Ser inversor es lo peor.

En muchas de las conversaciones que mantengo y en las que sale a relucir el tema del dinero (que si las pensiones, que si es un disparate lo que cobran los consejos de administración, que si mengano se ha forrado, que si me queda mucho mes a fin de sueldo…), cundo uno revela su faceta de inversor, a veces, se siente como un bicho raro.

E incluso en ocasiones uno se percata de que es visto como un auténtico siervo del mismísimo Satanás… imaginado como un especulador sin escrúpulos, rendido a la seducción del vil metal, deshumanizado, avaro, egoísta, desconfiado e incluso peligroso…

Y en estos casos, el discurso suele ser siempre el mismo: que si las empresas explotan a los trabajadores, que si nos roban, que mira lo que pagan a sus directivos, que si ponen a la gente de patitas en la calle… Y un sinfín de verdades, casi siempre a medias, todas ellas negativas. Ni un atisbo de bonanza. Ni un ápice de esencia positiva… Y casi siempre, el interlocutor es consumidor de muchos productos / servicios (en muchos casos absolutamente prescindibles para él) suministrados por tan demoníacas empresas… Demoníacas sin más. Porque sí. Sin más análisis.

Creo que la explicación a este fenómeno de crítica sin demasiado fundamento se detalla muy bien en el libro “Pensar rápido, pensar despacio”, de Daniel Kahneman, donde se explica el comportamiento basado en lo que el autor denomina “WYSIATI” (acrónimo de “what you see is all there is” o, traducido, “lo que ves es todo lo que hay”).

La idea que subyace en éste acrónimo, es que nuestro cerebro tiende dar respuestas basadas únicamente en la información que percibimos directamente (básicamente, la que vemos), sin tener en cuenta muchísimos datos que deberían formar parte de nuestro análisis y que en muchísimos casos cambiarían nuestra percepción y juicio radicalmente.

Este sesgo del conocimiento, además se ve reforzado por que nuestro cerebro es propenso a construir una “narrativa” con la única información de que dispone. Y esta narrativa, cuanto más sencilla, más creíble para nuestro cerebro… y más convicción para nosotros mismos. Así se explica ese discurso frágil… que además se refuerza con la falta de humildad por desconocimiento.

Así, nosotros, pobres inversores, quedamos estigmatizados… sin más datos de los que alguien ajeno al mundo empresarial puede contemplar. Sin el análisis de los cientos de miles de puestos de trabajo que crean las empresas, sin el valor social de muchos de sus producto / servicios, sin tener en cuenta las fundaciones, proyectos, donaciones, etc. que las grandes empresas promueven… Sin pararse a evaluar que casi ninguna empresa obliga a nadie al consumo de sus productos. La existencia de una competencia feroz y un ecosistema basado en la contradicción de que nadie quiere pagar pero demanda lo mejor.

A ojos de muchos, sólo existe “lo malo”.

Pero los datos están ahí: las empresas proporcionan productos y servicios de consumo. Generan empleo. Crean fundaciones y, realizan labor social. Y si una empresa paga dos millones de euros a un directivo… creo que cabe preguntarse también si ese directivo no habrá hecho ganar otros cien millones a la empresa… Porque la cuenta sale. Sale para el directivo, y para los accionistas que apoyaron su gestión.

Porque al fin y al cabo, ser inversor, en la concepción del término que barajamos en este blog, es eso, es depositar confianza en compañías que proporcionan productos y servicios a la sociedad, con modelos de gestión que permitan hacerlo de forma sostenida en el tiempo, y con la capacidad de premiar es confianza con alzas en la cotización y repartos de dividendo. Con sus luces, y sus sombras, que no todo es de color de rosa. Pero por lo menos, pongámoslo en la balanza. Añadamos incógnitas a la ecuación. Planteémonos si son merecedoras de nuestra confianza. Y entonces sí. Invirtamos con criterio. El mismo que esperamos recibir al ser juzgados.

Decisiones puntuales. Efectos permanentes.

Llegada una edad, nos enfrentamos constantemente a tener que tomar decisiones. La mayoría, banales. Unas pocas, con el calado suficiente como para condicionar nuestra vida.

Y algunas son como lobos con piel de cordero.

Me viene a la memoria cómo se trata éste tema en el libro “The millionaire next door”, de Thomas J. Stanley and William D. Danko, donde se expone que en ocasiones algunos padres “ayudan” financieramente a sus hijos a instalarse cerca de sus hogares para mantener un contacto más próximo con sus hijos. En muchos casos, unos padres con la vida ya resuelta, ayudando a unos hijos con la vida por resolver… Ayudándoles a instalarse en barrios con un nivel de vida de personas con la vida ya resuelta… gastos de nivel de vida ya resuelta… Nivel de vida… que en algún momento habrá que costear sin la ayuda de los padres…

Este tipo de decisiones puntuales, es a las que me refiero: decidir el barrio en el que uno vive, puede condicionar tu prosperidad financiera… casi para siempre.

