Lo que la inversión me ha enseñado.

La inversión me ha enseñado muchas cosas. Muchas que poco o nada tienen que ver con su ámbito, que extrapoladas a otros escenarios son muy útiles.

Creo que lo una de las cosas más importantes que me ha enseñado la inversión es a creer más en mí. Así de rotundo. Cuando uno empieza sus andaduras en el mundo del dinero busca referencias, modos de pensar y de hacer… una guía, una fórmula de éxito asegurado. Pero a poco que avanzamos en nuestro camino, pronto nos damos cuenta de que eso no existe. Y lejos de encontrar ese ansiado mentor, nos topamos con mucho charlatán que trata de anticipar el futuro del mercado. Con el grado de acierto que todos sabemos: poco… y esto ya es mucho decir. Así, tras poco tiempo, el mundo de la inversión casi nos obliga a tomar nuestras propias decisiones, nuestra propia estrategia, y a ser consecuente con ella. Y nos damos cuenta de que somos tan listos como el más, y tan tontos también como el que más. Pero aprendemos de los errores, ajenos al principio… y propios un poco más tarde. Y precisamente así, a base de errores, depuramos nuestra experiencia. Y pasa eso, que a cada paso que damos confiamos más en nosotros mismos. Y adquirimos una interesante habilidad para tener nuestro propio criterio.

Otra de las enseñanzas que la inversión me ha enseñado es sobre cómo asumir riesgos. Es tan grande la campaña del miedo que intencionadamente se ha propagado (a nadie más que a ti le interesa que tú seas financieramente independiente), que a cualquier iniciativa inversora o emprendedora contada en la mayoría de grupos sociales se le asocia inmediatamente la palabra “arriesgado”. Y sí, lo es. Pero al final, ¿qué es menos arriesgado?¿dejar que tu dinero pierda valor en un depósito a un interés que no bate la inflación? El riesgo es una percepción. Y además puede controlarse en cierta medida. Si quiero montar un negocio que me cuesta cien mil euros, no es lo mismo tirarse a la piscina con ese capital, o hacerlo previendo que la cosa puede ir mal y esperarse a tener una dotación de un 40% superior, con su consiguiente coste, también en tiempo. Es una decisión personal… pero los saltos al vacío mejor con paracaídas…

La diversificación tiene también su reflejo en la vida real: si todo tu ingreso depende de un solo trabajo por cuenta ajena… todos tus huevos están en la misma cesta. Suena duro, pero es así. Y si es así, ¿por qué no empezar a trazar un plan para cambiar la situación?

Yo te lo digo, porque hacer un plan y ejecutarlo requiere esfuerzo y tiempo. Y nosotros, queremos resultados inmediatos, para todo. De un tiempo a esta parte, hay una cultura de la inmediatez que no nos hace ningún bien. También los mercados me han aleccionado sobre esto. Me han enseñado a tener paciencia y a cultivar el esfuerzo. Paciencia, para ver germinar una siembra con todo el tiempo que necesita. Sin prisa, pero sin pausa. Poner, esperar, seguir poniendo. Al principio, los pequeños pasos no te llevan donde quieres llegar, pero sí que te sacan de donde no quieres estar… Y luego esos pasos, poco a poco empiezan a resonar en la acera, porque uno empieza a pisar fuerte. Y esfuerzo, mucho esfuerzo con la paradoja de casi envidiar a mis semejantes, viviendo a todo trapo, y casi obligados a hacerlo pada poder enseñarlo en tiempo real por las redes sociales. Pero la (f)independencia reza, que quien ríe el último, ríe mejor… y lo que no te cuenta es que llegado a un determinado punto en el camino, uno puede empezar a sonreír… y los imprevistos, no lo son tanto… y los caprichos, tampoco. Y la costumbre de no dejarse llevar por los impulsos de la inmediatez obra que se alcance un equilibrio y una seguridad que la verdad es muy de agradecer.

Y con todo esto bien agitado en la coctelera de mi vida, el resultado es la mayor de las enseñanzas: que el mayor activo y el más importante de todos, es el tiempo. Mi tiempo. Y que como pasa en el mercado, sobre él hay que tomar decisiones. A diferencia del dinero, el tiempo es un bien muchísimo más escaso, así que hay que decidir muy bien cómo invertirlo y con quién. Porque el tiempo, bien invertido, dará como rendimiento unas vivencias personales, que además de hacernos como somos, será lo único que nos podremos llevar de este mundo.

Comodidad y miedo al fracaso.

No cambiamos de situación por dos motivos: comodidad y miedo al fracaso.

Cada vez tengo más claro que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. En muchas de las conversaciones que mantengo encuentro personas que no quieren estar donde están, ni como están, ni con quien están. Y paradójicamente no hacen nada para remediarlo.

