Vidas paralelas.

“Vidas paralelas” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen (con permiso de Plutarco).


Si eres joven es muy probable que no sepas los grandes tesoros a los que puedes acceder. El primer tesoro, además, viene de serie: es la propia juventud…. ¡divino tesoro! Paradójicamente, esto se entiende con la edad. Pero hay otro gran tesoro del que precisamente la juventud nos ciega: el disponer de la experiencia de los que ya antes han habitado el mundo. Los que estaban antes, los que ya han pasado por aquí. Poder apelar a esa experiencia es efectivamente un enorme tesoro…

Me voy a inventar la vida de dos personas, a las que familiarmente llamare Peter y Paul. Ambos nacieron en sendas familias de clase media, al inicio de la década de os 70. Siendo vecinos, fueron al mismo colegio, compartieron esos maravillosos años y después del colegio accedieron a la universidad. Ambos terminaron sus estudios y se lanzaron al mundo laboral.

Ambos encontraron el mismo trabajo, por el mismo sueldo y condiciones y ambos encontraron una chica de clase media con la que se casaron y tuvieron dos estupendos hijos.

Ambos, con ayuda de sus mujeres, sacaron sus familias adelante y pudieron proveer a sus hijos de una educación similar a la que ellos tuvieron. Ambos recorrieron el camino de la vida como amigos y casualmente ambos morirán en 2059, con 88 años.

Son dos vidas paralelas de ficción, pero si lo pensamos bien, no dista mucho de lo que haya podido pasar con muchos compañeros de colegio de una época de “baby boom”.

Pero Peter y Paul, aparentemente iguales, gestionaron su vida de una manera muy distinta: Peter vivió una vida convencional, mientras que Paul apeló a la experiencia de sus mayores y en base a lo que aprendió, pudo tomar decisiones que afectaron muy directamente en su vida.

 Mientras que Peter fluía con la multitud, Paul tuvo se preocupó por gestionar su vida… y en algún momento de su juventud empezó a interesarse por la educación financiera. Unos pocos libros y una conexión a internet le permitieron ahondar en su conocimiento.

Y así, aunque ambos comenzaron cobrando 1000€ netos cuando se incorporaron al mercado laboral con 24 años, cómo gestionaron el dinero fue clave en sus vidas.

Peter siempre quiso ahorrar y todos los meses se hacía el firme propósito de guardar lo que le sobrase a fin de mes. Paul, sistemáticamente comenzó a guardar nada más cobrar la nómina una pequeña parte. Poca. Muy poca, porque con un sueldo mileurista tampoco se podía hacer demasiado. Con 24 años ambos tenían muy claro que además de trabajar, hay que vivir la vida. Invertir 80€ cada mes le pareció una cantidad lo suficientemente razonable como para que pasase desapercibida.

Tras siete años de aprendizaje y trabajo, Peter y Paul tuvieron la misma oportunidad de cambiar de trabajo y prosperar. Con 31 años, su sueldo pasó de 12000€ netos a 18000€. Por fin podían plantearse una mejora en sus vidas. La idea de poder comprar un coche o meterse en un piso empezó a desplazar a la de salir los fines de semana…

Para entonces, Peter ya había descubierto que ahorrar a fin de mes funcionaba bastante mal… pero al fin y al cabo, él era prudente y no envidiaba demasiado tener tarjeta de crédito. Ganaba poco, pero era prudente y no quería caer en excesos. Ya llegaría su momento.

Paul, simplemente no hizo nada. Continuó mes a mes con su aportación, y cuando el aumento llegó, sólo incrementó la cuantía de su ahorro. Pasó de invertir 80€ a poner 120€. No ganaba mucho dinero, pero los algo más de 7500€ que tenía invertidos por aquel entonces le parecían todo un logro… conseguido sin apenas darse cuenta.

A los 35, ambos tomaron la decisión d casarse y meterse en comprar un piso. En pareja, todos con trabajo, las cuentas salían mejor, y aunque la vivienda era cara, un piso siempre es una inversión. Un coche pequeño, aunque de segunda mano, también fue posible. Poco después llegarían los hijos… y una vez más el sueldo nunca dio para más.

Con 40 años, ambos recibieron juntos la noticia de un nuevo aumento. Muy necesario, pero justo también: 23000€ netos como recompensa a una trayectoria profesional que la empresa reconocía. Y una vez más, Peter se planteó hacer algo, porque no podía ser que después de tantos años el dinero a fin de mes se esfumase siempre… Y Paul, sólo pudo incrementar su inversión 30€ al mes: de 120€ a 150€. Con 40 años, muy consciente de que jamás sería rico, los 28000€ que tenía invertidos le animaban a seguir con su sencillísimo camino a seguir.

Así, llegamos hasta hoy. Peter y Paul, viven entre nosotros… tal vez hayamos coincidido con ellos en el metro o en cualquier otro lugar. Pero la magia de la escritura nos permite hacer un avance rápido de sus vidas.

Los 50 años los celebrarán por todo lo alto y con el que será el último aumento de sueldo de su vida laboral. Poco más de 2000€ netos para lidiar con hijos adolescentes, una casa por terminar de pagar, y otro coche también comprado de segunda mano… y los gastos… gastos de todo tipo… luz, agua, gas, ropa, algún capricho, alguna escapada, regalos de navidad, etc., etc.

A Peter, el ahorro nunca le dará tregua: poder disponer del dinero rápidamente será una maldición en un mundo de comercio electrónico lleno de gangas, vuelos “low cost” y suscripciones para todo (tv, música, juegos de consola, almacenamiento en la nube, mantenimiento de electrodomésticos…)

Para Paul, exactamente igual, pero lo conseguirá sólo con lo que resta de quitar a los 1900€ que a él le quedarán al mes tras su inversión y los gastos de los niños, de la hipoteca, del coche…  Pero una vez más, incrementará 20€, hasta los 170€ la aportación mensual a su inversión. Su cartera, en este momento pasará de los 64000€.

Corre el año 2039.

Peter y Paul se jubilarán con 67 años. Dos años antes ambos habrán terminado de pagar la hipoteca. Afortunadamente, porque la pensión no será capaz de soportarla.