A, a otro nivel, pasa con muchas de las cosas que una familia media “normal” consume a lo largo de su vida: un coche de una categoría un poco superior, ata a su propietarios a mayores gastos que deberán afrontarse año tras año, durante toda la vida útil del coche: mantenimiento, seguro, impuestos, etc.

Añádasele a esto la pericia de fabricantes y vendedores, por un lado, y por otro ese afán de “vivir mejor” que, por otro es lado del todo comprensible.

Mezcla explosiva.

Y así, hay vidas absolutamente sobredimensionadas, con pan para hoy y hambre para mañana. Viviendo un despropósito, a cuerpo de rey, eso sí, y “que me quiten lo bailao”.

Pero la vida, salvo para los que la queman (tipo estrella de rock) o tienen un desafortunado final prematuro (que la desgracia existe y golpea) más que “sprint” es maratón… y para racionalizar esto (porque en ocasiones entiendo la tentación de mandarlo todo al carajo y echarse a vivir) me apoyo en que el saber popular dice que quien mucho corre, pronto para. En eso, y en una apasionante lectura que me recomendó mi amigo Ernesto Bettschen: “Pensar rápido, pensar despacio”, de Daniel Kahneman, casi un manual de funcionamiento de nuestro cerebro, donde entre un sinfín de temas interesantísimos, se realiza un pormenorizado análisis sobre las “satisfacciones”. Tan ambiguo como suena. Tan bien contado como no se puede imaginar. Y ahí, se narran unos cuantos experimentos “de laboratorio”, en los que se nos da a entender que es mejor un final feliz que la opción contraria. En resumen, que un amargo final empaña toda una vida sensacional. Lectura imprescindible.

Retomando el tema inicial, creo que toda esta entrada puede resumirse en una frase que extracto de otro libro: “Entre Tiburones”, de Joris Luyendijk: “El dinero viene y se va, pero el nivel de vida llega para quedarse”.

Y acostumbrarse a lo bueno es demasiado fácil como para ser verdad… indefinidamente.

Si hoy perdieses tu fuente principal de ingresos… ¿Cuánto tiempo podrías mantener tu nivel de vida? ¿Te daría tiempo a encontrar un trabajo de iguales características en ese plazo de tiempo? ¿Te has parado a pensar cual será tu ingreso el día que decidas –o peor, que decidan por ti- poner fin a tu vida laboral?… ¿Serás capaz de hacer que los “años dorados” realmente lo sean o te estas condenando a ese final amargo en el que mirar atrás se convierte en un sufrimiento?

Como dice mi amigo Ernesto Bettschen: “Lo difícil no es hacer dinero. Lo realmente difícil es equilibrarlo en la balanza de la vida”…

Yo sólo sé que no sé nada.

“Yo sólo sé que no sé nada” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen.


El otro día tuve una interesante conversación con mi peculiar amigo Domingo Gaitero (http://www.domingogaitero.com/) y el aprendizaje mutuo que obtuvimos en esa conversación creo que es bastante interesante compartirlo aquí, porque de alguna manera está relacionado con la (f)independencia que trato de buscar leyendo las enseñanzas de Fansworth.

En esta ocasión, la conversación giró en torno al conocimiento que tenemos obre nosotros mismos,sobre qué sabemos y que no. Y la cosa derivó en filosofía en estado puro: más allá de saber o no saber… ser consciente de qué y cómo…

A ver si consigo explicarme.

Llegamos a un punto en el que detectamos cuatro escenarios cuyo conocimiento, interiorización y aceptación nos permitirá (estoy convencido) ser mejores… en lo que sea.

Y, eso, que para ser mejor en lo que sea… para conocerse mejor a uno mismo (algo que empiezo a estar convencido de que es de esas cosas que casi nadie hace y es de vital importancia) y para, al fin y al cabo, evolucionar más y mejor, cada uno debería analizar y ser consciente de:

  • Lo que sé que sé: ¿Cuáles son esas áreas que dominas o en las que tienes un desempeño especialmente brillante? Da igual lo que sea. Si eres bueno en algo, y eres consciente de ello, eso te da una ventaja en esa área que es interesante trabajar. Puedes dedicarte a ello, fomentarlo, tratar de conseguir la excelencia. O tal vez compartirlo… Incluso hacer de ello un modo de vida. Sabes que lo sabes, y tan sólo eso es necesario. Pero para llegar aquí, antes deberías haber sido consciente de…

 

