sucede con el pago de dividendos, donde el dinero que queda para este fin tras el pago de impuestos de la empresa, vuelve a gravarse antes de que llegue al receptor final, en concepto de no sabemos qué.

    Con todo esto verás  (y puedes hacerlo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=muY6xPzk9Cw) que te están mintiendo. Y si no comienzas a preocuparte por ti mismo desde este mismo momento, te estás engañando.

   No dejes que te mientan, y no te engañes. Todavía estas a tiempo de empezar a ser un poco más (f)independiente.

El problema no es por qué no eres rico. El problema es por qué no estás en el camino para serlo.

“Ser o no ser. Esa es la cuestión”. ¿Esa es la cuestión?

No en este caso.

Te hago dos afirmaciones:

  • “Puedes ser rico si tienes mucho dinero, y entonces te da igual el tiempo”. Aunque esto suele ser bastante improbable.
  • Pero también “puedes llegar a serlo si tienes poco dinero pero mucho tiempo”.

Notarás que entre ambas afirmaciones hay similitudes y diferencias:

En ambas afirmaciones utilizo la palabra “puedes”. Como verás no doy nada por seguro.

En el primer caso, me baso en la afirmación de que “un tonto y su dinero no permaneces juntos demasiado tiempo”. Y no sólo eso. No es simplemente que seas tonto, puede ser simplemente desconocimiento. Si no se sabe cómo funciona realmente el dinero, este simplemente se gasta. Así de sencillo. Así de duro. Así de real. Y da igual de qué importes estemos hablando. Si no te lo crees, te invito a que veas el documental “Broke. Estrellas en la ruina” (https://www.youtube.com/watch?v=1oxHn-DP2Wc). Verás que las cantidades de las que se habla en ese documental son astronómicas. Verás que las personas no son tontas. Verás simplemente que lo que hay es un gran desconocimiento, pero que es capaz de llevarse por delante fortunas inmensas. Una sola frase, en el momento apropiado habría servido para poner alguna cosa en su sitio, toma nota: “Los ricos no viven de su dinero. Viven del dinero que genera su dinero”.

Así de sencillo.

En el segundo caso, estoy firmemente convencido de que “puedes llegar a ser rico”, pero vuelvo a insistir en el “puedes”, porque desconozco casi todos los parámetros de tu ecuación: cuánto dinero es ese “poco dinero”, cuánto tiempo tienes por delante, qué te depara el futuro… No tengo bola de cristal, lo siento. Pero creo que estará de acuerdo conmigo en que es mejor hacer algo y tener incertidumbre, que no hacer nada y tener la certeza de un futuro poco prometedor.

En cuanto a las divergencias de las dos afirmaciones, si profundizas en su análisis, verás que al final es sólo cuestión de una cosa: es cuestión de TIEMPO.

Poco dinero + mucho tiempo = más dinero.

Más dinero + más tiempo = mucho más dinero.

Mucho más dinero + más tiempo = muchísimo más dinero.

Muchísimo más dinero + más tiempo =… ¡eres rico!

Sencillo, ¿no?

Entonces… “¿Por qué no soy rico?”, te estarás preguntando.

Pues la respuesta vuelve a ser sencilla:

  • Porque no has invertido las dos cosas que componen la ecuación, y que son poco dinero, y mucho tiempo.
  • Porque, sencillamente, NO TE LO CREES.

 

Esa es la cuestión. Que no te lo crees. Que suena TAN sencillo que ni siquiera te has parado a pensarlo. Que te pones disculpas del tipo “no me gusta”, “no entiendo nada”, “me da pereza”, “ya lo haré más adelante”… sin darte cuenta de que cada una de ellas te hace perder el activo más importante de toda la ecuación, que ¡adivinaste!, NO es el dinero, sino el TIEMPO.

Y si entiendes esto, verás que efectivamente el problema no es por qué no eres rico. El problema es por qué no estás en el camino para serlo.

Empieza cuanto antes, y así te estarás concediendo una oportunidad. Un “puede”. Vuelvo a insistir en que en que es mejor hacer algo y tener incertidumbre, que no hacer nada y tener la certeza de un futuro poco prometedor.