Después de 44 años de duro trabajo y cotizaciones… el baño de realidad empañará el futuro de sus venideros “años dorados”: la prestación que empezarían a recibir apenas será la cuarta parte de su último salario… De su poder adquisitivo, mejor ni hablar.

Peter no podrá más que llevar una economía de subsistencia. El resto de su vida será como siempre: un hacer lo mismo que los demás… pero ahora con las limitaciones de ser un pensionista “puro y duro”, como todos, al fin y al cabo. El plan de pensiones que inició cuando tenía 50 años, demasiado tarde, se revelará del todo insuficiente…

Paul, será de esos “afortunados” que podrá completar su pensión con los rendimientos de la cartera que tantos años le costó construir. Años, que no esfuerzo económico, porque lo que fue poniendo mes a mes ni siquiera supuso un 10% de lo que ganaba. Aun así, la cartera le proporcionará tanto como la pensión. Es decir, Paul cobrará al mes el doble que Peter.

Y morirán, ambos, con 88 años. Peter dejará a su familia el legado material de toda una vida: una casa pagada, un viejo coche y mil objetos sin más valor que el sentimental.

Paul, exactamente igual, pero con una cartera de unos 165.000€ para sus herederos, que si siguen sus mismos pasos serán, ellos sí, ricos.

F I N

   Lo que pretende este texto es hacer reflexionar a los más jóvenes (y a los que se aproximen al mundo de la inversión por primera vez) sobre la importancia de tener y ejecutar un plan. Sobre el valor que hay que conceder al tiempo más que a la “cantidad”. Sobre lo que podrá pasar en el largo plazo con pequeños ajustes (¿y si en vez del 0,8% de ahorro hubiese sido del 0,9% o del 1%?, ¿y si se hubiese empezado a invertir un par de años antes?, ¿y si en lugar de comprar la casa, se hubiese alquilado e invertido la diferencia?¿y si estando de alquiler también se hubiesen invertido los costes de mantenimiento que generaría una casa en propiedad?…).

En muchos textos sobre independencia financiera normalmente suelen compararse universos diferentes: el “súper dilapidador” vs el “homo frugalis” más extremo… Este texto, simplemente trata de poner un poco más de sensatez a esa odiosa comparación tan recurrente… sin entrar a valorar si la que éste texto cuenta deja de ser, también, bastante odiosa… 😉


Nota: Para está ficción se han realizado los cálculos con la cifras que se exponen y algunos otros datos. A saber: se ha presupuesto un dato medio de retorno de los mercados del 4% (inferior al real) y se cuenta con que siempre se han reinvertido los rendimientos de un año en el año siguiente. La tasa de inversión de Paul ha sido siempre del 0,8% de su ingreso neto. Tanto Peter como Paul han cobrado siempre lo mismo y han tenido los mismos aumentos de salario.

Diseccionando mi cartera “Bogleheads”.

“Diseccionando mi cartera Bogleheads” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


De todas las inversiones que he realizado durante mi vida, sin ninguna duda me quedo con mi cartera “Bogleheads”. Para os que no estén familiarizados con ella, os la presentaré diciendo que está compuesta por varios fondos indexados, estructurada en dos bloques (unos de renta variable y otro de renta fija) que quedan ponderados según mi edad y con distribución global (también ponderada según la madurez del mercado).

   Suena complicadísimo. Pero nada más lejos de la realidad. Vamos al detalle.

   Tal como he dicho, la cartera tiene dos partes: una de Renta Fija y otra de Renta Variable, y el % de inversión en cada una depende de mi edad. Concretamente mi cartera contiene un porcentaje de 110 – mi edad en Renta Variable y el resto en Renta Fija. Esto quiere decir que en el momento de escribir este artículo, mi cartera tiene un 64% en Renta Variable y un 36% en Renta Fija. Sí, soy así de Joven… 😛

   La parte de Renta Fija tiene como objetivo ir creciendo a medida que me hago mayor. Poco a poco, al mismo ritmo al que yo cumplo años. Esto es así, porque no quiero sorpresas cuando tenga que recuperar mi inversión. Si soy purista y mantengo este esquema de inversión hasta la edad de jubilación (actualmente fijada en 67 años), al final de mi vida laboral, la cartera tendría un 57% en Renta Fija, que fluctúa relativamente poco. Así, si para cuando llegue el día de mi jubilación, la mayoría de mi inversión estará distribuida en forma de Renta Fija, y aunque haya una gran crisis, podré rescatar mi dinero sin sobresaltos.

   La otra parte, la de Renta Variable, tiene por objetivo hacer crecer la inversión, darle “vida” a la cartera. Es la contrapartida de la Renta Fija. Mientras soy joven, aprovecha todo el potencial de crecimiento de los mercados. Y a medida que me hago mayor, va descargando su responsabilidad sobre la parte de Renta Fija, para “consolidar” su trabajo.

   En mi caso, creo que no seguiré esta norma de distribución entre Renta Fija y Renta Variable a pies juntillas, porque la esperanza de vida de los tiempos que corren es lo suficientemente elevada como para que la cartera necesite un mínimo de alegría constantemente (en mi opinión, creo que me quedaré con un mínimo del 40% en Renta Variable, independientemente de los años que cumpla). Lo cuento aquí.

En resumen: mi cartera “Bogleheads ” tiene 110- mi edad (64%) en Renta Variable, y el resto en Renta fija (36%).

Cada una de estas partes está compuesta por varios fondos indexados. Concretamente tengo un total de 6 fondos indexados: 2 fondos de renta fija, y otros 4 de renta variable.

Con esto logro una gran diversificación. Tanto de activos (6 fondos diferentes), como geográfica (Europa, EEUU, Asia/Pacífico y países emergentes), como de valores (cada fondo, como veremos, contiene infinidad de acciones). Además, utilizo dos gestoras diferentes (Amundi y Pictet), para darle un giro de tuerca más a la diversificación.