  • Lo que sé que no sé: pues eso. Si eres consciente de tu ignorancia, casi has recorrido la mitad del camino. Porque precisamente esa consciencia es lo que permite que aprendas. Aquí, pueden darse un par de situaciones: la consciencia de no saber algo que no nos interesa (por poner un ejemplo, soy muy consciente de lo apasionante que puede llegar a ser la tanatoestética, pero sinceramente… ni me gusta, ni me veo). Y la situación realmente potenciadora: si hay interés y ganas, el aprendizaje se convierte en apasionante un camino a explorar. En mi caso, creo que este blog es una prueba de ello… ya que me permite compartir una visión, pero a la vez, aprender… y crecer. Y siendo consciente de lo que no sé, y explorando estos caminos, a veces (sólo a veces), uno se encuentra con la situación de…

 

  • Lo que no sé que sé: una agradable sorpresa. Una habilidad o conocimiento que aparece… Que estaba ahí, o que sin darnos cuenta se ha desarrollado.  Tal vez sea innato. Tal vez ha ido creciendo en nosotros sin darnos cuenta. Pero llega un día en el que te das cuenta que puedes hacerlo. Y que lo haces bien. Que lo sabes. Y que lo conoces bien. Y entonces, pasa automáticamente a formar parte de esas cosas que sabes que sabes. Con lo que ello implica.

Pero, ojo, no hay que confundir esto con…

  • Lo que no sé que no sé: que nos convierte automáticamente en ese que se pasó de listo. Creíamos que sí. Pero es que no. Y ya se sabe, la ignorancia es madre del atrevimiento. Y el atrevimiento está bien… pero no en este caso.  Y como además es una situación inconsciente, no saber que no se sabe puede resultar peligroso. Para nosotros mismos, y para los demás. Un encontronazo con alguien que realmente sepa, puede ser el antídoto contra esta situación. Y tras la pertinente cura de humildad, puede que entonces seamos conscientes, rectifiquemos y pasemos a analizarlo desde el prisma de saber que no se sabe.

– Vaya lío, ¡oiga!.

Pues sí. Pero merece la pena darle una vuelta. Yo, por mi parte, voy a comentárselo a Fansworth… y seguro que esa conversación también da mucho juego…

Y, seguro, que así habré dado un paso más hacia la (f)independencia.

Rectificar es de sabios.

“Rectificar es de sabios” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen.


El otro día, para aprovechar el tiempo antes de la “quedada inversora” lanzada desde “MuchoInvertir” (y a la que tuve el placer –que lo fue- de asistir), me acerqué a la presentación de resultados de la gestora “BestInver”. Y allí estuve.

Considero importante aclarar que yo no soy cliente de “BestInver”, pero dada su trayectoria y renombre, consideré podría resultar interesante acudir y allí me presenté.

Otra observación que considero necesario hacer es que, incluso después de asistir, y considerar su cartera de productos como una opción bastante sensata de inversión, personalmente me parece más interesante apostar por una cartera tipo “Bogleheads”.

La verdad es que la presentación me decepciono un poco. No por los resultados. Ni por la puesta en escena (algo que, si fuera inversor con ellos, tampoco me haría demasiada gracia), sino por la ligereza de la mayoría de las explicaciones, y, tal vez, porque el concepto de “value investing” lo tengo ya interiorizado y su operativa la tengo asumida.

Pero no lo considero una pérdida de tiempo y hubo algún momento que me hizo reflexionar hasta el punto de afectar a mi estrategia.

Concretamente me sorprendió la respuesta a una pregunta que formularon en la sala: “Soy un inversor de 65 años. ¿Dónde debería invertir?”.

Pregunta ambigua. Y respuesta, como no podía ser de otra manera, ambigua también.

Si alguien me la formulase a mí, creo que mi contestación sería algo como “veámonos luego tomando un café, y me cuenta un poco más, porque con esos datos considero del todo imposible responder”. Yo qué sé: es una de esas el que formula la pregunta es millonario…

Pero la respuesta –que la hubo- fue algo más del tipo: “Hace unos años le hubiese aconsejado algo conservador, pero con una esperanza de vida que avanza con paso firme hacia los cien años… no desestimaría tener un importante porcentaje en renta variable… porque espero que Vd. viva muchísimos años”.

– ¡GLUP!. Pues esto sí que es verdad…

Es verdad. La esperanza de vida es un factor a tener muy en cuenta en nuestra estrategia inversora. Parémonos a pensar en un inversor que empieza a formar su cartera a los 30 años, con intención de jubilarse a los 65. Es significa que tiene por delante 35 años para ir alimentando su inversión.

Y a los 65, a vivir, que para eso hemos trabajado y puesto a trabajar nuestro dinero. Y hasta los 100… mientras el cuerpo aguante, y aguante bien. Y de los 65 hasta los 100, pues son otros 35 años. El mismo periodo de tiempo.

