Aceptación social 2.0

«Aceptación Social 2.0» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   El otro día, en una de esas conversaciones que tuve con mi amigo Fansworth, filosofamos sobre los mensajes que reciben las nuevas generaciones sobre el éxito, y la verdad es que (llegamos a la conclusión de que) en este sentido el mundo, a nivel de emisión y recepción de información, se ha vuelto bastante más complejo de lo que era hace sólo unos pocos años

   Por mi edad, he conocido un mundo de información unidireccional, en el que (libros aparte, que ese tesoro, desde que tengo uso de razón,  siempre ha existido) un par de canales de televisión, 4 o 5 periódicos y algunas revistas temáticas era casi todo lo que uno podía consumir para mantenerse informado.

   El mundo de, hoy,  se ha tornado en algo mucho más complejo, donde la información ya es prácticamente omnidireccional, y donde lo realmente complicado no es consumirla, sino determinar qué es lo relevante, qué es cierto, quien está detrás de esta o aquella información, qué intereses la mueven. Todo con derecho a opinión y réplica. Y con una variedad de canales (páginas web, vídeos, redes sociales, foros, etc.) que hace sólo unos pocos años costaba imaginar.

   Muchos jóvenes siguen queriendo ser futbolistas, sí, pero también “youtubers”. Lo que sucede de nuevo es que nos encontramos (esto sí que no ha cambiado) con una expectativa que gestionar. El éxito (tanto para un futbolista como para un youtuber o como para el director de una gran corporación) no es fácil. Requiere siempre gran esfuerzo y dedicación… una habilidad especial, un conocimiento… Talento.

    Y así, la conversación derivó en la elevada posibilidad de frustración que un joven de hoy en día puede sufrir, en muchos casos porque ese altamente complejo mundo de información que recibe le muestra continuamente vidas paralelas exhibidas en forma de biografía exitosa… (que en muchos casos no deja de ser una exposición pública de momentos que nada tienen que ver con la realidad de cada uno, pero eso ya es otra historia)

   Y nuestra reacción primaria (me atrevería a decir que es parte de nuestra naturaleza) es compararnos con lo que vemos de nuestros semejantes… con esos “mejores momentos” que comparten con nosotros. Y aspirar a lo mismo que vemos. Quererlo. Envidiar… pero sin un análisis mayor.

El joven (y no tan joven) de hoy ¿percibe éxito o consumismo?

Ese “éxito”… ¿es real?…

El mundo de nuestros semejantes se nos muestra en forma de mejores momentos capturados y expuestos para obtener una aprobación. Y eso casi que nos fuerza a actuar de manera similar para obtener una aprobación social, para pertenecer al grupo, para poder ser uno más.

«Ser uno más». ¡Uff!. En este blog que predica que si haces lo que todo el mundo obtendrás los mismos resultados que todo el mundo… se me forma un nudo en la garganta al escribirlo…

Para mí, que tengo hijos, se me  abre un importante frente de educación. Importante y complejo.

Una educación que pasa por poner en el ring la aceptación social (que pese a todo lo dicho no deja de tener su importancia) frente a un comportamiento que me atrevería a llamar “borreguil”…

Bueno, creo que ser consciente de la situación ya es algo.

¿Te has parado a calcular qué será de tí?

«¿Te has parado a calcular qué será de tí?» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   Corría el año 2011 cuando el estado afirmó que iniciaría una campaña de información a los ciudadanos sobre el cálculo individualizado de su pensión.

   Sin entrar a valorar el porqué de esta desinformación (cosa más que sospechosa y que ya de por sí da muchísimo que pensar), ¿te has parado a pensar en ese escenario futuro?

   Llegado a este punto, ¿Cuál es tu caso?

   ¿Estás perfectamente informado? (por la cuenta –y nunca mejor dicho- que te trae) o  por el contrario no lo tienes del todo claro…

   Si éste último es tu caso, puedes seguir esperando a que el gobierno se decida a cumplir lo que anunció en 2011, pero a lo mejor, cuando te proporcionen la información puede ser que no te guste demasiado.  

   No te preocupes, seguro que ese mismo estado “cumplidor” entiende tu situación y cuando pongas el grito en el cielo se vuelca en resolver tu problema… (¡ja, ja, ja!, ¡seguro que sí!)

   Si no has entrado al detalle, te recomiendo que lo hagas. En Internet hay infinidad de simuladores que te ayudarán a hacerlo. Verás que casi todos vienen a decir lo mismo: en la mayoría de los casos, la pensión a percibir no llegará a cubrir el 100% de tu nivel de ingreso antes de ser pensionista. 

   Si la primera pelota que sobre este asunto el estado ha puesto en nuestro tejado ha sido preocuparnos de cuantificar qué pensión cobraremos, la segunda será preocuparnos de cómo gestionar la diferencia de nivel de vida que puede suponernos pasar a ser pensionistas. Y este esfuerzo no es baladí: lo más “sencillo” sería el ahorro sin más (con el término sencillo, bien entrecomillado, porque si bien la teoría es fácil, en la práctica hay todo tipo de imprevistos, tentaciones, oportunidades, gangas, etc., etc., etc., que hacen que el resultado sea bastante imprevisible). Y luego está el asunto de cómo me las apaño cuando tenga que disponer de ello. Un paso más podría llevarnos a obligarnos mediante un plan de pensiones. Esto parece sencillo. A falta de otra cosa, puede no estar mal, es fácil de ejecutar, y en ausencia de cualquier conocimiento o interés es una opción. No poder rescatar el dinero a la primera de cambio debería ayudar algo. Y luego está todo el universo de las inversiones… que suena a palabras mayores, riesgo y que aparentemente está reservado a unos pocos entendidos.