Es interesante observar que para la parte de renta variable, los fondos no están distribuidos equitativamente (si así fuera, cada uno de ellos tendría un peso del 16’5%), sino que lo hacen teniendo en cuenta la madurez del mercado al que están indexados. Es decir: los mercados de EEUU y Europa tienen más peso (22%) que Asia/Pacífico y Emergentes (10%). Con esto, se consigue reducir “brusquedad” a las fluctuaciones de la cartera, ya que los mercados más maduros tienden a tener movimientos más suaves que los menos maduros.

Para profundizar un poco más en esta “autopsia”, pasaré a resumir el contenido de cada uno de estos fondos y así tratar de dar una idea de cómo se distribuye cada euro que invertimos en ellos.

Mi cartera, en el momento de escribir esta entrada, distribuye mi inversión en más de 3300 activos (entre acciones y obligaciones) distribuidos por todo lo largo y ancho del mundo. Y esos activos, además, son de una calidad excelente (porque los índices se quedan con lo mejor de cada mercado y van expulsando automáticamente los valores que por lo que sea dejan de tener capitalización). Así, una parte de cada €uro que invierto va a empresas como Alphabet (Google), como Alibaba, como Samsung, como Johnson & Johnson, como Nestlé… y así, hasta las más de 3300 que contienen estos fondos. Empresas de Suiza, Reino Unido, Francia, Italia, EEUU, China, Corea, Sudáfrica, Taiwán… De servicios financieros, salud, industria, consumo, tecnología, inmobiliarias… 

Esto sí es diversificar.

Con 6 fondos, obtengo todo este maremágnum de activos, que además tienen la maravillosa virtud de funcionar automáticamente: cada año (o si el valor de uno de ellos se dispara más de un 5% con respecto al % del peso que corresponde según mi edad), el 7 de Noviembre (día de San Ernesto), rebalanceo la cartera para hacer una aportación y volver a actualizar los porcentajes. Y resulta que ese rebalanceo hace algo maravilloso: traspasa importes desde los fondos que más se han revalorizado hacia los que se hayan depreciado (o revalorizado menos). Es decir, cumplen la máxima ganadora del mercado: “vende caro y compra barato”.

Y todavía hay más: estos fondos son activos fiscalmente eficientes. Al ser fondos de acumulación (los dividendos no se reparten, sino que pasan a formar parte del patrimonio del fondo) no hay que tributar por este concepto. Y a esto también hay que añadir la ventaja que supone el poder realizar traspasos entre ellos también sin peaje fiscal. Así, tampoco hay que tributar por los rebalanceos, que me permiten consolidar beneficios sin tener que pasar por caja (este es un punto muy favorable a favor de la inversión en fondos frente a otros vehículos de inversión como los ETFs).  Resumiendo: toda una vida para aportar sin tener que rendir cuentas a hacienda. Y cuando el sistema tenga que aportarnos a nosotros, entonces sí, habrá que pasar por caja, pero sólo por los beneficios (y por esto, los planes de Pensiones, son un auténtico timo, porque tributarán también por la aportación realizada. Esto se resume en que todo lo que ahora te venden como desgravación y ventaja, se vuelve en tu contra a la hora de rescatar el plan. La desgravación debería llamarse “diferimiento”, porque no es otra cosa: todo lo que te estás “desgravándote” ahora… te lo van a “gravar” después. Y a pagar tocará. Yo, sinceramente, prefiero ahorrarme este tipo de sorpresas en el futuro).

   Por todo esto, una cartera “Bogleheads” es una muy buena idea de inversión:

  • Porque no es cara de mantener: los fondos indexados que la componen generalmente no soportan comisiones elevadas. Insto a que comparéis las comisiones de estos fondos indexados con las mínimas comisiones de las que presumen algunas entidades.
  • Porque es una cartera muy bien diversificada: por gestoras, por países, por distribución RF/RV, por ponderación, por activos subyacentes… ¡por todo!
  • Porque funciona de forma automática: no hay que andar pensando en “momentos de mercado”, ni en si algo está barato o caro. La propia cartera, mediante el rebalanceo, realiza este trabajo.  
  • Porque es fiscalmente eficiente: no tributaré nada de nada hasta el momento en que empiece a retirar dinero. Ni por las aportaciones, ni por los traspasos, ni por los dividendos que pasan a formar parte del patrimonio de los fondos. Tributaré cuando cobre. Y sólo por el beneficio.
  • Porque puede adaptarse a cada uno como un traje a medida: yo he buscado un modelo que funciona en modo “piloto automático”, pero la cartera puede adaptarse a la edad de cada uno, al riesgo que se quiera asumir, variar la ponderación de la madurez de los mercados, incluir otros fondos con un pequeño porcentaje de inversión en mercados que nos gusten (robótica, orientados al envejecimiento de la población, etc.), realizar aportaciones con más o menos periodicidad, variar los criterios de rebalanceo…
  • Porque es sencillísima de crear y operar. Unos pocos fondos… ¡y ya está!
  • Y porque como decía John C. Bogle, pone “sentido común” a la inversión.

Muchas gracias Jack Bogle.

John C. Bogle. (1929 – 2019)

El pasado 16 de Enero murió John C. Bogle, fundador de Vanguard Group y padre de la inversión pasiva.

Las enseñanzas de su libro “Common Sense on Mutual Funds” son una parte fundamental de la base sobre la que se apoya la filosofía inversora de (f)independencia. También las de su libro “Enough”, más personal.

Te debemos muchísimo, John.

Desde aquí, ¡gracias por todo!


¿De qué crees que te vas a arrepentir dentro de 10 años?

Antes de nada…¡Feliz año nuevo!

Empiezo 2019 con este “regalo” para meditar… 

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Vaya preguntita.

He de reconocer que no es mía. Pero cuando me la formularon me sentí bastante incómodo…

Creo que es una pregunta con la que probablemente no se reaccionará igual a los 20, a los 30, a los 40 o a los 50…

Pero eso… ¿te has parado a pensar de qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Curioso: al final resulta que nos arrepentimos mucho más de lo que NO hemos hecho que de cualquier otra cosa.