Eso significa que si aplicamos la estrategia “Bogleheads” de manera purista, y vamos balanceando la proporción de Renta Variable y Renta Fija con respecto a nuestra edad con la intención de evitarnos sobresaltos a la hora de recuperar el dinero… creo que podemos incurrir en el riesgo de que más allá de los 80 años, se tenga tan poca proporción de renta variable que la cartera empiece a resentirse. Con 80 años, y otros hipotéticos 20 por delante (¡o incluso más!)… un 30% (110 – edad) de Renta Variable (y disminuyendo) podría no ser suficiente para que la cartera fuera sostenible.

Interesante reflexión…

… que me lleva a decir que “donde dije digo digo Diego”… y que rectificar es de sabios. Y rectifico. Debe mantenerse un mínimo en la proporción de renta Variable que sea capaz de sostener la cartera indefinidamente. Y un 30% se me antoja el mínimo infranqueable. Y este sería el esquema más conservador al que llegar, porque franquearlo supondría (paradójicamente) incurrir en el riesgo de que la cartera se “desinfle”.

Personalmente, creo que para dotar a la certera de una sostenibilidad indefinida, será necesario como poco un 40% de Renta variable. Pero estos cálculos los tengo pendientes de simular.

Así que la asistencia a la presentación de resultados de “BestInver” no ha caído en saco roto. Y esa simple pregunta, tiene un efecto interesante en mi estrategia.

Y como soy humano, saco la goma de borrar. Porque el ser humano, consciente de su falibilidad, después de inventar el lápiz, le añadió una gomita en un extremo, a sabiendas de que errar es de humanos, y de que rectificar, al fin y al cabo, es de sabios.

Quedada inversora.

“Quedada inversora” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Me gustaría compartir con vosotros la estupenda iniciativa que ha lanzado el blog “MuchoInvertir” para que nos veamos el próximo lunes 5 de Junio, a eso de las 21:45, en el bar Lizarrán de la C/ Bravo Murillo 24.

¡Yo no me lo pierdo!

Toda la información aquí: www.muchoinvertir.com


 

La mirada de los otros.

Creo que no desvelo nada nuevo si digo que dese hace ya bastante tiempo, el consumismo se ha instalado en nuestras vidas. Un consumismo que va más alla de las posibilidades de muchos y que nos hace “compradictos”.

Esta actitud (que no deja de serlo), es uno de los peores enemigos de la creación de riqueza: el impulso es constante… casi tanto como el estímulo que recibimos constantemente, por numerosas vías, incitándonos a comprar. Es difícil escapar.

Hasta aquí, lo que podríamos considerar como “factor externo”. Pero no nos eximamos de la culpa: hay un factor interno del que nosotros somos completamente responsables y que es el que cierra el círculo perfecto para la destrucción de riqueza. No es otra cosa que nuestro propio ego.

Si bien creo que el “amor propio” es un alimento fundamental del ego, resulta curioso observar como en muchas ocasiones dejamos que el ego se alimente básicamente de apreciaciones de los demás. Preferimos la mirada del otro, antes que la nuestra… Y eso, en muchos casos, cierra, como he dicho antes, un círculo de destrucción de riqueza.

No se me malinterprete: el ego es un motor muy poderoso de creación de riqueza, pero creo más bien que esos grandes egos motores no son fácilmente influenciables por la opinión de terceras personas.

Sin embargo, es cada vez más fácil encontrar muchos de esos egos más pendientes de la opinión de otros que de la suya propia, en una necesidad constante de ser aprobados, de necesitar un estímulo externo, de necesitar experimentar que están siendo vistos y a la vez, necesitar ser vistos de manera diferente a la última vez… (y las redes sociales, aparte de ser un excelente medio de comunicación, también pueden servir para esto… y tristemente, en ocasiones, sólo para esto…)

Es ese “ver y ser visto” que se contrapone a esa discreción de quien realmente merecería ser visto… y al que si le sumamos que en la mayoría de los casos, al resto del mundo (salvo esas contadas excepciones que se cuentan con los dedos de una mano), le importamos un soberano pito… deberían abrirnos los ojos y alejarnos de ese patrón de conducta, que como he dicho al principio, nos aleja de la generación de riqueza.

Y de la (f)independencia.

Diversificar.

“Diversificar”. Un sólo término que parece contener toda la ciencia que requiere aventurarse al mundo de la inversión…

En muchos casos, es el único consejo que muchos “expertos” son capaces de dar, casi siempre con una más que manida frase que de repetida y escuchada ha perdido su propia esencia: (has acertado, es esa) “No pongas todos los huevos en la misma cesta”.

Y parece ser que eso es todo. Una garantía corroborada por una fórmula de éxito sin ninguna otra matización… que se me antoja más que necesaria. Y por eso, esta entrada, dedicada al término, y a todo lo que a mi humilde entender significa, y que abarca mucho más de lo que nos dan a entender normalmente.