En la mayoría de os casos no hace falta un análisis profundo para determinar que la situación es por no sacrificar una “comodidad” adquirida y obligada a mantenerse, quizás por una deuda hipotecaria, o por la obligación a los pagos inherentes a esa comodidad (suministros, un vehículo… o dos, gastos de ocio, y tal vez colegios, actividades extraescolares, uniformes…).

“Quid pro quo”, una cosa por la otra. Un trueque que, siendo realistas, en muchos casos, no parece injusto del todo. No quiero estar dónde estoy, cómo estoy, ni con quien quiero estar… pero a cambio puedo costear mi existencia, al nivel que sea…

Pero la naturaleza humana es codiciosa y siempre quiere más… y el “Quid pro quo” que ha “funcionado” en una ocasión… pierde intensidad si tiene que volver a efectuarse: “No tengo suficiente dinero”… pero no me planteo analizar qué se hacer y ponerme, por poner un ejemplo sencillo, a dar clases particulares. Porque eso implica un sacrificio, un esfuerzo.

Esfuerzo. Creo que ya he comentado por aquí que no se puede estar esperando eventos, que las cosas requieren un proceso, y ese proceso a su vez requiere ese esfuerzo. Y ahí es donde se desinfla precisamente el argumento de la queja… Quiero algo, pero “no pasa”… y puede ser porque yo no hago nada para que pase… pero me quejo igual… porque mi situación no cambia… y además no soy plenamente consciente de que mi situación actual me permite estar precisamente donde estoy… y aun así sigo en un inconformismo, incomprensible, si tengo en cuenta que quiero algo más… pero sin dar nada (absolutamente nada) a cambio… sin ese “Quid pro quo”.

Eso es comodidad.

Y en esta situación de comodidad, por otro lado, lo que más inmoviliza a las personas es el miedo al fracaso… por el motivo que sea: por el qué dirán, por la sensación de tiempo perdido…

Pero sobre este asunto, mirad que maravilla de frase: “El fracaso debe entenderse e interiorizarse como parte del proceso de éxito” Así de sencillo. PROCESO. De nuevo… -y además, la frase es mía 😉 –

El empresario e inventor Tomas Alva Edison, respondiendo en una entrevista a un periodista que le recordó que había realizado cerca de un millar de intentos fallidos antes de dar con el filamento adecuado, dijo: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla.”

Esa es la actitud. Porque párate a pensar que… si evitas el fracaso, evitas, exactamente en la misma medida, el éxito.

Felicidades 2.0.

La existencia ha evolucionado de su ser normal a una existencia 2.0 que se vive en tiempo real. En muchos casos, tenemos “dependencia” de las pantallas. Móvil, tableta, ordenador… Vivimos conectados. (Nótese que no me excluyo de la ecuación: si salgo de casa sin mi teléfono móvil… no pasa nada… pero si es verdad que voy menos cómodo).

Y como parte de esa evolución a 2.0 de la que casi ningún ámbito se escapa, está la web 2.0, que absorbe de ese “estar conectado” que tanto nos gusta, para conocer de nosotros  mucho más de lo que podríamos imaginar. Y, consiguientemente, elaborar un plan personalizado de “tentaciones a la carta”.

Si no crees que los grandes portales ya saben lo que te vas a gastar el año que viene, con una precisión bastante acertada, indaga un poco sobre el poder de los datos que gratuitamente vamos dejando por la red…

No quiero ser malinterpretado: soy un firme defensor de la existencia 2.0. Y soy de la opinión de que, con todas sus cosas, la vida 2.0 es más fácil… y mejor. No sólo están las tentaciones 2.0… sólo hay que echar la vista al pasado más reciente y ver los milagros que ha obrado la red en tiempo de crisis: infinidad de proyectos orientados al consumo colaborativo. Es sólo un ejemplo. Pero la red tiene vida propia, y si no corren tiempos de bonanza, la red actuará en consecuencia. Es un ente dinámico.

Y además, sin todo este tinglado, (f)independencia  y su mensaje no llegarían a nadie 😉

Es verdad que abusamos un poco. Los datos de comercio online lo corroboran. Pero además ya verás qué de felicitaciones impersonales recibes este año… y en este sentido, aquí no hay grandes empresas detrás de estas acciones. Hay personas. Personas cercanas. Pero en muchos casos caemos en el conformismo de enviar/recibir una felicitación… que a veces ni siquiera es nuestra…

Combatirlo es tan sencillo como usar el teléfono para lo que es: para llamar, para felicitar las fiestas en primera persona, para quedar, y estrechar manos, y dar besos, y abrazos. Así de sencillo.