Tengo que reconocer que esta entrada es un poco oportunista: aprovecha el comienzo de año (esas fechas que se inundan de fenomenales propósitos) para plantear una duda y provocar una reacción…

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Párate a pensar: puede ser que ya te estés arrepintiendo de lo que no hiciste hace diez años… ese viaje que dejaste escapar, esa llamada que podría haber puesto las cosas en su sitio, esa amistad que dejaste escapar, esa locura que al fin y al cabo no era tan loca y no llegó nunca a ser sólo por el qué dirán…

Pero también, tal vez ahora hablarías mejor inglés… o en vez de haberte comprado aquel capricho dispondrías ahora de ese dinerillo que te vendría tan bien…

Yo empecé a invertir hace ya bastante tiempo. Pero el día que entendí cómo funcionaba todo esto, podéis creeros que me tiré de los pelos por no haber empezado mucho, muchísimo antes.

Hablar ahora de lo que no se hizo en el pasado es como el discurso del “analisto” financiero de turno explicando la debacle la compañía X, que estaba clarísimo que iba a la bancarrota pero que nadie lo vió. Tal vez ese curso que no hicimos, requería robar algunas horas al sueño. Ese cambio profesional dependía de ello, pero claro, había que ponerse manos a la obra.

Afortunadamente, tenemos una nueva oportunidad. Podemos trazar un nuevo plan. Diseñar un futuro con variaciones sobre lo que no espera si seguimos igual. Diez años es tiempo más que suficiente para dominar un nuevo idioma, o una afición, para ahorrar y hacer ese viaje, o para crear un pequeño patrimonio

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Haz un plan. Síguelo. Trabaja en él.

No es complicado. En la mayoría de los casos, una vez exista el plan, “sólo” requerirá constancia.

“Los primeros pasos no te llevan donde quieres ir, pero te sacan de donde quieres salir”.

Empieza a diseñarlo HOY.

“Algún día” nunca llega.

“Algún día nunca llega” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


El otro día escuché una frase de esas que hacen girar la cabeza: dos personas hablaban de cómo ejecutar un proyecto. Y uno de ellos dijo: “Debemos esperar el momento adecuado”.

Si la frase hubiese terminado allí, sería otra de tantas declaraciones de intenciones supeditadas a que pasase algo ajeno al proyecto que indicase que “el momento ha llegado”. Pero la conversación continuó…

  • “Debemos esperar el momento adecuado… o crearlo.”

¡Toma ya! Eso es otra cosa. Me gusta tanto que lo voy a repetir:  “Debemos esperar el momento adecuado… o crearlo”.

No pude oír más. Pero la reflexión fue inevitable (tanto que hoy la plasmo por aquí). La afirmación refleja una manera de enfrentarse a la vida que yo he entendido como una gran lección. De hecho, creo que los habituales que se pasean por aquí, la hemos asumido sin darnos cuenta. El mejor momento (para iniciar cualquier cosa) es probable que nunca llegue. Y en esa tesitura, la manera de actuar puede ser de dos formas:

  • Esperar indefinidamente (con la frustración, el desasosiego y la sensación de los días… los meses y los años que pasan… sin el esperado cambio)

“Y se me escapa la vida,

ganando velocidad,

como piedra en su caída”.

(Jorge Guillén)

  • Esperar lo justo… y, llegado el día, cambiar el plan para crear ese escenario que no termina de llegar.

Para esto una vez más, hay que quitar ambigüedad al asunto. ¿Qué es necesario para poder arrancar? Siempre he dicho que “la ambigüedad mata los proyectos”. Y estoy absolutamente convencido de ello. No es lo mismo decir “no tengo dinero”, que “necesito 20.000€ para llevarlo a cabo”. Esta segunda frase cambia directamente el contexto. Para empezar, no es una negación, sino una afirmación, y para continuar, concreta una cantidad que puede convertirse en un reto a alcanzar. Y si somos capaces de volver el proceso de “desambiguación” recursivo, lo siguiente es preguntarse ¿cómo voy a conseguir esos 20.000€?… y ¿cuánto voy a tardar?. Lo fácil es endeudarse. Pero eso ya es cosa de cada uno…

De nuevo, hacerse preguntas debería acudir en nuestra ayuda: en caso de fracaso, ¿podrías soportar el pago de la deuda?… o ¿no sería mejor rebajar el importe a pedir prestado para tener un mayor margen de seguridad?. ¿Si ahorro/invierto X tiempo puedo llegar a tener esos 20.000€?… No sé cómo lo veis vosotros, pero este segundo escenario me proporciona una dosis de realidad con la que trabajar, con la que por lo menos intentar algo. Un punto de partida y un objetivo…. En el momento que demos el primer paso, habremos dejado de esperar y habremos empezado a crear ese momento adecuado. Podemos tardar un año o tres. Pero estamos en el camino. Y una vez en el camino, tal vez percibamos que el destino, después de todo, no es la recompensa, sino que también puede disfrutarse el camino.

Y todo esto encaja mucho más con la realidad: las cosas pasan… pero a veces es necesario dejar de esperar y hacer algo para que pasen, porque como cantaba la “Creedence”… “Someday never comes”. (¡Qué temazo!).

En muchas ocasiones siento envidia.

“En muchas ocasiones siento envidia” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Creo que ya ha quedado escrito en una de estas páginas nuestra manera de pensar sobre la propiedad: aquí, “lo que es tuyo es tuyo, y lo que es de todos no es de nadie”. Esto, en contraposición a los países nórdicos, donde “lo que es tuyo es tuyo y lo que es de todos también es tuyo”, nos hace un flaco favor.

Esta forma de pensar, inunda todo lo que la rodea. Se cuela en nuestra vida cotidiana por cada resquicio. Así, el mobiliario público se vandaliza, metiéndonos a todos en una rueda de pagar excesivos costes de mantenimiento por todo. No se respetan vagones de metro y autobuses, ni bicicletas públicas. Ni marquesinas de autobuses. Nada del mobiliario urbano. Ni siquiera se respetan las más elementales normas de convivencia: las calles están sucias, se deterioran… No nos damos cuenta de lo caro que nos sale pensar así.

Me da la impresión de que aunque tengamos casos de éxito donde mirar… de dónde copiar… no aprendemos…. No queremos aprender.