Efectivamente, “diversificación” se refiere a los activos. Está claro que cargarse de acciones de una única compañía, concentrando todo nuestro capital invertido en ella, nos pone en una situación de riesgo bastante interesante. Da igual que la compañía sea solidísima… que lleve pagando dividendo 100 años seguidos sin interrupción… Como dicen por ahí… “Shit happens” y el que esté libre de alguna sorpresa que tire la primera piedra. No necesariamente hace falta que una gran empresa quiebre… porque basta con que suspenda en dividendo para poner en situación comprometida la rentabilidad de una cartera. Este tipo de “anuncios”, además, suelen tener un desagradable reflejo en la cotización de las acciones, así que doble golpe a soportar.

De modo, que una diversificación de activos bien entendida pasa por tener acciones de muchas empresas sólidas, con historiales de reparto de dividendos consistentes en el tiempo (el dividendo es como los exámenes para los estudiantes, un momento en el que hay que rendir cuentas ante los inversores, y la empresas más sólidas son precisamente las que no “pinchan” sea cual sea el ciclo de mercado que toque en cada momento.). El eterno debate es… ¿Cuántas empresas diferentes debo tener para considerar una cartera bien diversificada? La respuesta, casi vendrá sóla… pero el final de éste artículo…

Una opción interesante para diversificar es utilizar fondos de inversión, pero buscando también aquellos que contengan una buena diversificación interna. Yo, personalmente, me inclino por los indexados (que replican un índice completo), por que cumplen muy bien con este cometido.

Y dentro de esta diversificación de activos, es necesario hacer también una diversificación del riesgo de los mismos, componiendo nuestra cartera con mal llamados “activos de riesgo” (renta variable) y otros algo más seguros (renta fija). Utilizo esta nomenclatura, porque es la que se usa habitualmente, aunque discrepo absolutamente. Cualquiera que sea inversor (y no especulador), verá la bonanza de la renta variable en el largo plazo. Pero no cabe duda que una buena ponderación de ambos tipos de activo y si puede ser con respecto a la edad de cada uno, mejor. Una buena proporción, sería por ejemplo disponer de un porcentaje de 110 menos nuestra edad en Renta variable y el resto en renta fija, conservando como mínimo un 30% en renta variable para dotar de un mínimo de rentabilidad y alegría a la cartera. (P. ej.- una persona de 45 años, una buena distribución sería el 65% de la cartera en acciones o fondos de renta variable, y el 35% en bonos, depósitos u otros productos de renta fija).

De todos modos, con nombres como “activos de riesgo” no me extraña que la gente tenga pánico a poner un €uro en el mercado…

Pero la “diversificación” pasa también por una distribución geográfica. Pensemos que asumimos un riesgo “país” si depositamos toda nuestra inversión en el mismo mercado. Cargarse de muchas buenas compañías del IBEX35 nos ata a un solo mercado. Si expandimos nuestras fronteras de inversión, encontraremos muchas otras empresas extranjeras con historiales impecables de reparto de dividendos y solidez comprobada. Así, poco a poco, una cartera bien diversificada, debería tener acciones del mercado local… y de muchos otros.  Mercados europeos, EEUU, Asia… y no dejará de ser interesante salir de compras por economías emergentes o el pacífico. Una vez más, los fondos de inversión facilitarán enormemente esta tarea. Una opción muy efectiva para ello pasa por componer una cartera de fondos tipo “Bogleheads”, que da en la diana de la diversificación geográfica.

Y siguiendo con nuestro particular ahondamiento en la definición de “diversificación”, debemos también prestar atención a la diversificación temporal. ¿De qué sirve todo lo anterior si componemos todo nuestro esquema en un mismo momento? ¿Qué nos libra de comprar en un momento de mercado supervalorado?…

Un único momento de tiempo nos puede deparar una sorpresa como la que se inició en 2006… y de la que no tengo claro que 10 años más tarde hayamos terminado de recuperarnos. Las compras de activos espaciadas en el tiempo, serán nuestro mejor aliado para evitar este tipo de sobresaltos. Si se compra en buen momento, bien… pero mejor comprar en malo… que sale más barato. La cuestión es que ni los mejores expertos saben qué hará el mercado… y lo que hoy parece barato, mañana resulta carísimo… Así que como se trata de hacer una cartera… compraremos periódicamente, y el resultado será una media de precios, tal vez menos efectiva que con ese “momento de compra” que muchos esperan… pero casi seguro menos arriesgado. No sólo por el riesgo de comprar caro… Porque quedarse sin comprar esperando un mejor precio, también debemos considerarlo un riesgo.

Y todavía cabe un grado más de diversificación: la diversificación de entidades / intermediarios / comercializadores. Trabajar con una única entidad bancaria, vuelve a suponer un riesgo. ¿Y si tu única entidad comercializadora / intermediaria hubiese sido Lehman Brothers?. Seguro que hubieses tenido más de un problema. Una entidad que sobrevivió a una guerra civil, a la crisis bancaria de 1907, al crac del 29, a una crisis desencadenada por escándalos en su papel de intermediador de bonos y a colapsos en hedge funds… no consiguió superar la crisis de las hipotecas subprime de 2008. Como he dicho hace un rato, “shit happens”.