Empieza cuanto antes. Y podrás llegar a ser (f)independiente.

El Futuro no existe, pero le gusta llevarnos la contraria.

   Estoy harto de leer que el futuro no existe. Hubo una época en la que yo lo creía así… pero de eso hace ya mucho tiempo.

   Y es que al futuro le gusta llevarnos la contraria.

   Muchas son las referencias literarias a un futuro que no existe. Libros que hablan de “El poder del ahora” y cosas parecidas. Que predican que el pasado ya se fue, y el futuro no sabes lo que te deparará, así que tu único momento para actuar es ahora.

   Bueno. Puede ser. Pero te voy a contar na cosa: yo siempre creí que iba a morir a los 27… y aquí sigo. Y créeme si te digo que paso con creces esa edad.

   La cosa no es tan simple. Resulta que ese “ahora” en el que puedes actuar, es fruto de un pasado. Es decir, lo que hayas hecho o hayas dejado de hacer en el pasado te pasa una factura o recompensa que pagas o disfrutas en el ahora. Si yo hubiese sabido con veinte años lo que sé ahora, creo que me hubiese jubilado rico antes de los cuarenta. Y el tema es recursivo: lo que hagas hoy, casi seguro que te pasará factura o recompensa en ese futuro que no existe… pero que llega.

   Y es eso, que al futuro que no existe, le gusta llevar la contraria, y casi siempre llega.

   ¿Y cómo afecta esto a tu (f)independencia? Pues veamos, hagamos un rápido análisis:

  • En el campo de las habilidades técnicas: estoy seguro que antes de escuchar eso de que el futuro no existe habrás oído que “la experiencia es un grado”. Pues sí. Lo es. Me quedo mejor con esto último, que el futuro ya me ha demostrado que llega. La experiencia es un grado, y en tu campo, sea el que sea, es un activo con mucho peso. Paradójicamente, en la “mochila de la vida” es de los que menos pesan, y de los que más útil puede resultar, para toso. Tener experiencias previas, haber sufrido las cosas en las propias carnes, haber pasado por situaciones resultantes en éxitos o equivocaciones y volvernos a encontrar con esas situaciones más adelante, efectivamente nos permite ser más resueltos. Porque ser resuelto, al final es eso: saber cómo manejar las situaciones. Y esto puede ser más fácil si hemos experimentado en escenarios parecidos antes. A la guerra se va con los mejores. Y los mejores en muchos casos lo son porque “saben”. Y saber, lo que se dice saber… nadie “nace sabido”. Así que experimentar la vida es fundamental. Además, no te engañes, la felicidad vista al final del camino es un error. Se trata de que el camino sea la felicidad.
  • En el campo de las habilidades interpersonales: otra expresión a la que concedo más valor que a “el futuro no existe”, y que seguro que también has escuchado muchas veces: “amigos hasta en el infierno”. Interprétalo como quieras, pero no dejes de prestarle atención. Tengo claro que se cuentan con los dedos de una mano los amigos “de verdad”, pero también es cierto que ese futuro que no existe nos hace ver recurrentemente a mucha gente con la que compartiremos algo. Una y otra vez. Experiencias, buenos y malos momentos, negocios… El mundo es un pañuelo, y es probable que mañana nos volvamos a ver. En este sentido, sería absurdo cerrarse puertas gratuitamente, descargar un mal día con quien no lo merece, no ser educado… También puedes pretender no ser juzgado por lo que se fue… pero supongo que en mayor o menor medida sabrña que hay cualidades tuyas que te otorgan y quedan fuera de tu alcance: tú no puedes decidir “ser creíble” o “de confianza”. Eso, te lo otorgan lo demás. Un largo pasado para forjarlo. Un segundo para destruirlo… y la posibilidad de no recuperarlo jamás. En ese futuro que no existe pero llega.
  • En el campo de las habilidades financieras: si me preguntan qué hará el mercado mañana… pues resulta que lo sé. Parece que soy de las pocas personas que lo sabe. Puede que ese sea el secreto de mi riqueza. Aunque a mí me resulta tan obvio que no creo que los tiros vayan por ahí. Aquí especialmente parece que voy con el paso cambiado: para la gran mayoría de inversores el largo plazo, el futuro, no existe. Creo que no te descubro nada si te digo que la estrategia cortoplacista es más que probable que beneficie a muchos… pero no a ti. Más bien a esos intermediarios de lo que ya hemos hablado alguna vez y que, independientemente de que tú ganes o pierdas, ponen la mano. Y todo parece indicar que en este sentido hay Intereses ocultos. La prensa sepia no cree en el futuro. La empresa que hoy es buena, mañana, deja de serlo por un comentario, una opinión… en muchas ocasiones nada relacionado con su modelo de negocio, desligado de sus resultados, de su gestión. La sociedad interconectada en que vivimos hace que las notician tengan una afección inmediata, pero en muchas ocasiones… injustificada. Es un mundo en el que incluso cosas que no han pasado, se traen al presente para justificar los vaivenes de la bolsa. Una vez más, el futuro no existe. Nadie te dirá que inviertas y recuperes tu dinero multiplicado por mil dentro de cuarenta años. Nadie.