Y por eso desde aquí, tratamos de generar una conciencia sobre éste entono, porque una vez conocidas sus bondades y riesgos, y, con esa consciencia (que no es poco), podremos elegir entre hacer lo que la mayoría… con los resultados de la mayoría…

…o diferenciarnos del rebaño, aportar nuestro “caché personal”… y ser, en este sentido también, ¡un poco más (f)independientes!

¡Felices fiestas (2.0) a todos!

Decisiones.

La vida nos pone en la tesitura de tener que tomar decisiones casi continuamente.

Unas con más transcendencia que otras. Unas con mayor premura que otras. Unas, de manera obligada, y otras voluntariamente.

Pero hay que decidir. Por muchos motivos.

Y en el mundo de las decisiones pasa una cosa muy curiosa: en ocasiones, por no tomar una decisión en solitario, nos arropamos en una decisión común, tomada por un grupo, como si eso diera más fuerza a la decisión final o dotara de más razón nuestra postura.

No digo que no. Ese proceso debería habernos dado, por lo menos, oportunidad de escuchar nuevos puntos de vista, nuevos argumentos, nuevos razonamientos que deberían afectar de alguna manera nuestra postura ante la decisión.

Pero este hecho, provoca un efecto que pocas veces es analizado: que detrás de una decisión tomada arropado por el pensar común de un colectivo, no hay una sóla decisión, si no muchas decisiones individuales.

No es cómodo ser la nota discordante o el “raro”. Pero ante una decisión trascendente, asumir el papel de ser el que cuestiona a la mayoría casi siempre nos aporta (a título individual) nuevos argumentos y puntos de vista.

Y ser consciente de esto, nos hará comprender que, al final, el error o acierto de todos en una decisión es de todos… pero no se ve como un error o acierto individual. ¡Y lo es!

Creo que asumir esto y llevarlo a la práctica no es sencillo… La mente nos juega la mala pasada de que un error en la decisión tomada por un grupo es “menos error”.

Y esto deriva en una inercia que a nivel personal puede ser drástica: suena duro decir que supone, en muchos casos, la diferencia entre el éxito y el fracaso.

No me cansaré de dejar escrito por aquí eso de que si haces lo que hace la mayoría, obtendrás los mismos resultados que la mayoría.

Y ahora, mira a tu alrededor. Y decide que quieres para ti. Pero eso sí, asegúrate de tomar una decisión individual…

El reverso tenebroso.

(“El reverso tenebroso” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen).


   De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a un espectáculo deplorable: la corrupción, campa a sus anchas por todas partes. No entiende de colores de partidos políticos, de sexos, de rango, de ámbitos. Esto no es nuevo, pero en los últimos años los ejemplo son cada vez más frecuentes, más escandalosos… y curiosamente, más impunes.

   Lo preocupante, es que ya, a muchos, empieza a parecernos algo inherente al sistema. Y a fuerza de ser un tema recurrente, parece que la sociedad lo está aceptando. Mal asunto.

   Sobre esto hay que realizar la observación de que encima parece haber un “afán de superación”. Vamos, que hemos llegado a un punto en el que el que no roba más de un millón de €uros no es nadie.

   Un millón. Y me quedo corto. Con un solo millón y un poco de educación financiera, la mayoría de las personas podrían dejar de trabajar indefinidamente… Y a su fallecimiento, dejar ese mismo millón, con alguna variación en su importe, pero estoy casi seguro de que casi intacto, a sus herederos.

   Desgraciadamente, un millón se queda corto. Las cifras de la corrupción son mucho más escandalosas: 15 millones por un lado, 39 por otro… apropiaciones indebidas, adjudicaciones de contratos, tarjetas de libre disposición, regalos, fiscalidades dudosas…

   Y lo más sorprendente, es que estos trapicheos, corruptelas, etc. se dan en una “clase” bastante subvencionada: la clase política. Un conjunto de personas con un régimen especial de dietas, beneficios y cobros como ningún otro colectivo.

   Una clase que en muchos casos tiene subvencionadas el teléfono (http://www.20minutos.es/noticia/1200490/0/congreso/diputados/iphone4/), los desplazamientos (http://www.elmundo.es/elmundo/2011/04/06/union_europea/1302107119.html), y cada vez que ponen un pié fuera de su casa… dietas, estancias, etc. (http://www.elconfidencial.com/espana/2014-04-12/62-diputados-con-casa-en-madrid-siguen-cobrando-1-800-mes-para-alojamiento_115520/).

   Y sí, creo que en cualquiera de los trabajos por los que yo he pasado, me hubiesen despedido si me pillan jugando al “Candy Crush”… porque al fin y al cabo, esto es otra forma de corrupción: la corrupción de las obligaciones, que daría para un libro.

