Nunca es suficiente.

   El dinero no da la felicidad. No directamente. Cada vez estoy más convencido de esto. En el mejor de los casos, puede llegar a proporcionar cierta tranquilidad, pero nada más. Es cierto que vivir con esa cierta tranquilidad puede contribuir a ser un poco más feliz, pero esto dista mucho de ser feliz. Estoy convencido de que la felicidad es otra historia que se escribe con una tinta muy diferente.

Realizando un análisis personal sobre el comportamiento de las personas en relación con el dinero resulta que el dinero tiene mucho en común con las drogas. Si buscamos el término “droga” en el diccionario, veremos que en una de sus acepciones, se describe como “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”, y si lo pensamos bien, los efectos que el dinero puede causar pueden ser muy parecidos.

La analogía no sólo pasa por la definición, sino que tiene un análisis mucho más profundo en los comportamientos derivado de su uso. Y este análisis, explica muchas cosas.

La adicción es uno de ellos: y  esa adicción explica la insaciabilidad que el dinero puede generar. Para determinadas personas, parece que nunca es suficiente. Para desgracia nuestra, en muchos casos, esa adicción campa a sus anchas entre empresarios y políticos. Mal para los primeros, que en ocasiones llegan a comprometer la viabilidad de las empresas. Imperdonable para los segundos, que directamente se enriquecen a nuestra costa, con un dinero que es de todos, pagado por todos. Con mi dinero. Con tú dinero.

¿De verdad piensan que pasando de tener seis millones de €uros a tener siete, su felicidad se va a incrementar proporcionalmente? Cualquiera que lea esto, seguro que piensa,  como yo, en lo absolutamente grande que puede llegar a ser la imbecilidad humana.

El drogadicto, aunque consciente de su adicción, prima la satisfacción de la misma ante casi cualquier cosa. Y en muchos casos, sacrifica su felicidad y la de los que le rodean, por la satisfacción inmediata. Y todo en una espiral que se repite una y otra vez.

Nunca es suficiente.

Me viene a la memoria sobre este asunto, la introducción al libro “Enough”, de Jack Bogle, que comienza contando una anécdota sucedida en una fiesta en la que uno de los asistentes comentaba que el anfitrión, un administrador de fondos, había ganado más dinero en un solo día del que otro de los asistentes, un popular escritor, había ganado en toda su carrera profesional. El escritor, sobre éste asunto, respondió: “Sí, pero yo tengo algo que él nunca tendrá. . . Tengo suficiente. ”

Al final, resulta cierto que pasado un determinado umbral (que no dista mucho de tener bien cubiertas las necesidades básicas), todo lo demás puede empezar a suponernos quebraderos de cabeza. Todas las comodidades de nuestro tiempo, han ido acomodando nuestra conducta de tal manera que nos han hecho muy intolerantes a la más mínima incomodidad(*). Pero seguro que daría para un bonito debate plantear si la comodidad de estar conectados tecnológicamente ha sido para bien o para mal en nuestras relaciones interpersonales.

El dinero, por tanto, tiene ese “reverso tenebroso” de poder tener el efecto exactamente contrario a lo que esperamos. Puede hacernos sumamente infelices… por insaciables,  intransigentes, por insatisfechos, por desconfiados, por la soledad que todo esto genera. Suena horrible, pero si nos paramos a pensar, encontramos de golpe infinidad de políticos insaciables, celebridades intransigentes, millonarios insatisfechos y desconfiados, infinidad de actores que con enormes patrimonios resulta que llevaban existencias difícilmente soportables sin la ayuda del alcohol o las drogas…

¿El dinero da la felicidad? Creo que no. Por eso, la (f)independencia trasciende al mundo del dinero y debe ir más allá. Por eso se refuerza con otros sus otros dos puntos de apoyo,  que son igualmente importantes, y que son las habilidades interpersonales y las habilidades técnicas. Y entre ellas debe existir armonía (término que tiene una preciosa definición: “Equilibrio, proporción y correspondencia adecuada entre las diferentes cosas de un conjunto.”).

(*) Un interesante análisis sobre esta apreciación lo he encontrado en el libro «Sapiens. De animales a dioses», de Yuval Noah Harari.

Invertir no es lo complicado.

«Invertir no el lo complicado» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   En los últimos tiempos estoy compartiendo tiempo con un grupo de personas que acaban de empezar a invertir. Su acercamiento al mundo de la inversión tiene un comienzo discreto y siguiendo los que por aquí predicamos, han empezado sacrificando una noche de tapeo. Poco a poco van interiorizando qué es esto, en qué consiste y, sobre todo, por qué tenían una concepción previa (infundada y equivocada) del mundo de las finanzas personales.

   A medida que pasa el tiempo, muchas de sus dudas se van disipando. Pero entonces se ven en que tienen que combatir el “reverso tenebroso” de la impaciencia.

   Empezar poco a poco tiene la ventaja de que permite reflexionar mucho sobre lo que se está haciendo. Pero también la desventaja de que esa misma reflexión lleve a pensar por qué no se ha hecho nada antes, y eso es precisamente lo que genera esa sensación de tiempo perdido que hay que recuperar.

   Es curioso ver como poco a poco van desterrando tópicos que no saben a ciencia cierta cómo se instalaron en su mente:

  • Es arriesgado.
  • Hay que tener mucho dinero.
  • Es muy complicado.
  • Hay que dedicarle mucho tiempo y estar pendiente todo el día.

   Pero el tiempo pasa, y la ruina no llega, y el dinero fluctúa, y no resulta complicado ni hay que dedicarle tanto tiempo (aunque sí, lo miran –y sólo eso- a diario, a ver si sigue ahí, a ver si ha subido, a ver si ha bajado…)

   Y sigue pasando el tiempo, y poco a poco se pierde el interés… al fin y al cabo, sólo pasa eso, que la cotización fluctúa… Y ya no miran tanto. Pero casi sin darnos cuenta, toca volver a comprar. Y ese momento reactiva de nuevo todo el interés por la inversión.