   La tercera pelota, que Papá Estado (el peor padre del mundo) nos pondrá en el tejado, puede ser una auténtica bola de plomo: gestionar la realidad de nuestra vida de pensionistas (cuando esta llegue) en el caso de que hayamos caído en la desinformación / desinterés y la falta de ayuda para retirar las dos pelotas anteriores.

   Paradójicamente, éste problemilla rodante, afectará de forma más intensa a aquellos que hayan tenido una vida laboral más próspera, porque la pensión máxima en el momento de escribir estas líneas, es de 37.231,74 € brutos anuales (2.659,41€ brutos / mes). Eso quiere decir, que si yo he sido un trabajador que ganaba por debajo de esa cifra, (siempre que haya cotizado los años necesarios), tendré que cubrir un desfase más o menos asumible. Pero si he tenido la fortuna de ganar 60.000€ brutos/ año (4.285,71 € brutos / mes), tendré que cubrir un desfase mucho mayor. O he sido previsor desde bien temprano, o estaré condenado a rebajar mi nivel de vida drásticamente, porque el máximo que percibiré será de esos 37.231,74 € brutos anuales… cuando yo tenía un nivel de 60.000€.

Y todo esto, siempre que el sistema de pensiones sea sostenible, pero no os preocupéis, que Papá Estado (sí, ese), lo tiene todo previsto. Por lo menos hasta 2046… (¡ja, ja, ja!, ¡seguro que sí!)

Al final, la verdad es que sobre este asunto… a mí me gustaría poder “hacerme el Sueco” (no sé a ciencia cierta de donde viene esa expresión, pero lo que sí sé es que Suecia aprobó en 2001 el informar a la ciudadanía sobre el cálculo individualizado de su pensión, y así lo hace desde entonces).

Examen de conciencia.

«Examen de conciencia» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Los años pasan. Y todavía no has empezado. El pensamiento de que tienes que hacer algo para tratar de asegurar el futuro empieza a ser recurrente. Tal vez no sea un pensamiento tan claro y te lo plantees como un “debería ahorrar” o simplemente sea una incomodidad de “no gano suficiente dinero”…

Ser próspero es un derecho (hay quien piensa que debería ser una obligación, por lo menos en la medida de no llegar a ser dependiente). Desafortunadamente vivimos en una sociedad que nos incita a todo lo contrario.

Aun así, los años siguen pasando y ese pensamiento recurrente empieza a ser una preocupación… que con un poco más de tiempo también se convierte en recurrente. Y para cuando llegan las primeras reacciones suele ser demasiado tarde.

Es verdad que hay muchísima gente que no tiene ningún margen para invertir. Que vive muy cerca de esa línea invisible, desfigurada y cambiante que denominan “umbral de pobreza”. Pero también es verdad que la educación financiera (la de verdad, no la que nos venden los bancos y el estado) permitiría a mucha gente no llegar a esa situación. Porque a esa situación, en muchos casos, se llega.

Es muy cierto que la suerte que tenga uno al caer en este mundo determina en mucha medida el resto de su existencia. Pero también es verdad que superados unos mínimos niveles de ingreso, podrían empezar a aplicarse algunas fórmulas que por lo menos traten de alejarnos de esa línea de pobreza. Esa línea que con el paso de los años, parece que hace más visible, más definida… se materializa frente a nosotros y nos recuerda su existencia en forma de ese pensamiento recurrente que cada vez es más intenso.

Pero a largo de nuestra vida nadie nos ha enseñado cómo funciona el dinero. Básicamente conocemos que se consigue trabajando con esfuerzo, y paradójicamente se gasta sin ninguno. Que cuesta  mucho tiempo ganarlo, pero que se gasta en un periquete. Y ya. Se acabó. Así funciona. Esas son casi todas las instrucciones que históricamente existen sobre el dinero.

Y así, hay mucha gente que entiende la prosperidad exclusivamente como “ganar más dinero”, cuando realmente viven casi al día… a un par de nóminas de la bancarrota, aunque gestionando con auténtica maestría el crédito. Porque eso sí que los bancos y el estado nos lo han puesto muy fácil de aprender. Y muy accesible. La receta es fácil: si no tienes dinero, tráelo del futuro, y luego devuélveselo con el correspondiente interés. Se materializa en forma de tarjeta con la que la vida es casi de color de rosa y que rompe absolutamente con la afirmación de que “de dónde no hay, no se puede sacar”.

Y todos contentos. Por lo menos hasta que nos llega a la madurez ese momento de análisis en el que nos preguntamos dónde ha ido a parar todo ese dinero que tanto nos costó conseguir y nos planteamos ponernos a buscarlo entre la montaña de “gadgets” y teléfonos móviles que fuimos descartando por obsoletos a ritmo de uno cada dos años… Para eso sí que había esfuerzo. Para ahorrar o invertir… pues va a ser que no, que eso resultaba aburrido… aunque ahora empezamos a entender que no debía haber sido una opción.  Y que la excusa de “es complicado” siempre nos sirvió, aunque no nos paramos a comprobar si realmente eso era así. Y que “es arriesgado”, aunque tampoco nunca lo llegamos a experimentar… y que hay que tener mucho dinero… y tampoco lo cuestionamos. Puede ser que más por comodidad que por cualquier otra cosa.

Podía haber sido algo tan sencillo como una transferencia periódica… pero en vez de realizarla para nosotros, nos enseñaron a pagar el consumo en cómodos plazos. Y mire Vd. Por dónde, eso lo aprendimos en un santiamén.

Nunca es suficiente.

   El dinero no da la felicidad. No directamente. Cada vez estoy más convencido de esto. En el mejor de los casos, puede llegar a proporcionar cierta tranquilidad, pero nada más. Es cierto que vivir con esa cierta tranquilidad puede contribuir a ser un poco más feliz, pero esto dista mucho de ser feliz. Estoy convencido de que la felicidad es otra historia que se escribe con una tinta muy diferente.