   Un buen salario. Mucha subvención… y poco gasto. Y sin embargo, ahí precisamente es donde mejor cala y donde se cuecen la mayoría de los casos de corrupción.

   Esto tiene una fácil explicación: la costumbre de una vida subvencionada despega a la clase política de la realidad. La gestión del dinero ajeno siempre es más alegre que la del dinero propio… pero… ¿acaso la gestión del dinero propio de la clase política es buena?

   La respuesta es NO. Y prueba de ello está en los datos que proporciona la ley de transparencia mediante la cual lo políticos deben publicar su patrimonio. Miedo me da pensar lo que hace con sus haberes un político que tras más de 25 años en primera línea y con las ventajas y subvenciones que todos conocemos… publica un patrimonio de 400.000 €uros…

   Si así gestiona lo suyo… ¿qué podemos esperar de la gestión que realice con el dinero de los demás?…

   Y así pasa: llevar el nivel de vida que muchos de los políticos llevan… es caro. Sumémosle la mala gestión… y tenemos un cóctel explosivo: escaso control del gasto… que genera una necesidad continua de ingreso.

   Un caldo de cultivo perfecto para caer en “El reverso tenebroso”… Ganar dinero. Mucho dinero. Muchísimo dinero y sigo necesitando más, y más y más, y nunca es suficiente. Y así los casos de corrupción parecen estar compitiendo entre ellos… cada vez más gravosos para la sociedad, que al fin y al cabo es quien termina por pagar, más que los platos rotos, la fiesta continua. Porque esto sigue. ¿Por qué parar?¿Por que no añadir otro millón? ¿Por qué no? ¿Por qué?

   Ese es “El reverso tenebroso”… en el que no es difícil caer. Y que además, pide “carne fresca”. Porque la manera de perpetuar el sistema pasa además por asegurarse que los que entran a formar parte de él sean, como poco, tan mediocres como uno. Y ni una pizca menos. No vaya a ser que se acabe la fiesta.

    Y pasa no sólo en política. Pasa en la empresa, en las familias, en las comunidades de propietarios… en cualquier sitio en el que haya que gestionar un duro.

   La integridad es un valor en clara decadencia. Es cómo la educación financiera: no se enseña. No se aprende. No se habla de ello… Se presupone que debe estar ahí. Pero lo hechos demuestran que no es así.

   Y como contrapartida, la codicia, que parece ser el valor en alza. Cuanto más tengo, más quiero. Y… ¿por qué parar?¿Por que no añadir otro millón? ¿Por qué no? ¿Por qué?…

   Y mientras tanto, en lugar de preocuparnos qué genera el dolor, seguimos atiborrándonos de analgésicos. Pero cada vez necesitamos más. Porque el cáncer sigue ahí.

reversotenebroso

Ernesto Bettschen. Diciembre 2016.

Realismina 500 mg. ©.

   De un tiempo a esta parte veo… gente esperando.

   Y cada vez más.

   Después de haber dejado escritas por aquí unas cuantas reflexiones, me he dado cuenta de una cosa: resulta que la gente que ha decidido dedicarme su valioso tiempo… es precisamente la que ya tiene un plan, la que se mueve, la que sabe que hay que hacer algo… la que no está esperando.

   Pero es curioso: un día te encuentras a un antiguo conocido en el metro, y te cuenta eso de “quiero montar algo”. Y diez años después, otro día, la situación se repite: “Quiero montar algo”. Lo que me sorprende, es la ambigüedad de la afirmación y el contexto. La indefinición. El estado de embriaguez emprendedora que se ha instalado en todos… La falta de realismo.

   En pocas ocasiones, muy pocas, en ese segundo encuentro me topo con una respuesta inesperada: algo como “pues sí, monte una franquicia de estampado, pero una mala elección de socios, y el revés de una máquina estropeada demasiado tiempo echaron por tierra el plan”. No. Parece que el “quiero montar algo” es atemporal, ajeno a quien lo dice, y que simplemente “llega”.

   Tomemos una dosis de “Realismina 500 mg. ©”.

   – ¡GLUG!. (Hecho).

     Perfecto, ahora vemos el mundo con una dosis mayor de realidad.

   Papel en blanco. “Quiero montar algo”.

   Qué: (por poner un ejemplo): una tienda de estampado.

   Cómo: con un socio. Al 50%.

   Cuando: lo antes posible.

   Por qué: porque no quiero seguir como hasta ahora. (es un motivo como otro cualquiera).