Y por último, pero no por ello menos importante, me gustaría referirme a la diversificación personal. ¿De qué sirve todo lo anterior si a Tarzán se le rompe la única liana de la que cuelga?. Tarzán es listo: su liana es una maraña de muchas otras lianas… y no suelta una liana sin antes tener otra bien agarrada…

Con todo esto pongo en tu tejado la pregunta que dejamos sin respuesta al principio de este artículo: ¿cuántas empresas diferentes necesito para estar bien diversificado?…  Pues si adoptamos el significado de “diversificación” anterior a esta entrada, bastaría con “unas pocas” (sí, lo de los huevos en la misma cesta), pero después de haber aguantado este auténtico sermón, espero que hayas cambiado tu respuesta… y veas la diversificación como una verdadera explosión de tu cartera. Tal vez en cientos de trocitos esparcidos por todo el mundo, cada uno con su tipo de riesgo, en varias entidades, esparcido a lo largo del tiempo…

Y no me cabe que si diversificas bien, estarás más seguro a la hora de alcanzar… ¡la (f)independencia!

Consumo responsable.

El otro día hablaba con mi amigo Ernesto Bettschen sobre cómo ha cambiado el modelo educativo en los últimos años. Sobre cómo ha cambiado y, también, sobre cómo tiene que cambiar, porque ambos estamos de acuerdo en que hay mucho recorrido por delante en este aspecto.

Ernesto tiene dos hijos, de 5 y 7 años en el momento de escribir esta entrada, y como padre, le preocupa el incierto futuro que tienen por delante. Le entiendo perfectamente: el mundo parece que últimamente se mueve más rápido que antes, y los plazos, para casi todo se han comprimido. Y aquí también estoy de acuerdo con Ernesto que en un mundo “conectado” a casi todos los niveles, quienes tendrán las de ganar serán aquellos que sepan adaptarse al cambio muy rápidamente, y también tendrán alguna ventaja los que se además sepan diferenciar el trigo de la paja… Ya no es cuestión de cantidad de información, que nos llega con anchos de banda sobredimensionados para lo que podemos consumir…  El enfoque es algo opuesto: del inmenso todo, saber diferenciar lo veraz de un resto muy heterogéneo, con medias verdades, realidades y ficciones mezcladas, opiniones personales que se cuentan como verdades indiscutibles, etc, etc, etc.

Diferenciar, y por supuesto, cuestionar, que es donde radica la evolución.

Y todo esto (que no es poco), con la dificultad añadida de una presión social que incita a muchos a seguir patrones de actitud, de conocimiento, de consumo… que busca dóciles ovejas fáciles de pastorear. Clones de comportamiento.

Conversaciones filosóficas sobre un mundo que en muchas ocasiones funciona a golpe de “copy/paste”. Casi en todo. Sólo hay que salir al extranjero para comprobar que muchos sitios han perdido parte de su encanto: misma estética, mismos comercios, mismas marcas, misma comida… Globalización.

Un “copy/paste” que se cuela hasta en la prensa de primer orden, que en ocasiones publica sin verificar la fuente de información…

Y si esto pasa hasta en esos niveles… (y retomo el tema inicial de esta entrada)… ¿contra qué poderosas fuerzas y estímulos tendrán que luchar nuestros hijos? Porque ya hemos dejado escrito por aquí en alguna ocasión que si haces lo mismo que el resto de las personas, es poco probable que vayas a obtener resultados diferentes a ellos… ¿Cómo alejarles de esas pautas de comportamiento arraigadas tan fuertemente en la sociedad y que empujan hacia la ignorancia y una pobreza futura? Porque desafortunadamente ese esquema global presiona más a que uses tal o cual marca antes que a que leas este o ese libro… Te incita a gastar, cada vez más, y con más frecuencia…

Como reflexionaba Ernesto: ¿cómo explicarle en un futuro a un hijo que él todavía no puede tener móvil cundo todos sus compañeros ya lo tienen? (y subrayaba el “todavía”, porque la negativa absoluta pasa por la exclusión social) ¿Cómo tratar de convencer a un adolescente para que no entre en ese juego del postureo en las redes sociales que llega en ocasiones a ser un escaparate del despropósito y que además lejos de crear satisfacción puede generar un inconformismo continuo?…

En muchos casos, son los propios padres los que están atrapados en el móvil y en esa espiral de compartir la vida privada con ese “y yo más” que casi obliga a publicar en las redes sociales maravillosos viajes, fantásticos selfies en rincones paradisiacos, flamantes compras… y todo a golpe de crédito… que no hay mañana… o en una de esas sí… aunque esa posibilidad, yo, consumista no confeso, ni me la planteo, que si no, no salgo en la foto y a mí, aunque lo niegue sistemáticamente, sí me importa el qué dirán… y me gusta que vean que me he ido a Bali…