Realizando un análisis personal sobre el comportamiento de las personas en relación con el dinero resulta que el dinero tiene mucho en común con las drogas. Si buscamos el término “droga” en el diccionario, veremos que en una de sus acepciones, se describe como “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”, y si lo pensamos bien, los efectos que el dinero puede causar pueden ser muy parecidos.

La analogía no sólo pasa por la definición, sino que tiene un análisis mucho más profundo en los comportamientos derivado de su uso. Y este análisis, explica muchas cosas.

La adicción es uno de ellos: y  esa adicción explica la insaciabilidad que el dinero puede generar. Para determinadas personas, parece que nunca es suficiente. Para desgracia nuestra, en muchos casos, esa adicción campa a sus anchas entre empresarios y políticos. Mal para los primeros, que en ocasiones llegan a comprometer la viabilidad de las empresas. Imperdonable para los segundos, que directamente se enriquecen a nuestra costa, con un dinero que es de todos, pagado por todos. Con mi dinero. Con tú dinero.

¿De verdad piensan que pasando de tener seis millones de €uros a tener siete, su felicidad se va a incrementar proporcionalmente? Cualquiera que lea esto, seguro que piensa,  como yo, en lo absolutamente grande que puede llegar a ser la imbecilidad humana.

El drogadicto, aunque consciente de su adicción, prima la satisfacción de la misma ante casi cualquier cosa. Y en muchos casos, sacrifica su felicidad y la de los que le rodean, por la satisfacción inmediata. Y todo en una espiral que se repite una y otra vez.

Nunca es suficiente.

Me viene a la memoria sobre este asunto, la introducción al libro “Enough”, de Jack Bogle, que comienza contando una anécdota sucedida en una fiesta en la que uno de los asistentes comentaba que el anfitrión, un administrador de fondos, había ganado más dinero en un solo día del que otro de los asistentes, un popular escritor, había ganado en toda su carrera profesional. El escritor, sobre éste asunto, respondió: “Sí, pero yo tengo algo que él nunca tendrá. . . Tengo suficiente. ”

Al final, resulta cierto que pasado un determinado umbral (que no dista mucho de tener bien cubiertas las necesidades básicas), todo lo demás puede empezar a suponernos quebraderos de cabeza. Todas las comodidades de nuestro tiempo, han ido acomodando nuestra conducta de tal manera que nos han hecho muy intolerantes a la más mínima incomodidad(*). Pero seguro que daría para un bonito debate plantear si la comodidad de estar conectados tecnológicamente ha sido para bien o para mal en nuestras relaciones interpersonales.

El dinero, por tanto, tiene ese “reverso tenebroso” de poder tener el efecto exactamente contrario a lo que esperamos. Puede hacernos sumamente infelices… por insaciables,  intransigentes, por insatisfechos, por desconfiados, por la soledad que todo esto genera. Suena horrible, pero si nos paramos a pensar, encontramos de golpe infinidad de políticos insaciables, celebridades intransigentes, millonarios insatisfechos y desconfiados, infinidad de actores que con enormes patrimonios resulta que llevaban existencias difícilmente soportables sin la ayuda del alcohol o las drogas…

¿El dinero da la felicidad? Creo que no. Por eso, la (f)independencia trasciende al mundo del dinero y debe ir más allá. Por eso se refuerza con otros sus otros dos puntos de apoyo,  que son igualmente importantes, y que son las habilidades interpersonales y las habilidades técnicas. Y entre ellas debe existir armonía (término que tiene una preciosa definición: “Equilibrio, proporción y correspondencia adecuada entre las diferentes cosas de un conjunto.”).

(*) Un interesante análisis sobre esta apreciación lo he encontrado en el libro «Sapiens. De animales a dioses», de Yuval Noah Harari.

Invertir no es lo complicado.

«Invertir no el lo complicado» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   En los últimos tiempos estoy compartiendo tiempo con un grupo de personas que acaban de empezar a invertir. Su acercamiento al mundo de la inversión tiene un comienzo discreto y siguiendo los que por aquí predicamos, han empezado sacrificando una noche de tapeo. Poco a poco van interiorizando qué es esto, en qué consiste y, sobre todo, por qué tenían una concepción previa (infundada y equivocada) del mundo de las finanzas personales.

   A medida que pasa el tiempo, muchas de sus dudas se van disipando. Pero entonces se ven en que tienen que combatir el “reverso tenebroso” de la impaciencia.

   Empezar poco a poco tiene la ventaja de que permite reflexionar mucho sobre lo que se está haciendo. Pero también la desventaja de que esa misma reflexión lleve a pensar por qué no se ha hecho nada antes, y eso es precisamente lo que genera esa sensación de tiempo perdido que hay que recuperar.

   Es curioso ver como poco a poco van desterrando tópicos que no saben a ciencia cierta cómo se instalaron en su mente:

  • Es arriesgado.
  • Hay que tener mucho dinero.
  • Es muy complicado.
  • Hay que dedicarle mucho tiempo y estar pendiente todo el día.

   Pero el tiempo pasa, y la ruina no llega, y el dinero fluctúa, y no resulta complicado ni hay que dedicarle tanto tiempo (aunque sí, lo miran –y sólo eso- a diario, a ver si sigue ahí, a ver si ha subido, a ver si ha bajado…)

   Y sigue pasando el tiempo, y poco a poco se pierde el interés… al fin y al cabo, sólo pasa eso, que la cotización fluctúa… Y ya no miran tanto. Pero casi sin darnos cuenta, toca volver a comprar. Y ese momento reactiva de nuevo todo el interés por la inversión.