Me llevo el ejemplo también a la política: parece que los presupuestos, pagados a l final entre todos, más que ser lo que son, se convierten en una arma política… un juguete en manos que ya no dudo ni un ápice que no son las más adecuadas. Esos presupuestos también son nuestros. Y con eso no se juega. Parece que no nos damos cuenta, pero la política pone a su merced todo lo que toca: los presupuestos… pero también los planes de pensiones, la seguridad social, la educación… Se negocia sobre nuestros derechos… pero como si no fueran nuestros individualmente. Como son para todos, no son para nadie… y así se prestan al menudeo. Al vandalismo.

Y así nos cuestan lo que nos cuestan. Mantener ese “vandalismo” nos sale carísimo. Pero ahí seguimos, como espectadores de una “pachanga” en la que la pelota son nuestros derechos. Un espectáculo lamentable, con un público pasivo y, de alguna forma, anestesiado.

Lo más grave, es que encima, una vez depositado nuestro voto en la urna, los “jugadores”, hacen exactamente lo mismo con sus responsabilidades: el voto de todos se convierte en el de nadie, y entonces ya vale todo: donde dije “digo”, digo “Diego”… y aquí no pasa nada. La responsabilidad de los políticos debería ser casi sagrada. Un cargo electo asume la enorme responsabilidad de representar a todos sus votantes. Y debe hacerlo impecablemente.

Envidio cosas como esta:

El parlamentario británico dimite por llegar unos minutos tarde y no estar presente en el momento en que tenía que responder a una consulta. Una respuesta que lleva detrás el voto y confianza de miles y miles de personas. Representar a miles de personas es una responsabilidad muy grande. (¿Llegarías tú tarde a la hora de cobrar “el Gordo” para tus compañeros?… Seguro que no. También es una responsabilidad muy grande… pero ínfima al lado de la que ostenta cualquier cargo público. Y los presupuestos del estado seguro que llevan muchos más ceros que el premio de la lotería…).

Esto pasa en otras partes del mundo mientras nuestros políticos juegan con el móvil en el congreso.

Al final, nosotros somos en parte culpables: culpables por lo menos de aceptar las cosas como son… y no hacer nada por transformarlas en lo que deberían ser. Por asumir que los políticos, sólo por serlo, pueden hacer lo que les venga en gana, en lugar de representarnos, que es para lo que realmente están.

De lo que nos cuesta, ya hablaré en otra ocasión.

 

Con los números en nuestra contra.

“Con los números en nuestra contra” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


En alguna ocasión he mencionado por aquí que en el mundillo de los buscadores de independencia financiera hay un factor determinante que eleva las probabilidades de su éxito: el convencimiento.

Yo lo tengo. Pero siendo racional, llego a la conclusión de que sólo ese convencimiento no es suficiente para sacar adelante el plan. Además, hace falta un poco de conocimiento (muy poco), mucha determinación, y sobre todo, eliminar el “ruido del ambiente” que trata de apartarnos de nuestro plan, o de viciarlo…

Algunos números no nos dan la razón: por ejemplo, es bastante desolador ver que si una inversión de 1000€ sube un 10% para caer luego otro 10%… nos deja peor que al principio. Los primeros 1000€, tras la subida, sumarían 1100€, pero con la bajada… se quedarían en 990€. Y si le damos la vuelta al escenario, tampoco salimos muy bien parados: si perdemos un 10% y luego lo volvemos a ganar… también salimos mal: los 1000€ iniciales se quedarían en 900€ y tras la subida se quedarían en 990€. ¡Vaya plan, oiga!

Y luego, está la erosión que suponen las comisiones de compraventa de activos, por un lado, y la voracidad recaudatoria del estado, que sólo si ganas quiere participar de la “fiesta”…

Pero aun así, algunos (no demasiados), exprimimos los números, trazamos un plan viable, y nos atamos a él cuando todas las señales indican que lo contrario es más prudente… y que el camino es demasiado largo y frágil como para que todo salga medianamente bien. Pero ahí seguimos.

Para dar un poco más de emoción al asunto, el “terreno” sobre el que nos movemos, tampoco es demasiado favorable… Comisiones, inflación, volatilidad… y un nada cierto que hace que cualquiera sin ese convencimiento y determinación nos mire como fuéramos locos. Eso, y lo que yo denomino el “ruido del ambiente”, que no es más que la infinidad de señales que se generan cada día… y que al final, poco o ningún fundamento tienen, porque en el corto plazo, nadie sabe qué va a pasar. Así, la prensa salmón y muchos blogs especializados en finanzas… no ayuda demasiado, presentando noticias (y en ocasiones augurios) que luego no tienen un reflejo real en el mercado. Siempre justificando con datos pasados por qué tal o cual escenario no se materializó…

También las personas, que nos persuaden de invertir. Muchas sin ni siquiera haber invertido un solo €uro en su vida más allá de una cuenta de colores con una “alta rentabilidad”, que dejó de ser tan alta (e incluso tan rentabilidad, si se tiene en cuenta la inflación) hace ya bastantes años. O con le vertiente de vernos como tahúres que nos jugamos los haberes en un casino global en el que estamos todos condenados a perder. O tratando de alejarnos del “maligno” mundo de las empresas, que es verdad que algunas tienen un “reverso tenebroso”, pero muchas, muchas otras generan empleo, tienen labor social, prestan servicios o crean productos que nos hacen la vida mejor. O contándonos la experiencia de Zutano, ese que contraviniendo toda lógica inversora puso todos sus huevos en el mismo saco y se arruinó en un periquete… (tal vez porque la historia de Mengano, que se tiró veintitantos años invirtiendo poco a poco, sin prisa pero sin pausa, y con un pelín de lógica resulta bastante menos sensacionalista…)

Sin duda alguna, ser inversor es lo peor. Pero ahí seguimos.

Con todo esto encima de la mesa y en nuestra contra… ¿por qué unos pocos seguimos convencidos de que la inversión mejora sustancialmente nuestras vidas?…

¿Por qué?