  La experiencia me dice que una vez que se experimenta con dinero propio, en muy poco tiempo se cuestionan todas esas creencias y se pasa a ese segundo estado en el que predomina la sensación de haber perdido el tiempo. A la par, se recupera el interés por las matemáticas, y aparecen en la mente ese tipo de cálculos que nos engolfan la mente y nos proyectan a un futuro de abundancia (nada lejos de la paradisiaca playa lejana y el daiquiri)…

   Y sí, para llegar a eso hace falta mucho dinero, y mucha constancia, pero una vez dado el primer paso, el camino se ha comenzado. Y hay que gestionar la expectativa: porque pocos llegarán. Muy pocos. Casi ninguno. Es más, ni siquiera se trata de eso. En un viaje, no es el destino lo que importa. Es la experiencia. Es el viaje en sí.

Lo que realmente se tarda en interiorizar, y la verdadera dificultad de todo esto, más que todo lo que supone invertir (que eso al fin y al cabo es muy sencillo), es componer la ecuación para no hipotecar el presente por un futuro que no sabemos qué nos deparará. Ni siquiera si llegará, aunque esperemos que sí. Para guardar y gastar al mismo tiempo. Para ser comedido en los excesos (y no excesivo en los comedimiento, que –es una opinión- es mucho menos divertido), para poder llegar a ser solidario (siempre digo –medio en serio, medio en broma- que limpio mi conciencia inversora y capitalista con las aportaciones a las ONGs con las que colaboro), para poder despreocuparme por un imprevisto… o por dos…, para poder ser generoso, y a la vez prosperar. Todo, disfrutando el camino.

   Esa es la ecuación complicada.

Fondos de Inversión vs ETFs.

“Para el gusto se hicieron los colores”, y “sobre gustos no hay nada escrito”. En una estrategia de inversión indexada, una de las decisiones que deberemos tomar es qué vehículo de inversión utilizar. Así, se nos presentará la alternativa de realizar nuestra inversión a través de Fondos de Inversión o de ETFs.

Yo, personalmente, he optado por fondos de inversión, pero considero interesante poner negro sobre blanco algunos datos para facilitar esta elección a futuros inversores.

Antes de nada, creo también oportuno establecer unas reglas del juego homogéneas, para que ambos tipos de activos sean comparables sobre el mismo “terreno de juego”: nuestro enfoque inversor es el de crear una cartera indexada, con diversificación global, y sobre la que realizar aportaciones periódicas. El objetivo de la inversión es realizar estas aportaciones hasta el momento de la jubilación, en el que la cartera tendrá que empezar a devolvernos el fruto de nuestra inversión aderezado con la constancia que hayamos sido capaces de mantener.

Tanto los fondos de inversión indexados como los ETFs indexados, son Instrumentos de inversión colectiva: básicamente son productos que compran acciones del mercado y las “empaquetan” para poder ser comercializadas de una manera sencilla vía participaciones. Así, comprando una participación (o una fracción), el inversor comprará todas las acciones que el fondo o ETF contenga. Para el caso que nos ocupa, concretamente estamos refiriéndonos a Fondos de Inversión y ETFs indexados, es decir, los que “empaquetan” todas las acciones que componen un índice (como por ejemplo el SP500, que contiene acciones de las 500 empresas con mayor capitalización de EEUU).

Tanto fondos de Inversión como ETFs pueden ser de distribución (reparten dividendo periódicamente) o de acumulación (el dividendo pasa a formar parte del patrimonio del fondo, incrementando su valor).

Hasta aquí, todo funciona de manera similar. Vayamos ahora con las características en las que ambos productos difieren:

Los fondos de inversión indexados no tienen una cotización en tiempo real y no se pueden comprar y vender directamente en el mercado. En su lugar tienen un valor liquidativo que se genera con las cotizaciones de la sesión, pero que se determina al final de la misma. Esto obliga a que la compra y venta de las participaciones no pueda ser inmediata, sino que hay que esperar a que se determine el valor liquidativo de la sesión para poder realizar la operación. Comprar o vender un fondo de inversión suele llevar un par de días de espera, desde que damos la orden hasta que ésta se ejecuta.

Los ETFs, sin embargo, sí cotizan en tiempo real, se compran y venden igual que las acciones ordinarias, durante la sesión de mercado. Su cotización fluctúa durante la sesión bursátil, y el precio de compraventa del ETF vendrá determinado por el momento en el que se lance la orden al mercado. No hay que esperar al valor liquidativo.

Ambos instrumentos de inversión tienen sus comisiones: en el caso de los fondos indexados, no se cobra por la operación de suscripción (compra) o reembolso (venta), sino que lo que se paga es una comisión por todo el servicio y gestión. Esta comisión oscila bastante de unos fondos a otros, pero en el caso de los fondos indexados no suele ser demasiado elevada (entre un 0,25% y un 0, 85% anual). Al conjunto de comisiones que soporta el fondo se denomina TER (Total Expense Ratio)

Los ETFs, además del TER (que suele ser ligeramente más barato que el de los fondos), dado que se negocian como las acciones, generan comisiones por cada operación de compra o venta que se realice.

Pero la diferencia más relevante que debe destacarse entre un fondo de inversión indexado y un ETF indexado, inclina la balanza hacia estos últimos, ya que desde un punto de vista matemático, los ETF reflejan mucho mejor lo que el término “indexado” significa, ya que replican su índice de referencia mucho más fielmente que los fondos indexados. Esto se debe a que los fondos de inversión siempre deben conservar una parte de su patrimonio en forma de liquidez, para poder responder a aquellos inversores que en un momento dado decidan recuperar su inversión. Si el fondo no tuviese un % de liquidez, habría que deshacer posiciones del mismo para cubrir esta demanda, y eso penalizaría al resto de inversores del fondo. Así, ese % de liquidez que los fondos tienen, hacen que la réplica de su índice de referencia no sea exacta. Y normalmente, el resultado de los fondos indexados es ligeramente peor que el del índice al que replican.