  La experiencia me dice que una vez que se experimenta con dinero propio, en muy poco tiempo se cuestionan todas esas creencias y se pasa a ese segundo estado en el que predomina la sensación de haber perdido el tiempo. A la par, se recupera el interés por las matemáticas, y aparecen en la mente ese tipo de cálculos que nos engolfan la mente y nos proyectan a un futuro de abundancia (nada lejos de la paradisiaca playa lejana y el daiquiri)…

   Y sí, para llegar a eso hace falta mucho dinero, y mucha constancia, pero una vez dado el primer paso, el camino se ha comenzado. Y hay que gestionar la expectativa: porque pocos llegarán. Muy pocos. Casi ninguno. Es más, ni siquiera se trata de eso. En un viaje, no es el destino lo que importa. Es la experiencia. Es el viaje en sí.

Lo que realmente se tarda en interiorizar, y la verdadera dificultad de todo esto, más que todo lo que supone invertir (que eso al fin y al cabo es muy sencillo), es componer la ecuación para no hipotecar el presente por un futuro que no sabemos qué nos deparará. Ni siquiera si llegará, aunque esperemos que sí. Para guardar y gastar al mismo tiempo. Para ser comedido en los excesos (y no excesivo en los comedimiento, que –es una opinión- es mucho menos divertido), para poder llegar a ser solidario (siempre digo –medio en serio, medio en broma- que limpio mi conciencia inversora y capitalista con las aportaciones a las ONGs con las que colaboro), para poder despreocuparme por un imprevisto… o por dos…, para poder ser generoso, y a la vez prosperar. Todo, disfrutando el camino.

   Esa es la ecuación complicada.

Fondos de Inversión vs ETFs.

“Para el gusto se hicieron los colores”, y “sobre gustos no hay nada escrito”. En una estrategia de inversión indexada, una de las decisiones que deberemos tomar es qué vehículo de inversión utilizar. Así, se nos presentará la alternativa de realizar nuestra inversión a través de Fondos de Inversión o de ETFs.

Yo, personalmente, he optado por fondos de inversión, pero considero interesante poner negro sobre blanco algunos datos para facilitar esta elección a futuros inversores.

Antes de nada, creo también oportuno establecer unas reglas del juego homogéneas, para que ambos tipos de activos sean comparables sobre el mismo “terreno de juego”: nuestro enfoque inversor es el de crear una cartera indexada, con diversificación global, y sobre la que realizar aportaciones periódicas. El objetivo de la inversión es realizar estas aportaciones hasta el momento de la jubilación, en el que la cartera tendrá que empezar a devolvernos el fruto de nuestra inversión aderezado con la constancia que hayamos sido capaces de mantener.

Tanto los fondos de inversión indexados como los ETFs indexados, son Instrumentos de inversión colectiva: básicamente son productos que compran acciones del mercado y las “empaquetan” para poder ser comercializadas de una manera sencilla vía participaciones. Así, comprando una participación (o una fracción), el inversor comprará todas las acciones que el fondo o ETF contenga. Para el caso que nos ocupa, concretamente estamos refiriéndonos a Fondos de Inversión y ETFs indexados, es decir, los que “empaquetan” todas las acciones que componen un índice (como por ejemplo el SP500, que contiene acciones de las 500 empresas con mayor capitalización de EEUU).

Tanto fondos de Inversión como ETFs pueden ser de distribución (reparten dividendo periódicamente) o de acumulación (el dividendo pasa a formar parte del patrimonio del fondo, incrementando su valor).

Hasta aquí, todo funciona de manera similar. Vayamos ahora con las características en las que ambos productos difieren:

Los fondos de inversión indexados no tienen una cotización en tiempo real y no se pueden comprar y vender directamente en el mercado. En su lugar tienen un valor liquidativo que se genera con las cotizaciones de la sesión, pero que se determina al final de la misma. Esto obliga a que la compra y venta de las participaciones no pueda ser inmediata, sino que hay que esperar a que se determine el valor liquidativo de la sesión para poder realizar la operación. Comprar o vender un fondo de inversión suele llevar un par de días de espera, desde que damos la orden hasta que ésta se ejecuta.

Los ETFs, sin embargo, sí cotizan en tiempo real, se compran y venden igual que las acciones ordinarias, durante la sesión de mercado. Su cotización fluctúa durante la sesión bursátil, y el precio de compraventa del ETF vendrá determinado por el momento en el que se lance la orden al mercado. No hay que esperar al valor liquidativo.

Ambos instrumentos de inversión tienen sus comisiones: en el caso de los fondos indexados, no se cobra por la operación de suscripción (compra) o reembolso (venta), sino que lo que se paga es una comisión por todo el servicio y gestión. Esta comisión oscila bastante de unos fondos a otros, pero en el caso de los fondos indexados no suele ser demasiado elevada (entre un 0,25% y un 0, 85% anual). Al conjunto de comisiones que soporta el fondo se denomina TER (Total Expense Ratio)

Los ETFs, además del TER (que suele ser ligeramente más barato que el de los fondos), dado que se negocian como las acciones, generan comisiones por cada operación de compra o venta que se realice.

Pero la diferencia más relevante que debe destacarse entre un fondo de inversión indexado y un ETF indexado, inclina la balanza hacia estos últimos, ya que desde un punto de vista matemático, los ETF reflejan mucho mejor lo que el término “indexado” significa, ya que replican su índice de referencia mucho más fielmente que los fondos indexados. Esto se debe a que los fondos de inversión siempre deben conservar una parte de su patrimonio en forma de liquidez, para poder responder a aquellos inversores que en un momento dado decidan recuperar su inversión. Si el fondo no tuviese un % de liquidez, habría que deshacer posiciones del mismo para cubrir esta demanda, y eso penalizaría al resto de inversores del fondo. Así, ese % de liquidez que los fondos tienen, hacen que la réplica de su índice de referencia no sea exacta. Y normalmente, el resultado de los fondos indexados es ligeramente peor que el del índice al que replican.