Yo puedo dar una razón… o, mejor dicho, una simple opinión: con todos esos números en nuestra contra, hay uno que nos permite apoyarnos en él: el mundo crece. La población aumenta… Y consiguientemente, a un nivel global, consumimos más. Y tras ese consumo están las empresas. Y entre ellas, las cotizadas y todo el mundo de la inversión, que se mueve con ese trasfondo de crecimiento global. Lento pero constante.

Así, nuestro modelo inversor (por lo menos el mío) debe ser consecuente: lento, pero constante. Al fin y al cabo… tampoco puedo permitirme otra cosa 😉

Y con todo… a los inversores nos queda siempre esa incertidumbre de ¿qué pasará?…

Los matemáticos y los físicos, cuando un problema no llega a la solución exacta, tiran de trucos y formulan la solución dejando una pequeña parte sin resolver… implícita en la solución (ese diferencial de X de las integrales… que es lo que hace falta para llegar a un resultado coherente)…

Así que, como hacen los matemáticos y los físicos, determinaré que para tener éxito en la inversión, hay que tener un mínimo de conocimiento, convencimiento, determinación, constancia, y d(x)… o sea un puntito indeterminado de locura.


P.D.- La tesis del crecimiento global, mejor que yo la cuenta Paramés en su libro “Invirtiendo a largo plazo”. La idea de utilizar d(x), se la debo a una sobremesa con JPP y EADV, con los que aprendo mucho y de la manera más amena.

Gestión de expectativas.

En  ocasiones he comentado por aquí lo traidora que es nuestra imaginación a la hora de imaginarnos en ese maravilloso escenario de independencia financiera: nos vemos física e intelectualmente igual que ahora… y financieramente libres. Pero la realidad es casi siempre diferente. La vida da muchas vueltas, los años pasan, y mientras llevamos a cabo nuestro plan de independencia financiera, suceden muchas cosas que alteran nuestro entorno y a nosotros mismos. Tal vez uno se case y tenga hijos, tal vez haya una crisis, tal vez se pierda el trabajo o nos toque la lotería…

Pero hoy, nosotros nos vemos en ese futuro idílico fenomenalmente conservados…

La realidad, casi siempre es bien distinta. La independencia financiera requiere constancia y tiempo, y si bien lo primero puede ser relativamente fácil de conseguir con disciplina, lo segundo en muchos, muchísimos casos, no deja demasiado margen de maniobra.

La experiencia me dice que la inquietud inversora normalmente no empieza a los 20 años… y ni siquiera a los 30. Es más bien hacia los 40 cuando más que interés la gente empieza a mostrar preocupación. Y con 40 años, el recorrido para ejecutar el plan es un camino muy estrecho.

Está claro que cada persona tiene un escenario diferente: edad diferente, ingresos diferentes, capacidad de ahorro/inversión diferente, pero en todos los casos conviene gestionar la expectativa de cada plan. ¿Qué puedo llegar a conseguir en mi situación?

En el mundo de la inversión, dar cifras ciertas es imposible. Pero yo considero que siempre es conveniente saber qué se puede alcanzar dado un determinado escenario de partida.

Hay muchos blogs sobre independencia financiera que alaban el maravilloso poder del interés compuesto… pero hay que ser realista. No todo vale ni es tan fácil como parece. Repito que manda la prudencia y conviene gestionar la expectativa.

En mis conversaciones sobre inversiones, cundo las personas acuden a mí para aprender y empezar a invertir, trato de hacer ese ejercicio de gestión de expectativa. Os pondré un ejemplo tomando como base lo que conozco sobre “Miss Y”, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión por aquí…

¿A qué puede aspirar (financieramente hablando, claro) “Miss Y” ?. Veamos qué información tenemos disponible…

Capital invertido hasta 2018: 9.000€, que según su extracto han pasado a ser 11.000€ (he redondeado ambas cifras para simplificar los cálculos).

Actualmente realizando aportación mensual de 135€.

Bueno, pues ese es el escenario de partida a día de hoy. Sin cambiar ningún parámetro, veamos qué puede esperar “Miss Y” de su plan inversor si lo mantiene sin variaciones hasta los 65 años.

A “Miss Y” le quedan por delante 25 años para aportar a su plan hasta los 65 años.

Sólo con ahorro, llegada esa fecha, “Miss Y” podría disponer de 51.500€ (40.500 más los 11.000€ iniciales). Pero hace años que “Miss Y” decidió dejar de ahorrar para pasar a invertir, por lo que la proyección de su capital a futuro es mucho más variable. Su vehículo de inversión es un fondo que invierte en la zona euro, con una distribución de 70% en renta variable y el 30% en renta fija.

Si continúa su plan inversor, el análisis de Montecarlo (*) arrojaría el siguiente resultado:

En el peor de los casos, “Miss Y” podría obtener algo más de 61.000€. En el mejor, 247.000€, y usar la media nos indica que lo más probable es que la cantidad ronde los 123.000€. (Esta cantidad ya contempla los 11.000 € iniciales).

Primera conclusión: los datos históricos nos indican que la inversión da sopas con honda al ahorro.

Supongamos ahora que “Miss Y”, vive tras su jubilación otros 20 años (85 años es una edad respetable, pero bastante asequible para los tiempos actuales en el mundo desarrollado).

Con el capital acumulado, “Miss Y” podría optar por complementar su pensión con 410€ al mes y comprarse una pistola para el caso de que su vida se prolongase más allá de los 85 años.

O bien, podría seguir manteniendo su inversión, retirando una pequeña cantidad al mes o al año. Esta cantidad, aunque no esté escrito en ningún lado, no debería superar el 4% anual. Y así, “Miss Y” podría tener una renta “vitalicia” y además, dejar un pequeño patrimonio a sus herederos.

Esa renta vitalicia, partiría de unos similares 410€ al mes (correspondientes al 4% de los 123000, dividido entre 12 meses), pero que poco a poco, según indica el dato medio, se iría incrementando…

Y con la ventaja de que si la vida se prolonga más allá de esos 85 años, la pérdida patrimonial no sólo no existe, sino que además, lo que se produce es un pequeño incremento: a los 85 años, “Miss Y” dispondría de casi 149000€, 26.000€ más que cuando empezó a retirar dinero de su plan inversor.