Sólo por esto, yo tendría claro que la inversión con ETFs es más precisa. Pero en determinados países, como por ejemplo España, la legislación es más benévola con los fondos de inversión que con los ETFs, y esto, en mi opinión, es determinante a la hora de escoger estos para mi cartera de inversión: los fondos de inversión, a diferencia de los ETFs, pueden traspasarse. Esto significa que yo puedo realizar “intercambios” de dinero entre ellos con dos beneficios importantes: por un lado la comodidad de realizar el traspaso de forma directa y con sólo una operación entre un fondo origen y un fondo destino (para el caso de los ETFs, tendía que vender del origen para luego comprar el ETF destino, con las comisiones por cada una de estas operaciones). Por otro lado, y este es el punto más importante, la operación de traspaso no tiene la misma consideración fiscal que una venta y posterior compra. Es decir: la operativa con ETFs, además de las comisiones de compra y venta, consolida un beneficio o pérdida patrimonial que resultará en el correspondiente impacto fiscal, que en caso de materializar un beneficio, nos obligará a pasar por caja en hacienda.

Con fondos, esto no sucede. El traspaso, es transparente para hacienda, no consolida beneficio o pérdida, y por tanto no tributa.

Así, en una estrategia en la que se apliquen rebalanceos, esta ventaja de los fondos sobre los ETFs es un factor definitivo. Poder traspasar el dinero de un fondo a otro sin tener que tributar por ello, es una ventaja importante, sobre todo cuando la cartera tiene determinada envergadura. En mi cartera “Bogleheads”, realizo rebalanceos anuales en el que ajusto los porcentajes de renta variable y fija según mi edad, pero también cuando un fondo se dispara (por arriba o por abajo) más de un 5% con respecto a la situación de partida anual que tengo fijada…  (Este sencillo mecanismo obra automáticamente la baza ganadora en este negocio: vende caro y compra barato… Si un fondo sube más de ese 5% que tengo fijado anualmente, rebalanceo todo el sistema para nivelarlo, traspasando de los fondos que más suben a los que menos lo han hecho o hayan perdido, y lo mismo cuando un fondo se desploma ese 5%). No tener que tributar ni pagar comisiones de compraventa por estos movimientos, en mi opinión, compensa ese pequeño desfase de cotización con respecto al índice de referencia existente en los fondos de inversión y del que no adolecen los ETFs.

  Pero como he comentado al principio de la entrada, “para el gusto se hicieron los colores”, y “sobre gustos no hay nada escrito”. Sobre este asunto solo puedo dar mi humilde opinión, siempre cuestionable. Pero no os quede la menor duda de que si tienes Fondos o ETFs Indexados y has llegado leyendo hasta aquí… ¡estás un poco más cerca de tocar la (f)independencia!

Vidas paralelas.

«Vidas paralelas» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen (con permiso de Plutarco).


Si eres joven es muy probable que no sepas los grandes tesoros a los que puedes acceder. El primer tesoro, además, viene de serie: es la propia juventud…. ¡divino tesoro! Paradójicamente, esto se entiende con la edad. Pero hay otro gran tesoro del que precisamente la juventud nos ciega: el disponer de la experiencia de los que ya antes han habitado el mundo. Los que estaban antes, los que ya han pasado por aquí. Poder apelar a esa experiencia es efectivamente un enorme tesoro…

Me voy a inventar la vida de dos personas, a las que familiarmente llamare Peter y Paul. Ambos nacieron en sendas familias de clase media, al inicio de la década de os 70. Siendo vecinos, fueron al mismo colegio, compartieron esos maravillosos años y después del colegio accedieron a la universidad. Ambos terminaron sus estudios y se lanzaron al mundo laboral.

Ambos encontraron el mismo trabajo, por el mismo sueldo y condiciones y ambos encontraron una chica de clase media con la que se casaron y tuvieron dos estupendos hijos.

Ambos, con ayuda de sus mujeres, sacaron sus familias adelante y pudieron proveer a sus hijos de una educación similar a la que ellos tuvieron. Ambos recorrieron el camino de la vida como amigos y casualmente ambos morirán en 2059, con 88 años.

Son dos vidas paralelas de ficción, pero si lo pensamos bien, no dista mucho de lo que haya podido pasar con muchos compañeros de colegio de una época de “baby boom”.

Pero Peter y Paul, aparentemente iguales, gestionaron su vida de una manera muy distinta: Peter vivió una vida convencional, mientras que Paul apeló a la experiencia de sus mayores y en base a lo que aprendió, pudo tomar decisiones que afectaron muy directamente en su vida.

 Mientras que Peter fluía con la multitud, Paul tuvo se preocupó por gestionar su vida… y en algún momento de su juventud empezó a interesarse por la educación financiera. Unos pocos libros y una conexión a internet le permitieron ahondar en su conocimiento.

Y así, aunque ambos comenzaron cobrando 1000€ netos cuando se incorporaron al mercado laboral con 24 años, cómo gestionaron el dinero fue clave en sus vidas.

Peter siempre quiso ahorrar y todos los meses se hacía el firme propósito de guardar lo que le sobrase a fin de mes. Paul, sistemáticamente comenzó a guardar nada más cobrar la nómina una pequeña parte. Poca. Muy poca, porque con un sueldo mileurista tampoco se podía hacer demasiado. Con 24 años ambos tenían muy claro que además de trabajar, hay que vivir la vida. Invertir 80€ cada mes le pareció una cantidad lo suficientemente razonable como para que pasase desapercibida.