Sólo por esto, yo tendría claro que la inversión con ETFs es más precisa. Pero en determinados países, como por ejemplo España, la legislación es más benévola con los fondos de inversión que con los ETFs, y esto, en mi opinión, es determinante a la hora de escoger estos para mi cartera de inversión: los fondos de inversión, a diferencia de los ETFs, pueden traspasarse. Esto significa que yo puedo realizar “intercambios” de dinero entre ellos con dos beneficios importantes: por un lado la comodidad de realizar el traspaso de forma directa y con sólo una operación entre un fondo origen y un fondo destino (para el caso de los ETFs, tendía que vender del origen para luego comprar el ETF destino, con las comisiones por cada una de estas operaciones). Por otro lado, y este es el punto más importante, la operación de traspaso no tiene la misma consideración fiscal que una venta y posterior compra. Es decir: la operativa con ETFs, además de las comisiones de compra y venta, consolida un beneficio o pérdida patrimonial que resultará en el correspondiente impacto fiscal, que en caso de materializar un beneficio, nos obligará a pasar por caja en hacienda.

Con fondos, esto no sucede. El traspaso, es transparente para hacienda, no consolida beneficio o pérdida, y por tanto no tributa.

Así, en una estrategia en la que se apliquen rebalanceos, esta ventaja de los fondos sobre los ETFs es un factor definitivo. Poder traspasar el dinero de un fondo a otro sin tener que tributar por ello, es una ventaja importante, sobre todo cuando la cartera tiene determinada envergadura. En mi cartera “Bogleheads”, realizo rebalanceos anuales en el que ajusto los porcentajes de renta variable y fija según mi edad, pero también cuando un fondo se dispara (por arriba o por abajo) más de un 5% con respecto a la situación de partida anual que tengo fijada…  (Este sencillo mecanismo obra automáticamente la baza ganadora en este negocio: vende caro y compra barato… Si un fondo sube más de ese 5% que tengo fijado anualmente, rebalanceo todo el sistema para nivelarlo, traspasando de los fondos que más suben a los que menos lo han hecho o hayan perdido, y lo mismo cuando un fondo se desploma ese 5%). No tener que tributar ni pagar comisiones de compraventa por estos movimientos, en mi opinión, compensa ese pequeño desfase de cotización con respecto al índice de referencia existente en los fondos de inversión y del que no adolecen los ETFs.

  Pero como he comentado al principio de la entrada, “para el gusto se hicieron los colores”, y “sobre gustos no hay nada escrito”. Sobre este asunto solo puedo dar mi humilde opinión, siempre cuestionable. Pero no os quede la menor duda de que si tienes Fondos o ETFs Indexados y has llegado leyendo hasta aquí… ¡estás un poco más cerca de tocar la (f)independencia!

Vidas paralelas.

«Vidas paralelas» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen (con permiso de Plutarco).


Si eres joven es muy probable que no sepas los grandes tesoros a los que puedes acceder. El primer tesoro, además, viene de serie: es la propia juventud…. ¡divino tesoro! Paradójicamente, esto se entiende con la edad. Pero hay otro gran tesoro del que precisamente la juventud nos ciega: el disponer de la experiencia de los que ya antes han habitado el mundo. Los que estaban antes, los que ya han pasado por aquí. Poder apelar a esa experiencia es efectivamente un enorme tesoro…

Me voy a inventar la vida de dos personas, a las que familiarmente llamare Peter y Paul. Ambos nacieron en sendas familias de clase media, al inicio de la década de os 70. Siendo vecinos, fueron al mismo colegio, compartieron esos maravillosos años y después del colegio accedieron a la universidad. Ambos terminaron sus estudios y se lanzaron al mundo laboral.

Ambos encontraron el mismo trabajo, por el mismo sueldo y condiciones y ambos encontraron una chica de clase media con la que se casaron y tuvieron dos estupendos hijos.

Ambos, con ayuda de sus mujeres, sacaron sus familias adelante y pudieron proveer a sus hijos de una educación similar a la que ellos tuvieron. Ambos recorrieron el camino de la vida como amigos y casualmente ambos morirán en 2059, con 88 años.

Son dos vidas paralelas de ficción, pero si lo pensamos bien, no dista mucho de lo que haya podido pasar con muchos compañeros de colegio de una época de “baby boom”.

Pero Peter y Paul, aparentemente iguales, gestionaron su vida de una manera muy distinta: Peter vivió una vida convencional, mientras que Paul apeló a la experiencia de sus mayores y en base a lo que aprendió, pudo tomar decisiones que afectaron muy directamente en su vida.

 Mientras que Peter fluía con la multitud, Paul tuvo se preocupó por gestionar su vida… y en algún momento de su juventud empezó a interesarse por la educación financiera. Unos pocos libros y una conexión a internet le permitieron ahondar en su conocimiento.

Y así, aunque ambos comenzaron cobrando 1000€ netos cuando se incorporaron al mercado laboral con 24 años, cómo gestionaron el dinero fue clave en sus vidas.

Peter siempre quiso ahorrar y todos los meses se hacía el firme propósito de guardar lo que le sobrase a fin de mes. Paul, sistemáticamente comenzó a guardar nada más cobrar la nómina una pequeña parte. Poca. Muy poca, porque con un sueldo mileurista tampoco se podía hacer demasiado. Con 24 años ambos tenían muy claro que además de trabajar, hay que vivir la vida. Invertir 80€ cada mes le pareció una cantidad lo suficientemente razonable como para que pasase desapercibida.