Como vemos, es difícil que “Miss Y” alcance la tan ansiada Independencia Financiera… pero con un análisis como éste puede tomar mejores decisiones sobre qué quiere para ella… y para la de los que la rodean. Os recordaré que “Miss Y” reveló que su marido había hecho exactamente las mismas aportaciones”, con lo que su unidad familiar es probable que tenga algunos menos sobresaltos en un futuro…

Esta es la gestión de la expectativa: qué se puede llegar a conseguir con una aportación mensual de 135€. El ejercicio admite todas las variaciones posibles, pero no dudéis en que realizarlo nos acerca un poco más a la (f)independencia.

… ¿Y tú?… ¿Has hecho ya tus cálculos?.


(*) El método de Montecarlo proporciona soluciones aproximadas a una gran variedad de problemas matemáticos posibilitando la realización de experimentos mediante la utilización de un computadora. Para ello utiliza muestreos de números y realiza multiples iteraciones.

Los resultados que se muestran en este ejemplo son fruto de un análisis de este tipo sobre un total de 10000 carteras de inversión.

En el primer caso, el saldo inicial de cartera es de  de 11,000$ y se realizan aportaciones mensuales de 135$, utilizando los datos de rendimiento histórico de los mercados, disponibles de enero de 1994 a diciembre de 2017.

En el segundo, el saldo inicial de cartera es de  de 123,000$ utilizando también los datos de rendimiento histórico de los mercados, disponibles de enero de 1994 a diciembre de 2017. El rendimiento histórico de la cartera seleccionada para este período fue 8.52% de rendimiento medio (7.40% CAGR) con 12.85% de desviación estándar de rendimientos anuales. Los resultados de la simulación se basan en los rendimientos nominales generados y en los retiros fijos del 4,00% anual. El modelo de inflación simulada utilizó inflación histórica con 2.22% de media y 1.19% de desviación estándar con base en los datos del Índice de Precios al Consumidor (IPC-U) de enero de 1994 a diciembre de 2017. Las muestras de inflación generadas se correlacionaron con los retornos de activos simulados basados en correlaciones históricas. El período de tiempo de la simulación estuvo restringido por el historial disponible para los Bonos Globales (sin cobertura) [enero de 1994 – julio de 2018].  La herramienta utilizada para este análisis y los gráficos generados se han obtenido de www.portfoliovisualizer.com.

Pero… ¿por qué haces esto?

“Pero… ¿por qué haces esto?” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Cuando empecé a escribir en (f)independencia lo hice con la idea de trabajar en un proyecto de divulgación, sin ánimo de lucro y con el convencimiento de que lo que iba a hacer podría ayudar a algunas personas. A día de hoy, creo que (f)independencia sigue respetando los principios de su génesis.

En años anteriores ya había tenido encuentros presenciales con algunos lectores, pero 2018 me ha permitido acercarme con más frecuencia a algunos de ellos, y hemos compartido más que interesantes momentos…

Como primera observación, me quedo con que a la gente le preocupa el dinero y me contacta exclusivamente por este motivo. Atómicamente. Y esto me dice que debo trabajar un poco más en los tres aspectos sobre los que se fundamenta la (f)independencia (habilidades técnicas, habilidades interpersonales y habilidades financieras), y no sólo sobre la vertiente financiera, aunque sea lo que más demanda la gente. El dinero tiene que ser una consecuencia, y para que así sea, los otros dos aspectos deben cuidarse con el mismo interés.

Como segunda observación, diré que la experiencia me está encantando. De cada reunión que he mantenido me llevo unas cuantas lecciones aprendidas… y por analogía con el mundo financiero que tanto interesa, esto para mí es como una reinversión de dividendos pero en conocimiento.

En las reuniones que mantengo aparece recurrentemente una pregunta: “Pero… ¿por qué haces esto?”. Y percibo con la pregunta la incredulidad de que alguien pueda estar dedicando su tiempo sin otro interés que el divulgativo… que el de tratar de ayudar… que el de aportar algo…

Al principio a muchos les cuesta creer que no tenga otro tipo de interés, que no trabaje para nadie o sea intermediario de alguna entidad o me lleve comisión por algo… No les cuadra. No lo conciben. No entienden que alguien pueda hacer algo sin esperar nada a cambio.

La verdad es que no espero nada a cambio. Pero tengo que reconocer que desde la primera vez que me senté con alguien, empecé a obtener una renta que puede ser que resulte complicada de entender… Aparte de la propia experiencia de conocer gente diversa, salgo de los encuentros con motivación, con satisfacción personal, con ideas nuevas…

Y entonces la respuesta a la pregunta de “¿por qué haces esto?” se vuelve sencilla: lo hago porque me gusta, porque puedo hacerlo, y porque puedo hacerlo así, sin interés ni dependencia con nada ni con nadie. Por convencimiento personal. Porque si fuese de otra forma tal vez se viciaría de algún modo. Tal vez me hiciese volverme más ambicioso… y todo se desvirtuase…

Y también, por mi familia. Para que por lo menos tengan la referencia de lo que a mí me funcionó. Para que me conozcan un poco mejor por lo que dejo escrito y para que se lleven como herencia la enseñanza de la pesca y no los peces.

Te lo vas a comprar, aunque no te haga falta.

“Te lo vas a comprar, aunque no te haga falta” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Este mes, en una tertulia financiera, la conversación en un momento derivó hacia nuestros hábitos de consumo. Desde estas páginas siempre hemos “predicado” gestionar el gasto… con toda la dificultad que eso conlleva y aunque “gestionar el gasto”, como declaración de intenciones, puede sonar bastante sencillo, la ejecución de ésta declaración, es de hecho bastante compleja.

De un tiempo a esta parte, asistimos a una gran sofisticación de las herramientas de marketing, y las nuevas tendencias del comercio nos ponen muy difícil resistirnos a la tentación de convertirnos en auténticos “Compradictos”. Si nos paramos a reflexionar cómo ha evolucionado el marketing, veremos que en pocos años todo ha cambiado muchísimo.