¿Cómo crear un espíritu inversor frente a un espíritu consumista?… Y no hablo sólo del aspecto económico, sino también referido al tiempo (lo más valioso de mundo)… ¿Cómo apearles de ese movimiento de inmediatez –lo quiero tener y lo quiero aquí, ahora- que domina el panorama actual, en el que lo que las grandes corporaciones del consumo pugnan por entregarte los paquetes en apenas horas para satisfacer ese deseo inmediato para que pases inmediatamente a un nuevo deseo? Parece que nuestra impaciencia ya no puede esperar ni 24 horas…

Me gustó mucho una frase salida de nuestra conversación: <<Como inversor, debo ser defensor del consumo… pero como padre, debo añadir a esta sentencia el apellido de “responsable”>>.

Comparto de nuevo con Ernesto, que la Educación, ahora más que nunca, debe ser cosa de los padres. Sin subestimar la labor del profesorado. Pero con la mente puesta en los valores que queremos transmitir a nuestros hijos. Y uno de ellos es ese: consumo responsable.

Dejo dos frases para la reflexión:

“Soy publicista: eso es, contamino tu mundo. Soy el tipo que te vende mierda y que te hace soñar con cosas que nunca tendrás. Siempre hay alguna novedad para lograr que lo anterior envejezca. En mi profesión nadie desea tu felicidad, pues la gente feliz no consume. La infelicidad es lo que estimula el comercio. Para crear necesidades, resulta imprescindible fomentar la envidia, la insaciabilidad y el dolor. Esas son mis armas, y tú eres mi blanco.”. (Frédéric Beigbeder, escritor y expublicista).

“Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan”. (Emile H. Gauvreay)

Y una tercera…

“No hay mayor felicidad que ser cómplice de la felicidad de los demás” (Carmina Martorell).

Por esto último (y por muchos otros motivos) escribo (f)independencia.

 

La generación de los hijos que vivirán peor que sus padres.

(“La generación de los hijos que vivirán peor que sus padres” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen).


El otro día leía en la prensa un artículo sobre los hijos que vivirán peor que sus padres, haciendo referencia a la actual generación de jóvenes, que se mueven en un escenario de paro devastador, bajas remuneraciones, servicios sociales en decadencia y, en resumen, un horizonte poco esperanzador al que mirar.

Mi reflexión es bastante más pesimista…

Pero antes de ser juzgado, me explicaré. Y vaya por delante que el pesimismo bien entendido debe ser una poderosa fuerza motivadora: si no ves claro el futuro, mejor que hagas algo, y lo hagas ahora.

Decía que soy más pesimista porque esa generación de hijos que viven peor que sus padres creo que lleva campando bastantes años, en muchos casos, sin ni siquiera darse cuenta de su verdadera situación.

Una generación que hoy puede presumir de un estado de “bienestar”, en algunos casos bastante hipotecado, por cierto, pero bienestar al fin y al cabo, que realmente no es consciente de que sus padres, ya retirados, siguen viviendo un nivel de vida similar al que tuvieron durante su vida laboral… disfrutando de su pensión, de su previsión (si la tuvieron), y de todo su esfuerzo.

La cosa, es esa, que esa generación ya está percibiendo todo eso… y, por norma, es suficiente para mantener su nivel de vida.

Y después, pues está esa generación acomodada en el llamado estado del bienestar, que ha vivido, por lo menos hasta la llegada de la mal-llamada crisis de 2006 (no sé si voy contracorriente, pero donde todo el mundo habla de crisis yo veo, sólo para empezar, un cambio de modelo socio-económico), disfrutando de un entorno más o menos benévolo: trabajo, servicios sociales, oportunidades…

¿Y luego qué? ¿Va a ser esa generación, al término de su vida laboral, capaz de mantener por si misma su propio nivel de vida? Permítanme dudarlo. Como decía, soy pesimista en este aspecto.

Empezando porque muchos de ellos (de nosotros, que no estoy exento) probablemente no lleguemos ni siquiera a ese fin de la vida laboral de la forma que nos gustaría. Los tiempos que corren y, sobre todo, la dirección que toman, indican que la automatización, la inteligencia artificial y toda una parafernalia tecnológica muy capaz, eliminará más puestos de trabajo de los que se podrán crear. Hoy en día, quedarse sin trabajo después de los cuarenta ya implica un riesgo elevado de exclusión laboral en algunos sectores…

Añádasele la cuestionable viabilidad de las prestaciones sociales… y la combinación resulta explosiva.