   La Realismina 500 mg. sigue actuando. Y su efecto alucinógeno me hace ver un papel demasiado grande y demasiado blanco para tan poco contenido.  Tengo que seguir rellenando. Pero igual que con el “quiero montar algo”, parece que estoy embuclado…

   Que: una tienda de estampado. ¿Y eso qué es? Pues una local, con una máquina que permite imprimir fotografía sobre varias superficies (cojines tazas, calendarios, etc.).  Así que voy a necesitar el local con un gasto recurrente de 600€/mes + 100€ de suministros y la máquina, que cuesta la friolera de 75.000€.

   Cómo: con un socio, ya lo he dicho. Pero lo que no he dicho es que la sociedad se dividirá en 3 partes, una para cada socio y otra para la empresa. Que inicialmente aportamos los dos socios, pero que haremos partícipe a la empresa del beneficio. Que le daremos forma de SL con 3000€ pero que luego los podremos utilizar como capital de la empresa, y que dejamos bien claritos desde ya, ahora que nos llevamos bien, los términos de la disolución, por si vienen mal dadas.

   Cuando: lo antes posible… (la Realismina 500 mg. © sigue su curso, embriagando nuestra consciencia)… que va a ser que no. Actualmente trabajo por cuenta ajena. No gano ni para pipas. Con suerte, podría ahorrar 200€ al mes, y me quedo a dos velas. Eso, proyectado en el tiempo, me lleva a la friolera de 16 años ahorrando, para conseguir mi mitad: 40.000€ de los 80.000 que necesito. No quiero créditos, que ya tengo una hipoteca. Si quiero sacar esto adelante voy a necesitar un nuevo socio… y esos 16 años podrían ser sólo 10…

Por qué: porque tengo claro que no quiero continuar como hasta ahora…

   – “Quiero montar algo”. Sigo embuclado. Esta Realismina 500 mg. © tiene un efecto duradero. El papel blanco ya no lo es. Es una madeja de letras y números, cálculos, especulaciones… casi un plan. ¡Un plan!. Pero el papel… ¡tiene reverso! Un reverso virgen donde volver a dar otra vuelta, a ordenar todo… a reformularme de nuevo todas las preguntas para matar la ambigüedad…

   En resumen, para darme cuenta de que puedo hacer dos cosas: esperar a que el universo se fije en mí y materialice todo esto (y además con éxito) para mi… o apartar mis primeros 200€ este mismo mes, porque el camino más largo empieza con un simple paso… Sabiendo que me quedan por delante 10 años de trabajo para poder conseguir montar algo. Así de duro. Pero así de real. Eso sí. Después de esos 10 años… tendré algo “nuestro”, porque somos 3 socios. Pero sólido. Porque la base es sólida. Porque lo hemos hecho sin deudas. Y porque todo requiere un proceso que tenemos que llevar a cabo. Tenemos. Nosotros. No queda más opción que disfrutar del camino. Que al final, está el tesoro. Y además, por el camino pasan cosas. Cosas que si el propósito y la convicción son firmes, por lo general, acortan los plazos…

   3 iteraciones más… pero tengo algo que se parece a un plan de negocio. Todo más “aterrizado”. Con números y plazos concretos. Números y plazos que se convierten en objetivos, definidos y alcanzables.

   La Realismina 500 mg. © empieza a perder su efecto…

   – “Quiero montar algo”…

   Ya no queda ni rastro en mi sangre de La Realismina 500 mg, y aunque corro el riesgo de continuar con mi discurso, no sólo los 10 años que necesitaba mi plan… sino… toda mi vida… ¡bah! esto es poco probable, seguro que pasa algo… ientras tanto, yo sigo esperando, porque estoy seguro que el universo se fijará en mí, y todo esto se materializa mágicamente de manera prodigiosa. Definitivamente esto es mucho más probable (y más cómodo) que un proceso de 10 años… ¡10 años!… lo dicho, en ese plazo seguro que la magia ha obrado su poder, porque sinceramente, no me veo haciendo esto el resto de mi vida…

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Derechos de suscripción.

(“Derechos de suscripción” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen).


   Quien tenga una cartera diversificada de acciones es probable que en los últimos años haya tenido que tomar una decisión sobre si cobrar el dividendo de alguno de sus valores en efectivo o en acciones. Algunos lo llaman “Ampliación liberada de capital”. Otros “Scrip Dividend”. Y yo, pues depende…

   El “Scrip dividend” es una artimaña a la que recurren las empresas cuando no tienen la caja demasiado boyante. En lugar de pagar con efectivo, se ofrece la posibilidad de que los accionistas que lo deseen reciban el pago en forma de nuevas acciones. Aparentemente ventajoso: el inversor se ahorra la retención fiscal del pago en efectivo y las comisiones de compra de esas acciones. Y en cuanto a si el pago en esta forma es un dividendo real, pues depende de lo que haga la empresa con el resultado de la operación: si amortiza las nuevas acciones emitidas, lo es. Un dividendo en toda regla. Si no lo hace, lo único que ha hecho es que cada una de tus acciones participe de la empresa un poco menos, y esa diferencia te la proporciona en forma de nuevas acciones (o en efectivo). Así que lo comido por lo servido, y no hay aumento de valor. No es un dividendo.