Tras siete años de aprendizaje y trabajo, Peter y Paul tuvieron la misma oportunidad de cambiar de trabajo y prosperar. Con 31 años, su sueldo pasó de 12000€ netos a 18000€. Por fin podían plantearse una mejora en sus vidas. La idea de poder comprar un coche o meterse en un piso empezó a desplazar a la de salir los fines de semana…

Para entonces, Peter ya había descubierto que ahorrar a fin de mes funcionaba bastante mal… pero al fin y al cabo, él era prudente y no envidiaba demasiado tener tarjeta de crédito. Ganaba poco, pero era prudente y no quería caer en excesos. Ya llegaría su momento.

Paul, simplemente no hizo nada. Continuó mes a mes con su aportación, y cuando el aumento llegó, sólo incrementó la cuantía de su ahorro. Pasó de invertir 80€ a poner 120€. No ganaba mucho dinero, pero los algo más de 7500€ que tenía invertidos por aquel entonces le parecían todo un logro… conseguido sin apenas darse cuenta.

A los 35, ambos tomaron la decisión d casarse y meterse en comprar un piso. En pareja, todos con trabajo, las cuentas salían mejor, y aunque la vivienda era cara, un piso siempre es una inversión. Un coche pequeño, aunque de segunda mano, también fue posible. Poco después llegarían los hijos… y una vez más el sueldo nunca dio para más.

Con 40 años, ambos recibieron juntos la noticia de un nuevo aumento. Muy necesario, pero justo también: 23000€ netos como recompensa a una trayectoria profesional que la empresa reconocía. Y una vez más, Peter se planteó hacer algo, porque no podía ser que después de tantos años el dinero a fin de mes se esfumase siempre… Y Paul, sólo pudo incrementar su inversión 30€ al mes: de 120€ a 150€. Con 40 años, muy consciente de que jamás sería rico, los 28000€ que tenía invertidos le animaban a seguir con su sencillísimo camino a seguir.

Así, llegamos hasta hoy. Peter y Paul, viven entre nosotros… tal vez hayamos coincidido con ellos en el metro o en cualquier otro lugar. Pero la magia de la escritura nos permite hacer un avance rápido de sus vidas.

Los 50 años los celebrarán por todo lo alto y con el que será el último aumento de sueldo de su vida laboral. Poco más de 2000€ netos para lidiar con hijos adolescentes, una casa por terminar de pagar, y otro coche también comprado de segunda mano… y los gastos… gastos de todo tipo… luz, agua, gas, ropa, algún capricho, alguna escapada, regalos de navidad, etc., etc.

A Peter, el ahorro nunca le dará tregua: poder disponer del dinero rápidamente será una maldición en un mundo de comercio electrónico lleno de gangas, vuelos “low cost” y suscripciones para todo (tv, música, juegos de consola, almacenamiento en la nube, mantenimiento de electrodomésticos…)

Para Paul, exactamente igual, pero lo conseguirá sólo con lo que resta de quitar a los 1900€ que a él le quedarán al mes tras su inversión y los gastos de los niños, de la hipoteca, del coche…  Pero una vez más, incrementará 20€, hasta los 170€ la aportación mensual a su inversión. Su cartera, en este momento pasará de los 64000€.

Corre el año 2039.

Peter y Paul se jubilarán con 67 años. Dos años antes ambos habrán terminado de pagar la hipoteca. Afortunadamente, porque la pensión no será capaz de soportarla.

Después de 44 años de duro trabajo y cotizaciones… el baño de realidad empañará el futuro de sus venideros “años dorados”: la prestación que empezarían a recibir apenas será la cuarta parte de su último salario… De su poder adquisitivo, mejor ni hablar.

Peter no podrá más que llevar una economía de subsistencia. El resto de su vida será como siempre: un hacer lo mismo que los demás… pero ahora con las limitaciones de ser un pensionista “puro y duro”, como todos, al fin y al cabo. El plan de pensiones que inició cuando tenía 50 años, demasiado tarde, se revelará del todo insuficiente…

Paul, será de esos “afortunados” que podrá completar su pensión con los rendimientos de la cartera que tantos años le costó construir. Años, que no esfuerzo económico, porque lo que fue poniendo mes a mes ni siquiera supuso un 10% de lo que ganaba. Aun así, la cartera le proporcionará tanto como la pensión. Es decir, Paul cobrará al mes el doble que Peter.

Y morirán, ambos, con 88 años. Peter dejará a su familia el legado material de toda una vida: una casa pagada, un viejo coche y mil objetos sin más valor que el sentimental.

Paul, exactamente igual, pero con una cartera de unos 165.000€ para sus herederos, que si siguen sus mismos pasos serán, ellos sí, ricos.

F I N

   Lo que pretende este texto es hacer reflexionar a los más jóvenes (y a los que se aproximen al mundo de la inversión por primera vez) sobre la importancia de tener y ejecutar un plan. Sobre el valor que hay que conceder al tiempo más que a la “cantidad”. Sobre lo que podrá pasar en el largo plazo con pequeños ajustes (¿y si en vez del 0,8% de ahorro hubiese sido del 0,9% o del 1%?, ¿y si se hubiese empezado a invertir un par de años antes?, ¿y si en lugar de comprar la casa, se hubiese alquilado e invertido la diferencia?¿y si estando de alquiler también se hubiesen invertido los costes de mantenimiento que generaría una casa en propiedad?…).

En muchos textos sobre independencia financiera normalmente suelen compararse universos diferentes: el “súper dilapidador” vs el “homo frugalis” más extremo… Este texto, simplemente trata de poner un poco más de sensatez a esa odiosa comparación tan recurrente… sin entrar a valorar si la que éste texto cuenta deja de ser, también, bastante odiosa… 😉


Nota: Para está ficción se han realizado los cálculos con la cifras que se exponen y algunos otros datos. A saber: se ha presupuesto un dato medio de retorno de los mercados del 4% (inferior al real) y se cuenta con que siempre se han reinvertido los rendimientos de un año en el año siguiente. La tasa de inversión de Paul ha sido siempre del 0,8% de su ingreso neto. Tanto Peter como Paul han cobrado siempre lo mismo y han tenido los mismos aumentos de salario.