En este escenario, ten por seguro que ganamos los que hemos conseguido Cambiar el paso, el resto son pasto del “ahora”.

   Y, para no dejarte con la incertidumbre, si me preguntan qué hará el mercado mañana… lo sé. Igual que J. P Morgan, el financiero más poderoso de finales del siglo XIX y principios del XX, daré una respuesta asombrosamente breve e infaliblemente exacta: «Fluctuará».

   Lo queramos o no, ese futuro que no existe pero llega, hace que vivamos una evolución continua, para bien o para mal. Pero si contamos con que le gusta llevarnos la contraria, y cada día de mañana se presenta a desayunar, seguro que conseguiremos ser un poco más (f)independientes.

Discreción.

   Ya te lo he dicho. Me llamo L. Fansworth, y soy rico.

   Tú lo sabes. Yo lo sé. Y pocas personas más… es una decisión personal. Importante. Y, desde mi punto de vista, sabia.

   Dado que conoces poco o nada sobre mí, aparte de las pinceladas que dejo por aquí acerca de mi forma de pensar, a veces me pregunto cómo te imaginarás que soy. La verdad es que no tengo ni idea de lo que se te puede pasar por la cabeza… y (no te incomodes por esto), la verdad es que tampoco me preocupa. Y, además, casi seguro que (tú como la inmensa mayoría), te equivocas.

   La gente comete un error estadístico en su percepción de la riqueza y hace una asociación equivocada: cuando se habla de que una persona es rica, automáticamente viene a sus cabezas un estereotipo de “rico”, con una mansión con enorme jardín, cochazo a la puerta, cena en el restaurante del más selecto club, yate, y una mujer despampanante, cubierta con un elegantísimo vestido sobre el que resalta el brillo de unas joyas de valor casi incalculable.

   Bueno. Eso puede ser riqueza, pero también ostentación. En el peor de los casos, puede ser sólo ostentación. Se puede ser rico, o simplemente parecerlo. Y de verdad que hay una gran diferencia entre las dos situaciones. Cuando baja la marea, se descubre quien se estaba bañando desnudo. No me cansaré de repetirlo: “el dinero que rápido viene, rápido tiende a marcharse”.

   Pero no va por ahí mi discurso de hoy. Retomando el asunto de la percepción de la riqueza y la asociación equivocada, te voy a hacer reflexionar con algunas pregunta: en el supuesto de considerásemos rica a una persona con un patrimonio financiero de un millón de €uros, ¿qué hay más: personas con un millón de €uros en activos… o personas con más de diez millones? ¿En qué proporción? ¿Y con más de cien millones? ¿Y más? La respuesta ya la sabes: súper-millonarios hay pocos: algunos deportistas, estrellas de cine o de la mundo de la música, banqueros, gestores de fondo, profesionales (abogados, cirujanos) de gran prestigio…

   Pero te sorprendería saber que, proporcionalmente, hay muchísimas personas más con un patrimonio financiero de un millón de euros. No he dicho “muchos”. Digo (y créeme que hablo con conocimiento de causa) “muchísimos”. Millonarios que no distinguirías del común de los mortales. Personas que huyen sistemáticamente de una mansión con enorme jardín, cochazo a la puerta, cena en el restaurante del más selecto club, yate, y una mujer despampanante, cubierta con un elegantísimo vestido sobre el que resalta el brillo de unas joyas de valor casi incalculable.