Tras siete años de aprendizaje y trabajo, Peter y Paul tuvieron la misma oportunidad de cambiar de trabajo y prosperar. Con 31 años, su sueldo pasó de 12000€ netos a 18000€. Por fin podían plantearse una mejora en sus vidas. La idea de poder comprar un coche o meterse en un piso empezó a desplazar a la de salir los fines de semana…

Para entonces, Peter ya había descubierto que ahorrar a fin de mes funcionaba bastante mal… pero al fin y al cabo, él era prudente y no envidiaba demasiado tener tarjeta de crédito. Ganaba poco, pero era prudente y no quería caer en excesos. Ya llegaría su momento.

Paul, simplemente no hizo nada. Continuó mes a mes con su aportación, y cuando el aumento llegó, sólo incrementó la cuantía de su ahorro. Pasó de invertir 80€ a poner 120€. No ganaba mucho dinero, pero los algo más de 7500€ que tenía invertidos por aquel entonces le parecían todo un logro… conseguido sin apenas darse cuenta.

A los 35, ambos tomaron la decisión d casarse y meterse en comprar un piso. En pareja, todos con trabajo, las cuentas salían mejor, y aunque la vivienda era cara, un piso siempre es una inversión. Un coche pequeño, aunque de segunda mano, también fue posible. Poco después llegarían los hijos… y una vez más el sueldo nunca dio para más.

Con 40 años, ambos recibieron juntos la noticia de un nuevo aumento. Muy necesario, pero justo también: 23000€ netos como recompensa a una trayectoria profesional que la empresa reconocía. Y una vez más, Peter se planteó hacer algo, porque no podía ser que después de tantos años el dinero a fin de mes se esfumase siempre… Y Paul, sólo pudo incrementar su inversión 30€ al mes: de 120€ a 150€. Con 40 años, muy consciente de que jamás sería rico, los 28000€ que tenía invertidos le animaban a seguir con su sencillísimo camino a seguir.

Así, llegamos hasta hoy. Peter y Paul, viven entre nosotros… tal vez hayamos coincidido con ellos en el metro o en cualquier otro lugar. Pero la magia de la escritura nos permite hacer un avance rápido de sus vidas.

Los 50 años los celebrarán por todo lo alto y con el que será el último aumento de sueldo de su vida laboral. Poco más de 2000€ netos para lidiar con hijos adolescentes, una casa por terminar de pagar, y otro coche también comprado de segunda mano… y los gastos… gastos de todo tipo… luz, agua, gas, ropa, algún capricho, alguna escapada, regalos de navidad, etc., etc.

A Peter, el ahorro nunca le dará tregua: poder disponer del dinero rápidamente será una maldición en un mundo de comercio electrónico lleno de gangas, vuelos “low cost” y suscripciones para todo (tv, música, juegos de consola, almacenamiento en la nube, mantenimiento de electrodomésticos…)

Para Paul, exactamente igual, pero lo conseguirá sólo con lo que resta de quitar a los 1900€ que a él le quedarán al mes tras su inversión y los gastos de los niños, de la hipoteca, del coche…  Pero una vez más, incrementará 20€, hasta los 170€ la aportación mensual a su inversión. Su cartera, en este momento pasará de los 64000€.

Corre el año 2039.

Peter y Paul se jubilarán con 67 años. Dos años antes ambos habrán terminado de pagar la hipoteca. Afortunadamente, porque la pensión no será capaz de soportarla.

Después de 44 años de duro trabajo y cotizaciones… el baño de realidad empañará el futuro de sus venideros “años dorados”: la prestación que empezarían a recibir apenas será la cuarta parte de su último salario… De su poder adquisitivo, mejor ni hablar.

Peter no podrá más que llevar una economía de subsistencia. El resto de su vida será como siempre: un hacer lo mismo que los demás… pero ahora con las limitaciones de ser un pensionista “puro y duro”, como todos, al fin y al cabo. El plan de pensiones que inició cuando tenía 50 años, demasiado tarde, se revelará del todo insuficiente…

Paul, será de esos “afortunados” que podrá completar su pensión con los rendimientos de la cartera que tantos años le costó construir. Años, que no esfuerzo económico, porque lo que fue poniendo mes a mes ni siquiera supuso un 10% de lo que ganaba. Aun así, la cartera le proporcionará tanto como la pensión. Es decir, Paul cobrará al mes el doble que Peter.

Y morirán, ambos, con 88 años. Peter dejará a su familia el legado material de toda una vida: una casa pagada, un viejo coche y mil objetos sin más valor que el sentimental.

Paul, exactamente igual, pero con una cartera de unos 165.000€ para sus herederos, que si siguen sus mismos pasos serán, ellos sí, ricos.

F I N

   Lo que pretende este texto es hacer reflexionar a los más jóvenes (y a los que se aproximen al mundo de la inversión por primera vez) sobre la importancia de tener y ejecutar un plan. Sobre el valor que hay que conceder al tiempo más que a la “cantidad”. Sobre lo que podrá pasar en el largo plazo con pequeños ajustes (¿y si en vez del 0,8% de ahorro hubiese sido del 0,9% o del 1%?, ¿y si se hubiese empezado a invertir un par de años antes?, ¿y si en lugar de comprar la casa, se hubiese alquilado e invertido la diferencia?¿y si estando de alquiler también se hubiesen invertido los costes de mantenimiento que generaría una casa en propiedad?…).

En muchos textos sobre independencia financiera normalmente suelen compararse universos diferentes: el “súper dilapidador” vs el “homo frugalis” más extremo… Este texto, simplemente trata de poner un poco más de sensatez a esa odiosa comparación tan recurrente… sin entrar a valorar si la que éste texto cuenta deja de ser, también, bastante odiosa… 😉


Nota: Para está ficción se han realizado los cálculos con la cifras que se exponen y algunos otros datos. A saber: se ha presupuesto un dato medio de retorno de los mercados del 4% (inferior al real) y se cuenta con que siempre se han reinvertido los rendimientos de un año en el año siguiente. La tasa de inversión de Paul ha sido siempre del 0,8% de su ingreso neto. Tanto Peter como Paul han cobrado siempre lo mismo y han tenido los mismos aumentos de salario.