Y aun llegando al fin de la vida laboral con un trabajo, si la previsión para ese momento no ha sido constante y desde temprana edad, la cosa tampoco pinta bien. En este caso, sin un plan financiero que nos haya acompañado durante nuestros años de trabajo, tampoco auguro un final feliz… Y este mal, paradójicamente, puede llegar a golpear especialmente a las rentas más altas…

Fuente de la Imagen: Expansión.

Ojo con las casillas marcadas con un asterisco indicando que “El ahorro necesario no es asumible ya que supera los ingresos del particular”.    :O

Así, esta generación anclada en el “bienestar” lo está porque en gran medida es bastante inconsciente de lo que casi con seguridad nos depara el futuro. Nuestra gestión actual nos obligara a aparcar nuestros hábitos de vida, y en la mayoría de los casos hacer algo para tratar de mantenernos a flote. En resumidas cuentas, a tratar de vivir por lo menos como vivieron nuestros padres… lo que es un indicador de que muy presumiblemente estemos empezando un camino que nos lleva ineludiblemente a vivir peor que ellos.

Por eso, yo busco la (f)independencia…

La generación de los hijos que vivirán peor que sus padres somos nosotros. Yo hace algún tiempo que lucho contra ello… ¿Y tú?.

Ernesto Bettschen. Marzo 2017.

Estar mejor.

Ha pasado más de año y medio desde que mi amigo “M” iniciara su camino inversor. Hace un año y medio su escepticismo era absoluto. “Eso es arriesgado”. “Zutano lo perdió todo”. “No tengo tanto dinero como para permitirme eso”.

Pero aun así, la inquietud de “M” se convirtió en incomodidad. El tiempo pasaba, y no había dado ni un paso. En ningún sentido. Primero por las cosas que aunque estén ahí no se pueden controlar directamente: el ascenso que no llega, el trato que no acaba de cerrarse, un maldito imprevisto y un sueldo variable que al final resulta menor de lo esperado.

Segundo, por las que si podía haber realizado directamente, pero que, por esas razones que los que paramos por aquí no terminamos de entender, nunca se iniciaron. Ni ahorro sustancial, ni inversión.

Y así, tras unos cuantos cafés, finalmente “M” le dio a la tecla (es mi expresión para ese momento casi mágico de la primera órden de compra) y, desde entonces, su historia es otra.

La primera operación de “M” fue de 200€, comisiones incluídas. Y ese primer año, “M” hizo 3 operaciones de ese mismo importe. Su inversión, por tanto, es de 50€ al mes.

En el primer momento, “M” se sintió defraudado. Creo que esperaba una cosa absolutamente diferente… un ritmo frenético de cambios, de subidas de bajadas, de adrenalina brutal. Pero no es así. Es… como suele ser… al cierre del día +0,46%. Y toda una jornada, pegado a la pantalla viendo “bailar” esos 200€.

– “M, tu ya no tienes 200€. Te los has gastado. Te has gastado 50€/mes, durante 4 meses. Ya no tienes 200€, tienes 40 acciones. No hay más. Sé que en el primer momento no es fácil interiorizar esto. Pero es na realidad: si te compras 40 acciones, ya no hay dinero, hay acciones”.

Y el primer año, pasó de forma parecida… 3 operaciones, y un interés cada vez menor por ver cómo fluctuaban los euros que ya no lo eran. Al final del ejercicio, 123 acciones. Un dividendo en efectivo de unos 18€… y muchas horas delante de la pantalla, viendo dinero al principio, y acciones al final.

Y, tal como predijimos, esos 18€ de dividendo neto en efectivo dieron “sopas con honda” a los intereses generados por sus cuentas de múltiples colores, con importes invertidos mucho mayores. Objetivo cumplido.

El segundo año, el mismo “M” que veía un riesgo brutal en el mercado, que no tenía dinero y que veía en su cuenta de “alto interés” a su mejor aliad financiero, ha decido seguir. Y no sólo eso, ha decidido también esforzarse un poco más, e incrementar un poco su aportación.

En su proceso de cambio, ha influido también un poco de Networking, poniéndole en contacto personas como él, que empezaron antes. Que empezaron igual. Dispuesta a compartir su experiencia.

Alguno, perro viejo, acumula diez años haciendo exactamente lo mismo. Y esos 18€ al año rondan casi los dos mil… que suman mucho más que la aportación de esos 50€ mensuales que tanto parecían al principio. Y que, sí, pasarán a realimentar el sistema.

Y eso es, al final, lo que comparten estas personas viene a ser que el dinero invertido no es dinero, que es dinero gastado. Gastado en acciones. Pero que las acciones están ahí, y que si el dinero original se hubiera destinado a otro fin, casi seguro que no quedaría nada.

Y esa es la historia. Mejor una cantidad en acciones, que nada. Y que si además las acciones dan dividendo, pues mucho mejor. Y de eso se trata. De estar mejor.