   Gente discreta.

   Error estadístico (hay muchos más millonarios anónimos que públicos). Error de asociación (la mayoría de los millonarios no son ostentosos).

   La próxima vez que te pares en un semáforo y al lado tuyo se pare un cochazo, parate a pensar si lo que hay al volante es un millonario de verdad, o simplemente un gran préstamo con ruedas.

   Y li lo que se para a tu lado es un turismo convencional… trata de averiguar si el ocupante es un millonario real, ¡porque la probabilidad es mucho más alta!.

   Por otro lado, cuando alcanzas la riqueza (y aquí ya me da igual el medio por el que llegues a conseguirlo), resulta que todo tu esfuerzo queda desvirtuado… y parece que no eres tu quien consigue logros, sino que todo el mérito se lo lleva única y exclusivamente el dinero. Si creaste una empresa, es porque ya tenías dinero. Si hiciste esto o aquello, es porque el dinero te lo permitió. Hagas lo que hagas, consigas lo que consigas, es porque tienes dinero. Cualquier esfuerzo, se difumina. Y de ahí la discreción. No dejes que tus logros sean vistos como lo que no son: “cosas pagadas”.

   Como verás, (y repito lo escrito un poco más arriba) es una decisión personal. Importante. Y, desde mi punto de vista, sabia.

   En 1996 salió a la luz el libro “The Millionaire Next Door”, de Thomas J. Stanley and William D. Danko. Si no has leído este libro, estás tardando. Básicamente es un estudio realizado durante veinte años sobre las personas adineradas de los Estados Unidos. Entonces verás de lo que te hablo. Y además, casi seguro que cambiará tu percepción sobre el mundo del dinero. Es una lectura fundamental para disociar el concepto de riqueza del de ostentación. Y adicionalmente obtendrás sabios consejos: ¿sabías que hay gente que hipoteca literalmente su vida y su capacidad de generar riqueza por algo tan frecuente como irse a vivir cerca de sus padres? ¿Sabías que ayudando al “débil” podrías estar fomentando precisamente su debilidad? (sí, ayudando más al niño al que le cuesta hacer los deberes, es probable que lo que hagas es fomentar su debilidad al saber él que dispondrá de tu ayuda para hacérselo todo más fácil). ¿Sabías que la mayoría de los millonarios viven en el más absoluto anonimato?

   No te desvelo más (que lo hay, y no es poco). Es una lectura fundamental que te acercará en muchos sentidos, a ser más (f)independiente.

Compradictos.

   “Sé frugal”. Supongo que no es la primera vez que lees esto en ti búsqueda de la independencia financiera. Buen consejo. Pero ambiguo.

   “Sé frugal” puede derivar en quitarse algunos caprichos superfluos. O puede convertirte en el mayor roñoso del mundo.

  Como en todo, en la media hallaremos la virtud. En ese “ni tanto ni tan calvo” que tantas veces hemos oído.

   Está claro, que cuanto más se siembre, mayor debería de ser la cosecha. Pero esa “siembra”, significa sacrificio. Significa no caer en la tentación… con tanta frecuencia.

   Y la mejor manera de no caer en la tentación es evitarla. Vivimos en un mundo muy consumista, la tentación vive arriba… abajo, a un lado, al otro… está en el aire mismo y tiene el don de la ubicuidad.

   Y tú en medio… como una súper estrella bajo los focos…

   Esto empieza a no sonar tan bien si te lo muestro como que eres el objeto de deseo, sí, pero de miles, de tal vez millones de campañas de publicidad y marketing que gracias a las nuevas tecnologías, a la movilidad, al modo de vida, en fin, del siglo XXI, forman parte de tu vida.