Diseccionando mi cartera «Bogleheads».

«Diseccionando mi cartera Bogleheads» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


De todas las inversiones que he realizado durante mi vida, sin ninguna duda me quedo con mi cartera “Bogleheads”. Para os que no estén familiarizados con ella, os la presentaré diciendo que está compuesta por varios fondos indexados, estructurada en dos bloques (unos de renta variable y otro de renta fija) que quedan ponderados según mi edad y con distribución global (también ponderada según la madurez del mercado).

   Suena complicadísimo. Pero nada más lejos de la realidad. Vamos al detalle.

   Tal como he dicho, la cartera tiene dos partes: una de Renta Fija y otra de Renta Variable, y el % de inversión en cada una depende de mi edad. Concretamente mi cartera contiene un porcentaje de 110 – mi edad en Renta Variable y el resto en Renta Fija. Esto quiere decir que en el momento de escribir este artículo, mi cartera tiene un 64% en Renta Variable y un 36% en Renta Fija. Sí, soy así de Joven… 😛

   La parte de Renta Fija tiene como objetivo ir creciendo a medida que me hago mayor. Poco a poco, al mismo ritmo al que yo cumplo años. Esto es así, porque no quiero sorpresas cuando tenga que recuperar mi inversión. Si soy purista y mantengo este esquema de inversión hasta la edad de jubilación (actualmente fijada en 67 años), al final de mi vida laboral, la cartera tendría un 57% en Renta Fija, que fluctúa relativamente poco. Así, si para cuando llegue el día de mi jubilación, la mayoría de mi inversión estará distribuida en forma de Renta Fija, y aunque haya una gran crisis, podré rescatar mi dinero sin sobresaltos.

   La otra parte, la de Renta Variable, tiene por objetivo hacer crecer la inversión, darle “vida” a la cartera. Es la contrapartida de la Renta Fija. Mientras soy joven, aprovecha todo el potencial de crecimiento de los mercados. Y a medida que me hago mayor, va descargando su responsabilidad sobre la parte de Renta Fija, para “consolidar” su trabajo.

   En mi caso, creo que no seguiré esta norma de distribución entre Renta Fija y Renta Variable a pies juntillas, porque la esperanza de vida de los tiempos que corren es lo suficientemente elevada como para que la cartera necesite un mínimo de alegría constantemente (en mi opinión, creo que me quedaré con un mínimo del 40% en Renta Variable, independientemente de los años que cumpla). Lo cuento aquí.

En resumen: mi cartera “Bogleheads ” tiene 110- mi edad (64%) en Renta Variable, y el resto en Renta fija (36%).

Cada una de estas partes está compuesta por varios fondos indexados. Concretamente tengo un total de 6 fondos indexados: 2 fondos de renta fija, y otros 4 de renta variable.

Con esto logro una gran diversificación. Tanto de activos (6 fondos diferentes), como geográfica (Europa, EEUU, Asia/Pacífico y países emergentes), como de valores (cada fondo, como veremos, contiene infinidad de acciones). Además, utilizo dos gestoras diferentes (Amundi y Pictet), para darle un giro de tuerca más a la diversificación.

Es interesante observar que para la parte de renta variable, los fondos no están distribuidos equitativamente (si así fuera, cada uno de ellos tendría un peso del 16’5%), sino que lo hacen teniendo en cuenta la madurez del mercado al que están indexados. Es decir: los mercados de EEUU y Europa tienen más peso (22%) que Asia/Pacífico y Emergentes (10%). Con esto, se consigue reducir “brusquedad” a las fluctuaciones de la cartera, ya que los mercados más maduros tienden a tener movimientos más suaves que los menos maduros.

Para profundizar un poco más en esta “autopsia”, pasaré a resumir el contenido de cada uno de estos fondos y así tratar de dar una idea de cómo se distribuye cada euro que invertimos en ellos.

Mi cartera, en el momento de escribir esta entrada, distribuye mi inversión en más de 3300 activos (entre acciones y obligaciones) distribuidos por todo lo largo y ancho del mundo. Y esos activos, además, son de una calidad excelente (porque los índices se quedan con lo mejor de cada mercado y van expulsando automáticamente los valores que por lo que sea dejan de tener capitalización). Así, una parte de cada €uro que invierto va a empresas como Alphabet (Google), como Alibaba, como Samsung, como Johnson & Johnson, como Nestlé… y así, hasta las más de 3300 que contienen estos fondos. Empresas de Suiza, Reino Unido, Francia, Italia, EEUU, China, Corea, Sudáfrica, Taiwán… De servicios financieros, salud, industria, consumo, tecnología, inmobiliarias… 

Esto sí es diversificar.

Con 6 fondos, obtengo todo este maremágnum de activos, que además tienen la maravillosa virtud de funcionar automáticamente: cada año (o si el valor de uno de ellos se dispara más de un 5% con respecto al % del peso que corresponde según mi edad), el 7 de Noviembre (día de San Ernesto), rebalanceo la cartera para hacer una aportación y volver a actualizar los porcentajes. Y resulta que ese rebalanceo hace algo maravilloso: traspasa importes desde los fondos que más se han revalorizado hacia los que se hayan depreciado (o revalorizado menos). Es decir, cumplen la máxima ganadora del mercado: “vende caro y compra barato”.