Diseccionando mi cartera «Bogleheads».

«Diseccionando mi cartera Bogleheads» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


De todas las inversiones que he realizado durante mi vida, sin ninguna duda me quedo con mi cartera “Bogleheads”. Para os que no estén familiarizados con ella, os la presentaré diciendo que está compuesta por varios fondos indexados, estructurada en dos bloques (unos de renta variable y otro de renta fija) que quedan ponderados según mi edad y con distribución global (también ponderada según la madurez del mercado).

   Suena complicadísimo. Pero nada más lejos de la realidad. Vamos al detalle.

   Tal como he dicho, la cartera tiene dos partes: una de Renta Fija y otra de Renta Variable, y el % de inversión en cada una depende de mi edad. Concretamente mi cartera contiene un porcentaje de 110 – mi edad en Renta Variable y el resto en Renta Fija. Esto quiere decir que en el momento de escribir este artículo, mi cartera tiene un 64% en Renta Variable y un 36% en Renta Fija. Sí, soy así de Joven… 😛

   La parte de Renta Fija tiene como objetivo ir creciendo a medida que me hago mayor. Poco a poco, al mismo ritmo al que yo cumplo años. Esto es así, porque no quiero sorpresas cuando tenga que recuperar mi inversión. Si soy purista y mantengo este esquema de inversión hasta la edad de jubilación (actualmente fijada en 67 años), al final de mi vida laboral, la cartera tendría un 57% en Renta Fija, que fluctúa relativamente poco. Así, si para cuando llegue el día de mi jubilación, la mayoría de mi inversión estará distribuida en forma de Renta Fija, y aunque haya una gran crisis, podré rescatar mi dinero sin sobresaltos.

   La otra parte, la de Renta Variable, tiene por objetivo hacer crecer la inversión, darle “vida” a la cartera. Es la contrapartida de la Renta Fija. Mientras soy joven, aprovecha todo el potencial de crecimiento de los mercados. Y a medida que me hago mayor, va descargando su responsabilidad sobre la parte de Renta Fija, para “consolidar” su trabajo.

   En mi caso, creo que no seguiré esta norma de distribución entre Renta Fija y Renta Variable a pies juntillas, porque la esperanza de vida de los tiempos que corren es lo suficientemente elevada como para que la cartera necesite un mínimo de alegría constantemente (en mi opinión, creo que me quedaré con un mínimo del 40% en Renta Variable, independientemente de los años que cumpla). Lo cuento aquí.

En resumen: mi cartera “Bogleheads ” tiene 110- mi edad (64%) en Renta Variable, y el resto en Renta fija (36%).

Cada una de estas partes está compuesta por varios fondos indexados. Concretamente tengo un total de 6 fondos indexados: 2 fondos de renta fija, y otros 4 de renta variable.

Con esto logro una gran diversificación. Tanto de activos (6 fondos diferentes), como geográfica (Europa, EEUU, Asia/Pacífico y países emergentes), como de valores (cada fondo, como veremos, contiene infinidad de acciones). Además, utilizo dos gestoras diferentes (Amundi y Pictet), para darle un giro de tuerca más a la diversificación.

Es interesante observar que para la parte de renta variable, los fondos no están distribuidos equitativamente (si así fuera, cada uno de ellos tendría un peso del 16’5%), sino que lo hacen teniendo en cuenta la madurez del mercado al que están indexados. Es decir: los mercados de EEUU y Europa tienen más peso (22%) que Asia/Pacífico y Emergentes (10%). Con esto, se consigue reducir “brusquedad” a las fluctuaciones de la cartera, ya que los mercados más maduros tienden a tener movimientos más suaves que los menos maduros.

Para profundizar un poco más en esta “autopsia”, pasaré a resumir el contenido de cada uno de estos fondos y así tratar de dar una idea de cómo se distribuye cada euro que invertimos en ellos.

Mi cartera, en el momento de escribir esta entrada, distribuye mi inversión en más de 3300 activos (entre acciones y obligaciones) distribuidos por todo lo largo y ancho del mundo. Y esos activos, además, son de una calidad excelente (porque los índices se quedan con lo mejor de cada mercado y van expulsando automáticamente los valores que por lo que sea dejan de tener capitalización). Así, una parte de cada €uro que invierto va a empresas como Alphabet (Google), como Alibaba, como Samsung, como Johnson & Johnson, como Nestlé… y así, hasta las más de 3300 que contienen estos fondos. Empresas de Suiza, Reino Unido, Francia, Italia, EEUU, China, Corea, Sudáfrica, Taiwán… De servicios financieros, salud, industria, consumo, tecnología, inmobiliarias… 

Esto sí es diversificar.

Con 6 fondos, obtengo todo este maremágnum de activos, que además tienen la maravillosa virtud de funcionar automáticamente: cada año (o si el valor de uno de ellos se dispara más de un 5% con respecto al % del peso que corresponde según mi edad), el 7 de Noviembre (día de San Ernesto), rebalanceo la cartera para hacer una aportación y volver a actualizar los porcentajes. Y resulta que ese rebalanceo hace algo maravilloso: traspasa importes desde los fondos que más se han revalorizado hacia los que se hayan depreciado (o revalorizado menos). Es decir, cumplen la máxima ganadora del mercado: “vende caro y compra barato”.