   Sé que sobre este punto hay diversidad de opiniones. Y es normal, porque para el gusto se hicieron los colores. En mi caso, aun cuando la empresa no amortiza las nuevas acciones emitidas, me intereso en esas nuevas acciones porque creo en el crecimiento de la empresa y simplemente con el pequeño ahorro fiscal y de comisión de compra ya me doy por satisfecho.

   Y en ocasiones, con esos valores de los que estoy convencido, incluso amplío el número de acciones que me “tocan” realizando una compra adicional de derechos.

   Muchos ya realizamos este tipo de operaciones como parte de nuestra estrategia habitual de incrementar nuestra posición en los valores de nuestras carteras. Pero mi objetivo es darlo a conocer a aquellos que no lo hayáis puesto en práctica nunca. Porque lo que no conoce mucha gente es que la comisión de una operación de compra de derechos es diferente a la de compra de acciones: es mucho más barata.

   Un poco de matemática básica y un ejemplo real me ayudarán a contaros como funciona.

   Si tenéis acciones de una compañía que realice este tipo de ampliaciones (o dividendo scrip), habréis notado que cuando llega le fecha de pago de dividendo os ofrecen quedaros con los derechos o percibir efectivo.

   Si optáis por conservar los derechos, estos pasan a cotizar al mercado y tras un periodo así, en el que se pueden comprar o vender (a su valor de mercado, claro), se convierten acciones en base a un factor de conversión (dan 1 acción por cada N derechos).

   El punto de partida de nuestro ejemplo es cuando nos asignan los derechos de suscripción y conocemos ese factor de conversión (1 acción x N derechos).

   Supongamos que nosotros tenemos 720 acciones de la empresa “Bettschen&Bettschen”.

   Por esas 720 acciones nos asignaran el mismo número de derechos, con lo que pasaremos a tener 720 derechos de suscripción cotizando en el mercado. Y en este punto nos indican que nos darán una acción nueva por cada 87 derechos.

   Así que si tenemos 720 derechos, y nos darán una acción nueva por cada 87 de ellos, percibiremos (si no vendemos los derechos en ningún momento) 8 acciones. Y todavía nos sobran 24 derechos que se convertirán en efectivo por no ser suficientes para completar una acción adicional (si nos dan 8 acciones a 87 derechos, eso suma 696 derechos, que si los restamos de los 720 que teníamos resultan los 24 sobrantes).

   24 derechos. Nos faltan 63 para completar los 87 necesarios para completar una acción.

   Y los podemos comprar. Así, nos darían 9 acciones en lugar de las 8 que nos corresponderían.

   Y lo mejor de todo. La operación de compra tiene una comisión mucho menor que la de las acciones: para esta operación, eL canon de bolsa es de 1,20€ y el bróker nos cobra 0,20 % sobre efectivo, sin mínimo. Es decir, si los derechos cotizan, por ejemplo, a 0,049€ y necesitamos comprar 63 derechos, el importe efectivo total asciende a 3,087€, por lo que la comisión del bróker que aplica es de 0,006€. Total 1,21€.

   El ejemplo, así contado, no resulta demasiado atractivo: Pagar 1,2€ por completar una sola acción puede resultar proporcionalmente muy caro. Pero si metemos otras variables en la operación, con un poco más de dinero, veremos que podemos llegar a obtener alguna ventaja interesante.

   Igual que podemos comprar los 63 derechos que nos faltaban para comprar una sola acción, podemos comprar derechos para completar dos… o tres… o cuatro… Con la misma ventaja en la comisión de compra. Por ejemplo, si quisiera hacerme con 27 acciones adicionales, tendría que comprar 2325 derechos (27 acciones por 87 derechos, suman 2349. Pero como tengo los 24 que sobraban, necesito sólo 2325), y entonces la comisión total de la operación sería de 1,43€…

   Compara esta comisión con la que pagarías por comprar las acciones. En mi caso, comprar las acciones a través de mi bróker me supondría un desembolso de 9,20€ de comisión total… pero vía derechos yo he pagado 1,43€.

  Entonces… ¿cuántas acciones comprar vía derechos? Pues cada caso es un mundo, porque intervienen muchas variables: puede ser que nos ahorremos en comisiones, pero si vía derechos las acciones que compramos salen más caras que la cotización actual de la acción ordinaria, podemos estar haciendo el pardillo. O aun saliendo más barata la operación, si vía derechos estamos comprando acciones por encima de nuestro precio medio de acción, puede ser que no nos resulte interesante tampoco. Y también está la comisión de la operación vía derechos, que como hemos visto no tiene un mínimo… así que es seguro que llega un momento que esa comisión será superior a la misma operación comprando directamente las acciones.