Y todavía hay más: estos fondos son activos fiscalmente eficientes. Al ser fondos de acumulación (los dividendos no se reparten, sino que pasan a formar parte del patrimonio del fondo) no hay que tributar por este concepto. Y a esto también hay que añadir la ventaja que supone el poder realizar traspasos entre ellos también sin peaje fiscal. Así, tampoco hay que tributar por los rebalanceos, que me permiten consolidar beneficios sin tener que pasar por caja (este es un punto muy favorable a favor de la inversión en fondos frente a otros vehículos de inversión como los ETFs).  Resumiendo: toda una vida para aportar sin tener que rendir cuentas a hacienda. Y cuando el sistema tenga que aportarnos a nosotros, entonces sí, habrá que pasar por caja, pero sólo por los beneficios (y por esto, los planes de Pensiones, son un auténtico timo, porque tributarán también por la aportación realizada. Esto se resume en que todo lo que ahora te venden como desgravación y ventaja, se vuelve en tu contra a la hora de rescatar el plan. La desgravación debería llamarse “diferimiento”, porque no es otra cosa: todo lo que te estás “desgravándote” ahora… te lo van a “gravar” después. Y a pagar tocará. Yo, sinceramente, prefiero ahorrarme este tipo de sorpresas en el futuro).

   Por todo esto, una cartera “Bogleheads” es una muy buena idea de inversión:

  • Porque no es cara de mantener: los fondos indexados que la componen generalmente no soportan comisiones elevadas. Insto a que comparéis las comisiones de estos fondos indexados con las mínimas comisiones de las que presumen algunas entidades.
  • Porque es una cartera muy bien diversificada: por gestoras, por países, por distribución RF/RV, por ponderación, por activos subyacentes… ¡por todo!
  • Porque funciona de forma automática: no hay que andar pensando en “momentos de mercado”, ni en si algo está barato o caro. La propia cartera, mediante el rebalanceo, realiza este trabajo.  
  • Porque es fiscalmente eficiente: no tributaré nada de nada hasta el momento en que empiece a retirar dinero. Ni por las aportaciones, ni por los traspasos, ni por los dividendos que pasan a formar parte del patrimonio de los fondos. Tributaré cuando cobre. Y sólo por el beneficio.
  • Porque puede adaptarse a cada uno como un traje a medida: yo he buscado un modelo que funciona en modo «piloto automático», pero la cartera puede adaptarse a la edad de cada uno, al riesgo que se quiera asumir, variar la ponderación de la madurez de los mercados, incluir otros fondos con un pequeño porcentaje de inversión en mercados que nos gusten (robótica, orientados al envejecimiento de la población, etc.), realizar aportaciones con más o menos periodicidad, variar los criterios de rebalanceo…
  • Porque es sencillísima de crear y operar. Unos pocos fondos… ¡y ya está!
  • Y porque como decía John C. Bogle, pone “sentido común” a la inversión.

Muchas gracias Jack Bogle.

John C. Bogle. (1929 – 2019)

El pasado 16 de Enero murió John C. Bogle, fundador de Vanguard Group y padre de la inversión pasiva.

Las enseñanzas de su libro «Common Sense on Mutual Funds» son una parte fundamental de la base sobre la que se apoya la filosofía inversora de (f)independencia. También las de su libro «Enough», más personal.

Te debemos muchísimo, John.

Desde aquí, ¡gracias por todo!


¿De qué crees que te vas a arrepentir dentro de 10 años?

Antes de nada…¡Feliz año nuevo!

Empiezo 2019 con este “regalo” para meditar… 

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Vaya preguntita.

He de reconocer que no es mía. Pero cuando me la formularon me sentí bastante incómodo…

Creo que es una pregunta con la que probablemente no se reaccionará igual a los 20, a los 30, a los 40 o a los 50…

Pero eso… ¿te has parado a pensar de qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Curioso: al final resulta que nos arrepentimos mucho más de lo que NO hemos hecho que de cualquier otra cosa.

Tengo que reconocer que esta entrada es un poco oportunista: aprovecha el comienzo de año (esas fechas que se inundan de fenomenales propósitos) para plantear una duda y provocar una reacción…

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?

Párate a pensar: puede ser que ya te estés arrepintiendo de lo que no hiciste hace diez años… ese viaje que dejaste escapar, esa llamada que podría haber puesto las cosas en su sitio, esa amistad que dejaste escapar, esa locura que al fin y al cabo no era tan loca y no llegó nunca a ser sólo por el qué dirán…

Pero también, tal vez ahora hablarías mejor inglés… o en vez de haberte comprado aquel capricho dispondrías ahora de ese dinerillo que te vendría tan bien…

Yo empecé a invertir hace ya bastante tiempo. Pero el día que entendí cómo funcionaba todo esto, podéis creeros que me tiré de los pelos por no haber empezado mucho, muchísimo antes.

Hablar ahora de lo que no se hizo en el pasado es como el discurso del “analisto” financiero de turno explicando la debacle la compañía X, que estaba clarísimo que iba a la bancarrota pero que nadie lo vió. Tal vez ese curso que no hicimos, requería robar algunas horas al sueño. Ese cambio profesional dependía de ello, pero claro, había que ponerse manos a la obra.

Afortunadamente, tenemos una nueva oportunidad. Podemos trazar un nuevo plan. Diseñar un futuro con variaciones sobre lo que no espera si seguimos igual. Diez años es tiempo más que suficiente para dominar un nuevo idioma, o una afición, para ahorrar y hacer ese viaje, o para crear un pequeño patrimonio

– ¿De qué te arrepentirás dentro de 10 años?.

Haz un plan. Síguelo. Trabaja en él.

No es complicado. En la mayoría de los casos, una vez exista el plan, “sólo” requerirá constancia.

«Los primeros pasos no te llevan donde quieres ir, pero te sacan de donde quieres salir».

Empieza a diseñarlo HOY.

«Algún día» nunca llega.

«Algún día nunca llega» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


El otro día escuché una frase de esas que hacen girar la cabeza: dos personas hablaban de cómo ejecutar un proyecto. Y uno de ellos dijo: “Debemos esperar el momento adecuado”.