Y todavía hay más: estos fondos son activos fiscalmente eficientes. Al ser fondos de acumulación (los dividendos no se reparten, sino que pasan a formar parte del patrimonio del fondo) no hay que tributar por este concepto. Y a esto también hay que añadir la ventaja que supone el poder realizar traspasos entre ellos también sin peaje fiscal. Así, tampoco hay que tributar por los rebalanceos, que me permiten consolidar beneficios sin tener que pasar por caja (este es un punto muy favorable a favor de la inversión en fondos frente a otros vehículos de inversión como los ETFs).  Resumiendo: toda una vida para aportar sin tener que rendir cuentas a hacienda. Y cuando el sistema tenga que aportarnos a nosotros, entonces sí, habrá que pasar por caja, pero sólo por los beneficios (y por esto, los planes de Pensiones, son un auténtico timo, porque tributarán también por la aportación realizada. Esto se resume en que todo lo que ahora te venden como desgravación y ventaja, se vuelve en tu contra a la hora de rescatar el plan. La desgravación debería llamarse “diferimiento”, porque no es otra cosa: todo lo que te estás “desgravándote” ahora… te lo van a “gravar” después. Y a pagar tocará. Yo, sinceramente, prefiero ahorrarme este tipo de sorpresas en el futuro).

   Por todo esto, una cartera “Bogleheads” es una muy buena idea de inversión:

  • Porque no es cara de mantener: los fondos indexados que la componen generalmente no soportan comisiones elevadas. Insto a que comparéis las comisiones de estos fondos indexados con las mínimas comisiones de las que presumen algunas entidades.
  • Porque es una cartera muy bien diversificada: por gestoras, por países, por distribución RF/RV, por ponderación, por activos subyacentes… ¡por todo!
  • Porque funciona de forma automática: no hay que andar pensando en “momentos de mercado”, ni en si algo está barato o caro. La propia cartera, mediante el rebalanceo, realiza este trabajo.  
  • Porque es fiscalmente eficiente: no tributaré nada de nada hasta el momento en que empiece a retirar dinero. Ni por las aportaciones, ni por los traspasos, ni por los dividendos que pasan a formar parte del patrimonio de los fondos. Tributaré cuando cobre. Y sólo por el beneficio.
  • Porque puede adaptarse a cada uno como un traje a medida: yo he buscado un modelo que funciona en modo «piloto automático», pero la cartera puede adaptarse a la edad de cada uno, al riesgo que se quiera asumir, variar la ponderación de la madurez de los mercados, incluir otros fondos con un pequeño porcentaje de inversión en mercados que nos gusten (robótica, orientados al envejecimiento de la población, etc.), realizar aportaciones con más o menos periodicidad, variar los criterios de rebalanceo…
  • Porque es sencillísima de crear y operar. Unos pocos fondos… ¡y ya está!
  • Y porque como decía John C. Bogle, pone “sentido común” a la inversión.

Muchas gracias Jack Bogle.

John C. Bogle. (1929 – 2019)

El pasado 16 de Enero murió John C. Bogle, fundador de Vanguard Group y padre de la inversión pasiva.

Las enseñanzas de su libro «Common Sense on Mutual Funds» son una parte fundamental de la base sobre la que se apoya la filosofía inversora de (f)independencia. También las de su libro «Enough», más personal.

Te debemos muchísimo, John.

Desde aquí, ¡gracias por todo!


¿De qué crees que te vas a arrepentir dentro de 10 años?

Antes de nada…¡Feliz año nuevo!

Empiezo 2019 con este “regalo” para meditar… 

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Vaya preguntita.

He de reconocer que no es mía. Pero cuando me la formularon me sentí bastante incómodo…

Creo que es una pregunta con la que probablemente no se reaccionará igual a los 20, a los 30, a los 40 o a los 50…

Pero eso… ¿te has parado a pensar de qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Curioso: al final resulta que nos arrepentimos mucho más de lo que NO hemos hecho que de cualquier otra cosa.

Tengo que reconocer que esta entrada es un poco oportunista: aprovecha el comienzo de año (esas fechas que se inundan de fenomenales propósitos) para plantear una duda y provocar una reacción…

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Párate a pensar: puede ser que ya te estés arrepintiendo de lo que no hiciste hace diez años… ese viaje que dejaste escapar, esa llamada que podría haber puesto las cosas en su sitio, esa amistad que dejaste escapar, esa locura que al fin y al cabo no era tan loca y no llegó nunca a ser sólo por el qué dirán…

Pero también, tal vez ahora hablarías mejor inglés… o en vez de haberte comprado aquel capricho dispondrías ahora de ese dinerillo que te vendría tan bien…

Yo empecé a invertir hace ya bastante tiempo. Pero el día que entendí cómo funcionaba todo esto, podéis creeros que me tiré de los pelos por no haber empezado mucho, muchísimo antes.

Hablar ahora de lo que no se hizo en el pasado es como el discurso del “analisto” financiero de turno explicando la debacle la compañía X, que estaba clarísimo que iba a la bancarrota pero que nadie lo vió. Tal vez ese curso que no hicimos, requería robar algunas horas al sueño. Ese cambio profesional dependía de ello, pero claro, había que ponerse manos a la obra.

Afortunadamente, tenemos una nueva oportunidad. Podemos trazar un nuevo plan. Diseñar un futuro con variaciones sobre lo que no espera si seguimos igual. Diez años es tiempo más que suficiente para dominar un nuevo idioma, o una afición, para ahorrar y hacer ese viaje, o para crear un pequeño patrimonio

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Haz un plan. Síguelo. Trabaja en él.

No es complicado. En la mayoría de los casos, una vez exista el plan, “sólo” requerirá constancia.

«Los primeros pasos no te llevan donde quieres ir, pero te sacan de donde quieres salir».

Empieza a diseñarlo HOY.