   Mi criterio es el siguiente: compro derechos cuando creo en la empresa que los emite. Esto ante todo. Y después se tienen que cumplir 3 condiciones:

1.- Que el total de la operación (operación + comisiones) vía derechos sea más barata que vía acciones.

2.- Que en el momento de comprar los derechos, el precio de compra de la acción vía derechos sea inferior a la cotización actual de esa acción.

3.- Que el precio de compra de la acción vía derechos, sea inferior al precio medio de compra de esa misma acción en mi cartera.

   Y entonces, ahí voy. Si se cumplen estas tres condiciones, voy realizando compras de poco importe, que mejoran mi precio medio de las acciones y con unas comisiones realmente ventajosas.

   Y, aunque muchos de vosotros ya conocías todo esto, quería compartirlo con vosotros de la misma manera que Fansworth lo compartió conmigo. Porque estoy convencido de que este tipo de cosas nos ayuda también a ser un poco más… ¡(f)independientes! 😉

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   Ernesto Bettschen. Noviembre 2016.

El algodón no engaña.

   Si te digo la verdad… los ricos de verdad escasean bastante. Hay muchos más de lo que parece, y de lo que te imaginas, pero no es fácil dar con ellos.

   Y hablo de ricos “de verdad”. Y creo que este calificativo merece una explicación.

  “De verdad”…. Veamos. La prueba de algodón.

   Cojo el teléfono y llamo a mi amigo y mentor “Mister L”. Tras los saludos de rigor, le propongo un plan. Él vive en una capital de provincia, en la costa. Y yo, en Madrid. Así que decidimos llevarlo a cabo en un punto intermedio. Y… ¡ya está!. En una semana, tenemos plan.

   Hasta aquí, puede parecer todo normal. Pero entre líneas, veréis que hay una segunda lectura bastante interesante.

   Como el plan le apetece de verdad (conociéndole, ¡cómo resistirse a una buena cuchipanda con gente vital, y alguna que otra comilona!) se ha apuntado rapidísimamente. “Mister L” se ha delatado: una breve conversación por teléfono… en la que no se habla de disponibilidad, coste o condiciones. Se hace el plan. Y se ejecuta. Alguna vez hay que cuadrar agendas con un poco más de trabajo, pero poco: al fin y al cabo, hacer este tipo de escapadas entre semana resulta más fácil… y más barato, aunque creo que para “Mister L” eso es bastante secundario.

   Tampoco me pregunta sobre el resto de asistentes. A “Mister L ” le basta con (puede resultar presuntuoso, pero es así) mi garantía personal: desde luego que no me voy a pasar un par de días con gente que no me resulte interesante, me aporte, y (propósito principal del plan) con la que no me lo pase bien. “Mister L” es un firme creyente en eso de “Los amigos de mis amigos, son mis amigos”… Y da por sentado que la gente que va a conocer le resultará interesante, le aportará, y que se lo va a pasar muy bien. Y si te descuidas, pues puede surgir algún negocio o plan, que conocer gente nueva es lo que tiene.

   Y así de sencillo. “Mister L” no tiene que pedir días libres, y el coste del plan le importa poco o nada. Es rico. Rico de verdad. De los que cuesta encontrar.

   La prueba del algodón. Una llamada, y hay plan. Hay plan, y no objeciones: “es que tengo que cogerme el día”,”¿y dónde vamos a quedarnos?”, “¿y cuánto cuesta?”,  “y quienes vamos”…

   Nada de eso: ¡un planazo!. Esto apesta a (f)independencia, porque precisamente es el fruto de la misma. El el premio por unas cartas bien jugadas. Es el fruto del desempeño de las habilidades técnicas, interpersonales y financieras a lo largo del tiempo. Y se materializa en una libertad de elección maravillosa.

   La vida es sorprendente: también he llamado en alguna ocasión a “Mister H”. En apariencia “Mister L”, al lado de “Mister H” parece un pobre de los de caridad. Pero “Mister H” nunca puede. El trabajo se lo impide. Muchos viajes. Mucha reunión. Mucho trabajo fuera de horas. Claro, tiene que ser así. No puede ser de otra manera. La mansión en la que vive tiene una hipoteca directamente proporcional a sus metros cuadrados y la exclusividad de su barrio residencial, y aunque su coche principal se lo facilita la empresa para la que trabaja, su segundo vehículo no es ninguna tontería. Y como la apariencia cuenta, mucho traje, mucha marca… Sus relaciones sociales, desde hace un tiempo, se ven “contaminadas” por su vida laboral. Esas cenas con un propósito oculto pero evidente, a las que su mujer va con esa incomodidad (comprensible), y que son frecuentes. Pero es el precio del éxito… Ese éxito que nos quiere vender la sociedad.