   Sólo se pretende un objetivo. ¡Compra! Satisface ese impulso adquisitivo… y llévate eso de lo que te he convencido (lees bien, tú no estás convencido, en muchas ocasiones te lo han vendido, ni siquiera sabías que lo necesitabas)… y que será lo mejora que tengas hasta que dentro de pocos minutos aparezca otra cosa que apetezca… o la misma, ligeramente mejorada…

   El marketing digital ha “nicotinizado” nuestro hábito de compra. Los fumadores me entenderán bien. La última compra realizada, cae en el olvido rápidamente… e incluso en el desuso… pero ya tenemos el “mono” de la siguiente…

   Y nos lo ponen MUY fácil. (La “compra en un click” de Amazon, es una obra maestra. Un chute de “compramina” en toda regla.)

   Y luego entra en juego la estrategia de las marcas, auténticas promotoras de nuestra infelicidad: en el momento en que realizas tú compra, ellas ya tienen a punto la siguiente versión de tu producto. Con ese pequeño cambio que te hará envidiar lo que viene. Y así, lejos de satisfacerte y hacerte más feliz, su objetivo es convertirte en consumidor compulsivo. Un envidioso perenne. Un eterno infeliz. Eres un auténtico “yonki” de las compras.

   Pro no te equivoques. Que los negocios son así. Las empresas no son hermanitas de la caridad. Se crean para satisfacer egos y hacer dinero. También dan trabajo a muchísimas personas, y generan beneficios y dividendos. Y es verdad que producen productos o prestan servicios que consumimos. Piénsalo bien. Y reflexiona sobre lo siguiente: en todo el proceso escalofriante que te he contado… ¿quién tiene la decisión final? ¿Quién es capaz de cambiar el final del proceso? No te sientas víctima. Eres el culpable.

   Ahora retomo el título de esta entrada: “Sé frugal”. Y cobra sentido. Quien algo quiere, algo le cuesta. Y en este caso esta frase debe interpretarse de otra manera, porque lo único que requiere vencer a la tentación es un pequeño esfuerzo.

   Qué gran verdad es eso de que en algunas ocasiones “menos es más”. Creo que podría escribir todo un libro sobre este tópico. Sobre cómo, cuándo, dónde y porqué se compra. Sobre como caemos en la tentación. Sobre cómo nos hacen caer. Sobre cómo nos hacen un poco más infelices, más envidiosos, más consumistas, más frívolos… todo eso sin darnos cuenta… y encima nos cuesta dinero

   Será un logro personal si vences la tentación, si te apeas de esa rueda… Casi imposible. Sería ya una gran victoria si simplemente amortizas más todo lo que adquieres… Es otra manera de Cambiar el paso.

Y, no lo dudes, ese gasto que te quitas, que en muchas ocasiones será algo más que El valor de una noche de tapeo, puede llegar a hacerte un poco más (f)independiente.

Hacer algo… y empezar cuanto antes.

“Tengo que hacer algo”. ¿Cuánto tiempo llevas pensando esto? Te has dado cuenta de que efectivamente tienes que hacer algo, porque sistemáticamente te gastas todo el dinero que ganas. Has pensado en un plan de pensiones, pero el desconocimiento, lo poco que te gusta el tema y la falta de una decisión para dar el paso te producen un inmovilismo absoluto.

Y los días pasan.

Y con los días, los años.

Y todo sigue igual. Lo sabes. Cada vez que has conseguido ahorrar un poco, ha surgido un imprevisto. O un capricho. O un planazo en un sitio lejano al que no se podía dejar de asistir…

Cada vez, vuelta a empezar. Y cada vez te sientes más incómodo. “Tengo que hacer algo”.

Si te hubiesen contado en algún momento cómo funciona realmente el dinero, estarías lejos de preocuparte. Ahora, tal vez sea un poco tarde, pero voy a ponerte en contexto con el único objetivo de que según termines de leer este artículo te levantes y pases a la acción.