Si la frase hubiese terminado allí, sería otra de tantas declaraciones de intenciones supeditadas a que pasase algo ajeno al proyecto que indicase que “el momento ha llegado”. Pero la conversación continuó…

  • “Debemos esperar el momento adecuado… o crearlo.”

¡Toma ya! Eso es otra cosa. Me gusta tanto que lo voy a repetir:  “Debemos esperar el momento adecuado… o crearlo”.

No pude oír más. Pero la reflexión fue inevitable (tanto que hoy la plasmo por aquí). La afirmación refleja una manera de enfrentarse a la vida que yo he entendido como una gran lección. De hecho, creo que los habituales que se pasean por aquí, la hemos asumido sin darnos cuenta. El mejor momento (para iniciar cualquier cosa) es probable que nunca llegue. Y en esa tesitura, la manera de actuar puede ser de dos formas:

  • Esperar indefinidamente (con la frustración, el desasosiego y la sensación de los días… los meses y los años que pasan… sin el esperado cambio)

“Y se me escapa la vida,

ganando velocidad,

como piedra en su caída”.

(Jorge Guillén)

  • Esperar lo justo… y, llegado el día, cambiar el plan para crear ese escenario que no termina de llegar.

Para esto una vez más, hay que quitar ambigüedad al asunto. ¿Qué es necesario para poder arrancar? Siempre he dicho que “la ambigüedad mata los proyectos”. Y estoy absolutamente convencido de ello. No es lo mismo decir “no tengo dinero”, que “necesito 20.000€ para llevarlo a cabo”. Esta segunda frase cambia directamente el contexto. Para empezar, no es una negación, sino una afirmación, y para continuar, concreta una cantidad que puede convertirse en un reto a alcanzar. Y si somos capaces de volver el proceso de “desambiguación” recursivo, lo siguiente es preguntarse ¿cómo voy a conseguir esos 20.000€?… y ¿cuánto voy a tardar?. Lo fácil es endeudarse. Pero eso ya es cosa de cada uno…

De nuevo, hacerse preguntas debería acudir en nuestra ayuda: en caso de fracaso, ¿podrías soportar el pago de la deuda?… o ¿no sería mejor rebajar el importe a pedir prestado para tener un mayor margen de seguridad?. ¿Si ahorro/invierto X tiempo puedo llegar a tener esos 20.000€?… No sé cómo lo veis vosotros, pero este segundo escenario me proporciona una dosis de realidad con la que trabajar, con la que por lo menos intentar algo. Un punto de partida y un objetivo…. En el momento que demos el primer paso, habremos dejado de esperar y habremos empezado a crear ese momento adecuado. Podemos tardar un año o tres. Pero estamos en el camino. Y una vez en el camino, tal vez percibamos que el destino, después de todo, no es la recompensa, sino que también puede disfrutarse el camino.

Y todo esto encaja mucho más con la realidad: las cosas pasan… pero a veces es necesario dejar de esperar y hacer algo para que pasen, porque como cantaba la “Creedence”… “Someday never comes”. (¡Qué temazo!).

En muchas ocasiones siento envidia.

«En muchas ocasiones siento envidia» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Creo que ya ha quedado escrito en una de estas páginas nuestra manera de pensar sobre la propiedad: aquí, “lo que es tuyo es tuyo, y lo que es de todos no es de nadie”. Esto, en contraposición a los países nórdicos, donde “lo que es tuyo es tuyo y lo que es de todos también es tuyo”, nos hace un flaco favor.

Esta forma de pensar, inunda todo lo que la rodea. Se cuela en nuestra vida cotidiana por cada resquicio. Así, el mobiliario público se vandaliza, metiéndonos a todos en una rueda de pagar excesivos costes de mantenimiento por todo. No se respetan vagones de metro y autobuses, ni bicicletas públicas. Ni marquesinas de autobuses. Nada del mobiliario urbano. Ni siquiera se respetan las más elementales normas de convivencia: las calles están sucias, se deterioran… No nos damos cuenta de lo caro que nos sale pensar así.

Me da la impresión de que aunque tengamos casos de éxito donde mirar… de dónde copiar… no aprendemos…. No queremos aprender.

Me llevo el ejemplo también a la política: parece que los presupuestos, pagados a l final entre todos, más que ser lo que son, se convierten en una arma política… un juguete en manos que ya no dudo ni un ápice que no son las más adecuadas. Esos presupuestos también son nuestros. Y con eso no se juega. Parece que no nos damos cuenta, pero la política pone a su merced todo lo que toca: los presupuestos… pero también los planes de pensiones, la seguridad social, la educación… Se negocia sobre nuestros derechos… pero como si no fueran nuestros individualmente. Como son para todos, no son para nadie… y así se prestan al menudeo. Al vandalismo.

Y así nos cuestan lo que nos cuestan. Mantener ese “vandalismo” nos sale carísimo. Pero ahí seguimos, como espectadores de una “pachanga” en la que la pelota son nuestros derechos. Un espectáculo lamentable, con un público pasivo y, de alguna forma, anestesiado.

Lo más grave, es que encima, una vez depositado nuestro voto en la urna, los “jugadores”, hacen exactamente lo mismo con sus responsabilidades: el voto de todos se convierte en el de nadie, y entonces ya vale todo: donde dije “digo”, digo “Diego”… y aquí no pasa nada. La responsabilidad de los políticos debería ser casi sagrada. Un cargo electo asume la enorme responsabilidad de representar a todos sus votantes. Y debe hacerlo impecablemente.