Hace relativamente poco, éramos transeúntes por calles con vistosos escaparates. Salíamos a comprar. Primero en tiendas de barrio. Luego, empezaron a aparecer centros comerciales. Un “todo en uno” donde ahorrar tiempo, sin tener que desplazarnos de sitio a sitio. Todo un ahorro, ¡oiga!

Casi a la par, vendedores se presentaban por las casas ofreciendo algunos productos (la enciclopedia era un clásico)… y no tardaron en aparecer las primeras ventas por catálogo. ¡Que comodidad! ¡y sin salir de casa!

En un periquete, la publicidad inunda nuestras vidas… aunque no es demasiado selectiva. La televisión nos pone delante de los ojos atractivos productos y nuestros buzones de correo postal no han vivido mayor época de gloria. De cada cinco cartas, cuatro son maravillosas e irresistibles ofertas, ¡porque como nosotros no hay nadie!

Y aparece la web.

La publicidad empieza a dejar de ser “empujada” hacia nosotros. Ahora tenemos alguna capacidad de elección y podemos elegir qué escaparate mirar a golpe de URL. Así, a la publicidad que estamos casi obligados a consumir, añadimos una de consumo propio y voluntario… ¡por fin un poco de sensatez!¡oiga!

Y el correo en papel empieza a ceder espacio al correo electrónico, y poco a poco el “spam” (correo electrónico no deseado) se cuela en nuestras vidas. ¡menos mal que podemos filtrarlo!

Muy poco más tarde, la web ha evolucionado y los buscadores de internet nos plantan en los escaparates de lo que nos interesa mediante términos de búsqueda. Ya no hay un solo sitio donde mirar, la oferta es enorme. Y sin darnos cuenta empezamos a dejar un rastro digital muy apetecible para las marcas. Pero al fin y al cabo, buscamos cosas que nos interesan, así que si me ofertan esas cosas, todo va bien, ¿no?

Y sin darnos cuenta, nos plantamos en un escenario en el que ya estamos inmersos en una era de comercio digital: se compra y vende a través de la red, se crean departamentos de atención al cliente “online”, y comienza un nuevo tipo de comercio. La fidelización de clientes ya es un objetivo claro. El perfilado de clientes, la segmentación…

Y aparecen las redes sociales. Y con ellas, no solo navegamos, sino que además vamos contando qué hacemos, qué nos gusta, qué deseamos, quiénes son nuestros afines, dónde vamos, dónde comemos, qué nos ponemos… ¡somos protagonistas!

El siglo XXI ha llegado. Y para celebrarlo, inclinamos todos la cabeza hacia abajo, no como señal de respeto, sino para mirar nuestros teléfonos inteligentes. ¡Podemos hacer lo que queramos! ¡cuando queramos! ¡desde cualquier lugar!…

Estamos conectados. La mensajería online nos “acerca” a todos. Las noticias corren por la red y el tiempo se comprime. Todos tenemos millones de amigos, ¡y estamos a un doble check del último chiste!

Nuestros hábitos de consumo hace tiempo que han dejado de ser ningún secreto. Estamos fidelizados con miles de tarjetas de marcas, pero en contrapartida ¡qué de ofertas personalizadas recibimos!

Dos pequeños cambios más que nos alegran la existencia: la oferta que antes se hacía por margen, ahora se hace por volumen… y empezamos a ver montañas de calcetines… a ¡1€!… ¡¡¡me llevo 5!!!, muebles baratos casi de usar y tirar, y hacemos deporte súper súper equipados… y encima, nos lo ponen en casa… desde cualquier lugar del mundo.

El ying y el yang conviven en perfecta armonía: somos capaces de esperar casi un mes para esa baratija que viene de la mismísima China, y a la vez somos víctimas de la “inmidiotez” (el término es mío), y pagamos por tener el último gadget puesto en nuestra casa tan sólo dos horas después de haberlo pedido…

Nuestro perfil ya es único. ¡Qué lejos quedan los escaparates! A día de hoy, los grandes vendedores de internet ya saben cuál será nuestra próxima compra y cuando la haremos. El big data ha llegado, y con él una capacidad sin precedentes para darnos lo que nos gusta cuando nos gusta. ¡Cómo resistirse!

Y encima, con un botón de compra de un solo “click”, ¡qué inventazo!

Y la última vuelta de tuerca es convertir todo nuestro consumo en algo recurrente: si prestamos un servicio… ¡suscríbete! Da igual que sea para ver series, que para escuchar música… que para ahorrarte los gastos de envío o mantener en plena forma la caldera o la nevera… ¡suscríbete! ¡comodísimo!

Y lo mejor de todo: el futuro está por venir.

Hace tiempo se decía que “un tonto y su dinero no están mucho tiempo juntos”.

Hoy, con la (f)independencia en mente, debemos ser muy conscientes de que realmente resulta bastante complicado resistirse a todo esto. Complicado por no decir “casi imposible”.  Es muy probable que un listo y su dinero tampoco permanezcan demasiado tiempo juntos. Si no todo su dinero, por lo menos una parte nada desdeñable.

Ya dejamos por aquí alguna reflexión sobre el “Consumo responsable”… y para poder racionalizar ¿nuestro?(*) impulso comprador debemos plantearnos si ese impulso obedece a ese patrón que Emile H. Gauvreay define tan bien: “Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan”.

Con esto en la cabeza, paradójicamente voy a pedirte que te plantees realizar la única suscripción que puede jugar a favor de tu (f)independencia: date la oportunidad de generar un activo. Suscríbete… a un fondo de inversión. No te pongas excusas. No tiene por qué ser complicado. No más que cualquier suscripción que ya tengas… No caigas en la parálisis por análisis. Simplemente ¡hazlo!… y concédete ver qué pasa. Una inversión desastrosa es mejor que no invertir nada. Y a nada que pongas interés, y le dediques la centésima parte del tiempo que dedicas al comercio, estoy seguro de que darás con un fondo al que hacer una aportación periódica y que en el largo plazo se convierta en una contrapartida a tanto gasto.


(*) “nuestro” lo pongo entre interrogaciones porque creo sinceramente que hace tiempo que hemos perdido nuestra capacidad de control: hemos llegado a un punto en que el impulso comprador sólo se regula “por las malas”…).