Por experiencia propia sabes que el ahorro sólo no vale. La tentación siempre es más fuerte. Y el dinero ahorrado, pero accesible, simplemente se vá.

Llega el momento de actuar contra esto, y verá que tu vida no cambiará drásticamente después de esto.

Voy a proponerte dos alternativas (de peor a mejor), muy sencillas, pero efectivas. Y cuando las lleves a la práctica, te tirarás de los pelos por un solo motivo: no haber empezado antes.

  • Contratar un plan de pensiones privado: no soy muy amigo de estos productos, pero si no tienes nada de nada, es hora de realizar algún cambio para por lo menos poder decir “alg es algo”. No te cases con cualquier plan de pensiones. El objetivo es llegar a una edad determinada para rescatarlo y optar por tener algo de dignidad. (Tú te equivocas, yo me equivoco). Con este objetivo, calcula el año aproximado de tu jubilación, y contrata un plan que tenga como objetivo ese año. Sí, como suena. Pídelo así en tu entidad bancaria o aseguradora. “Quiero un plan de pensiones con objetivo de jubilación 2045 (año de tu jubilación)”. Y así, una vez tengas contratado el plan, realizar aportaciones periódicas el día inmediatamente posterior al cobro de tus haberes. La cantidad, pues es obvio que cuanto más, mejor, pero para sentirte cómodo con todo esto, empieza con una cantidad que no te suponga un trauma. Te propongo sacrificar el valor de una noche de tapeo… Qué, no te quepa la menor duda, recuperarás en el futuro.

Y no te dejes engañar por la fiscalidad y todo el bla, bla, bla de los planes de pensiones. Cada duro que te desgraves (argumento comercial con el que intentarán embaucarte) tendrás que pagarlo cuando vayas a disponer de tu dinero. Así de claro. No es una desgravación. Es simplemente un diferimiento. Lo que no pagas en tu declaración de la renta anual, lo pagarás después. Se puede decir más alto, pero no más claro.

Así que ya sabes. Mejor que no tener nada, por lo menos, tener un plan de pensiones.

  • Misma visión, otro producto: fondos de inversión. Tampoco te cases con cualquiera. El enfoque es exactamente el mismo: existen fondos de inversión con un año objetivo. Y así debes solicitarlo en tu entidad bancaria. “Quiero un fondo de inversión con objetivo de disponer del capital en 2045 (año de tú jubilación)”. Y luego, exactamente igual, realizar aportaciones periódicas el día inmediatamente posterior al cobro de tus haberes. La cantidad, pues es obvio que cuanto más, mejor, pero para sentirte cómodo empieza con una cantidad que no te suponga un trauma. Te propongo sacrificar el valor de una noche de tapeo… Que, no te quepa la menor duda, recuperarás en el futuro.

Ya está. Así de sencillo. De inclinarme por alguna, lo haría por la segunda. Porque los fondos de inversión son algo más flexibles, permiten rescatar el dinero en más escenarios que los planes, y tienen más versatilidad de cara al futuro. Pero si te conoces, y eres de los que no van a ser capaces de mantener la constancia… un plan de pensiones te dejará el dinero lo suficientemente atrapado como para que no tenga otro destino que no sea el de mejorar un poco tu jubilación.

Cuando te sientas cómodo con tu plan o fondo, verás cómo eres tú el que decide incrementar la aportación.

Como verás, en ninguno de estos escenarios tendrás que conocer nada sobre valores, cotizaciones, etc., etc., etc. Eso tiene un precio en forma de comisiones, pero interprétalo como el precio que pagas por despreocuparte de todo menos de realizar la aportación periódica. Está claro que hay otros métodos, tal vez mejores, tal vez peores, pero si no quieres complicarte, siempre será mejor optar por uno que no hacer nada y seguir con el “Tengo que hacer algo”.

Aplica uno de estos dos métodos, y dentro de un par de años no dejes de pasarte por aquí a contarme cómo te ha ido. Y, ya lo verás, sé lo que me vas a contar: te tirarás de los pelos por un solo motivo: no haber empezado antes… porque, ¿a qué realmente te hace sentir un poco más (f)independiente?