Envidio cosas como esta:

El parlamentario británico dimite por llegar unos minutos tarde y no estar presente en el momento en que tenía que responder a una consulta. Una respuesta que lleva detrás el voto y confianza de miles y miles de personas. Representar a miles de personas es una responsabilidad muy grande. (¿Llegarías tú tarde a la hora de cobrar «el Gordo» para tus compañeros?… Seguro que no. También es una responsabilidad muy grande… pero ínfima al lado de la que ostenta cualquier cargo público. Y los presupuestos del estado seguro que llevan muchos más ceros que el premio de la lotería…).

Esto pasa en otras partes del mundo mientras nuestros políticos juegan con el móvil en el congreso.

Al final, nosotros somos en parte culpables: culpables por lo menos de aceptar las cosas como son… y no hacer nada por transformarlas en lo que deberían ser. Por asumir que los políticos, sólo por serlo, pueden hacer lo que les venga en gana, en lugar de representarnos, que es para lo que realmente están.

De lo que nos cuesta, ya hablaré en otra ocasión.

 

Con los números en nuestra contra.

«Con los números en nuestra contra» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


En alguna ocasión he mencionado por aquí que en el mundillo de los buscadores de independencia financiera hay un factor determinante que eleva las probabilidades de su éxito: el convencimiento.

Yo lo tengo. Pero siendo racional, llego a la conclusión de que sólo ese convencimiento no es suficiente para sacar adelante el plan. Además, hace falta un poco de conocimiento (muy poco), mucha determinación, y sobre todo, eliminar el “ruido del ambiente” que trata de apartarnos de nuestro plan, o de viciarlo…

Algunos números no nos dan la razón: por ejemplo, es bastante desolador ver que si una inversión de 1000€ sube un 10% para caer luego otro 10%… nos deja peor que al principio. Los primeros 1000€, tras la subida, sumarían 1100€, pero con la bajada… se quedarían en 990€. Y si le damos la vuelta al escenario, tampoco salimos muy bien parados: si perdemos un 10% y luego lo volvemos a ganar… también salimos mal: los 1000€ iniciales se quedarían en 900€ y tras la subida se quedarían en 990€. ¡Vaya plan, oiga!

Y luego, está la erosión que suponen las comisiones de compraventa de activos, por un lado, y la voracidad recaudatoria del estado, que sólo si ganas quiere participar de la “fiesta”…

Pero aun así, algunos (no demasiados), exprimimos los números, trazamos un plan viable, y nos atamos a él cuando todas las señales indican que lo contrario es más prudente… y que el camino es demasiado largo y frágil como para que todo salga medianamente bien. Pero ahí seguimos.

Para dar un poco más de emoción al asunto, el “terreno” sobre el que nos movemos, tampoco es demasiado favorable… Comisiones, inflación, volatilidad… y un nada cierto que hace que cualquiera sin ese convencimiento y determinación nos mire como fuéramos locos. Eso, y lo que yo denomino el “ruido del ambiente”, que no es más que la infinidad de señales que se generan cada día… y que al final, poco o ningún fundamento tienen, porque en el corto plazo, nadie sabe qué va a pasar. Así, la prensa salmón y muchos blogs especializados en finanzas… no ayuda demasiado, presentando noticias (y en ocasiones augurios) que luego no tienen un reflejo real en el mercado. Siempre justificando con datos pasados por qué tal o cual escenario no se materializó…

También las personas, que nos persuaden de invertir. Muchas sin ni siquiera haber invertido un solo €uro en su vida más allá de una cuenta de colores con una “alta rentabilidad”, que dejó de ser tan alta (e incluso tan rentabilidad, si se tiene en cuenta la inflación) hace ya bastantes años. O con le vertiente de vernos como tahúres que nos jugamos los haberes en un casino global en el que estamos todos condenados a perder. O tratando de alejarnos del “maligno” mundo de las empresas, que es verdad que algunas tienen un “reverso tenebroso”, pero muchas, muchas otras generan empleo, tienen labor social, prestan servicios o crean productos que nos hacen la vida mejor. O contándonos la experiencia de Zutano, ese que contraviniendo toda lógica inversora puso todos sus huevos en el mismo saco y se arruinó en un periquete… (tal vez porque la historia de Mengano, que se tiró veintitantos años invirtiendo poco a poco, sin prisa pero sin pausa, y con un pelín de lógica resulta bastante menos sensacionalista…)

Sin duda alguna, ser inversor es lo peor. Pero ahí seguimos.

Con todo esto encima de la mesa y en nuestra contra… ¿por qué unos pocos seguimos convencidos de que la inversión mejora sustancialmente nuestras vidas?…

¿Por qué?

Yo puedo dar una razón… o, mejor dicho, una simple opinión: con todos esos números en nuestra contra, hay uno que nos permite apoyarnos en él: el mundo crece. La población aumenta… Y consiguientemente, a un nivel global, consumimos más. Y tras ese consumo están las empresas. Y entre ellas, las cotizadas y todo el mundo de la inversión, que se mueve con ese trasfondo de crecimiento global. Lento pero constante.

Así, nuestro modelo inversor (por lo menos el mío) debe ser consecuente: lento, pero constante. Al fin y al cabo… tampoco puedo permitirme otra cosa 😉

Y con todo… a los inversores nos queda siempre esa incertidumbre de ¿qué pasará?…

Los matemáticos y los físicos, cuando un problema no llega a la solución exacta, tiran de trucos y formulan la solución dejando una pequeña parte sin resolver… implícita en la solución (ese diferencial de X de las integrales… que es lo que hace falta para llegar a un resultado coherente)…

Así que, como hacen los matemáticos y los físicos, determinaré que para tener éxito en la inversión, hay que tener un mínimo de conocimiento, convencimiento, determinación, constancia, y d(x)… o sea un puntito indeterminado de locura.


P.D.- La tesis del crecimiento global, mejor que yo la cuenta Paramés en su libro “Invirtiendo a largo plazo”. La idea de utilizar d(x), se la debo a una sobremesa con JPP y EADV, con los que aprendo mucho y de la manera más amena.