   Un éxito que, analizado, paga un precio al final demasiado caro: una vida hipotecada en tiempo y coste. Trabajar para vivir y vivir para trabajar. Un bucle ruinoso. Un status forjado a golpe de pago. El coste de vivir como un rico de verdad… sin serlo. Trabajar para pagar. Pagar para mantener el nivel de vida que requiere esos pagos. Y vuelta a empezar. Y lo más grave, con el sacrificio del tiempo. Tu tiempo. Una dinámica que te priva sistemáticamente de esos momentos antológicos. Como el de aquel miércoles con “Mister L”, que perdura (y perdurará) en mi mente hasta el último de mis días.


   Si bien “Mister H” es un estereotipo, debo decir que “Mister L” si se corresponde con una persona real. Y su trasfondo y riqueza es tan real como yo he tratado de reflejar en esta entrada. Y, puesto a contar, tan real como el plan de aquellos días entre semana. 😉

Echar un vistazo.

   El otro día me preguntaron por qué opción de inversión hubiese optado si tuviera veinte años. La verdad, nunca lo había pensado. Y eso fue lo que respondí.

   A priori, creo que una inversión tipo “Bogleheads” sería la respuesta.  Pero, precisamente, dar respuesta a la pregunta me hizo echar un ojo a ver… “¿qué hay de nuevo, viejo?”.

   Y para sorpresa mía, pues sí, encontré alguna novedad: un complemento perfecto para un viejo conocido casi por todos.

   El viejo conocido es el Vanguard Dividend Appreciation ETF, VIG (https://personal.vanguard.com/us/funds/snapshot?FundId=0920&FundIntExt=INT), un ETF como pocos que conozco. Si no has oído hablar de él, merece la pena que le eches un vistazo.

   Y la novedad, un complemento del que hasta ayer mismo no tenía conocimiento de su existencia:  el Vanguard International Dividend Appreciation ETF,  VIGI (https://personal.vanguard.com/us/funds/snapshot?FundId=4415&FundIntExt=INT).  El mismo concepto, pero en versión internacional. Como he dicho, un complemento perfecto para el VIG.

   Creo que no cambio mi respuesta: una cartera de fondos indexados tiene, para mi esquema inversor (ahora y a los veinte años) más ventajas que inconvenientes sobre una de ETFs, pero creo que el pequeño descubrimiento puede alegrar a más de uno y por eso lo comparto con vosotros.

   Y para los que se pregunten el porqué de mi reafirmación, pues os lo cuento a modo de pros contras:

   En contra de la cartera de fondos indexados frente a una de ETFs:

  • Mayor comisión inherente a los fondos que a los ETFs.

   A favor de la cartera de fondos indexados frente a una de ETFs:

  • Menor coste por operación de aporte / retirada: los ETFs se compran y venden con comisiones similares a las que se aplican en la compra de acciones, mientras que en los fondos, esa comisión suele estar incluida en la comisión total del propio fondo. Para muchas compras periódicas, un fondo de inversión probablemente evite mucho gasto en comisiones.
  • Posibilidad de rebalanceo o cambio de tipología de fondo (por activos, por riesgo, por diversificación, etc.) sin peaje fiscal.

   En cuanto al reparto de dividendo de los ETF, no lo veo como ventaja o inconveniente, ya que se puede obtener el mismo resultado con ambas opciones: en mi caso yo prefiero dividendos repercutidos y no distribuidos. El dividendo distribuido (en efectivo) me obligaría, en época de aportación, a su reinversión, incurriendo, en el caso de ETFs, en una comisión de compra adicional. En época de “recepción”, el dividendo en efectivo de los ETFs podría ser de utilidad para no tener que realizar una venta de participaciones, pero en el caso de fondos puede obtenerse el mismo resultado buscando un fondo de reparto (que paga dividendo en efectivo), y el traspaso a este fondo de reparto estaría también exento de peaje fiscal. La cuestión aquí, sería encontrar un muy buen fondo de reparto, porque echando un ojo al panorama, hay muchos que utilizan el propio patrimonio del fondo para pagar el dividendo, o la utilización de derivados. Pequeñas argucias… que hay que analizar con lupa de muchos aumentos.

   Pero hoy me quedo con la experiencia de cómo el análisis de una simple pregunta (¿por qué opción de inversión hubiese optado si tuviera veinte años?) me ha llevado a un pequeño descubrimiento… Y es que a veces merece la pena salir a “echar un vistazo”.

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