Te lo vas a comprar, aunque no te haga falta.

“Te lo vas a comprar, aunque no te haga falta” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Este mes, en una tertulia financiera, la conversación en un momento derivó hacia nuestros hábitos de consumo. Desde estas páginas siempre hemos “predicado” gestionar el gasto… con toda la dificultad que eso conlleva y aunque “gestionar el gasto”, como declaración de intenciones, puede sonar bastante sencillo, la ejecución de ésta declaración, es de hecho bastante compleja.

De un tiempo a esta parte, asistimos a una gran sofisticación de las herramientas de marketing, y las nuevas tendencias del comercio nos ponen muy difícil resistirnos a la tentación de convertirnos en auténticos “Compradictos”. Si nos paramos a reflexionar cómo ha evolucionado el marketing, veremos que en pocos años todo ha cambiado muchísimo.

Hace relativamente poco, éramos transeúntes por calles con vistosos escaparates. Salíamos a comprar. Primero en tiendas de barrio. Luego, empezaron a aparecer centros comerciales. Un “todo en uno” donde ahorrar tiempo, sin tener que desplazarnos de sitio a sitio. Todo un ahorro, ¡oiga!

Casi a la par, vendedores se presentaban por las casas ofreciendo algunos productos (la enciclopedia era un clásico)… y no tardaron en aparecer las primeras ventas por catálogo. ¡Que comodidad! ¡y sin salir de casa!

En un periquete, la publicidad inunda nuestras vidas… aunque no es demasiado selectiva. La televisión nos pone delante de los ojos atractivos productos y nuestros buzones de correo postal no han vivido mayor época de gloria. De cada cinco cartas, cuatro son maravillosas e irresistibles ofertas, ¡porque como nosotros no hay nadie!

Y aparece la web.

La publicidad empieza a dejar de ser “empujada” hacia nosotros. Ahora tenemos alguna capacidad de elección y podemos elegir qué escaparate mirar a golpe de URL. Así, a la publicidad que estamos casi obligados a consumir, añadimos una de consumo propio y voluntario… ¡por fin un poco de sensatez!¡oiga!

Y el correo en papel empieza a ceder espacio al correo electrónico, y poco a poco el “spam” (correo electrónico no deseado) se cuela en nuestras vidas. ¡menos mal que podemos filtrarlo!

Muy poco más tarde, la web ha evolucionado y los buscadores de internet nos plantan en los escaparates de lo que nos interesa mediante términos de búsqueda. Ya no hay un solo sitio donde mirar, la oferta es enorme. Y sin darnos cuenta empezamos a dejar un rastro digital muy apetecible para las marcas. Pero al fin y al cabo, buscamos cosas que nos interesan, así que si me ofertan esas cosas, todo va bien, ¿no?

Y sin darnos cuenta, nos plantamos en un escenario en el que ya estamos inmersos en una era de comercio digital: se compra y vende a través de la red, se crean departamentos de atención al cliente “online”, y comienza un nuevo tipo de comercio. La fidelización de clientes ya es un objetivo claro. El perfilado de clientes, la segmentación…

Y aparecen las redes sociales. Y con ellas, no solo navegamos, sino que además vamos contando qué hacemos, qué nos gusta, qué deseamos, quiénes son nuestros afines, dónde vamos, dónde comemos, qué nos ponemos… ¡somos protagonistas!

El siglo XXI ha llegado. Y para celebrarlo, inclinamos todos la cabeza hacia abajo, no como señal de respeto, sino para mirar nuestros teléfonos inteligentes. ¡Podemos hacer lo que queramos! ¡cuando queramos! ¡desde cualquier lugar!…

Estamos conectados. La mensajería online nos “acerca” a todos. Las noticias corren por la red y el tiempo se comprime. Todos tenemos millones de amigos, ¡y estamos a un doble check del último chiste!

Nuestros hábitos de consumo hace tiempo que han dejado de ser ningún secreto. Estamos fidelizados con miles de tarjetas de marcas, pero en contrapartida ¡qué de ofertas personalizadas recibimos!

Dos pequeños cambios más que nos alegran la existencia: la oferta que antes se hacía por margen, ahora se hace por volumen… y empezamos a ver montañas de calcetines… a ¡1€!… ¡¡¡me llevo 5!!!, muebles baratos casi de usar y tirar, y hacemos deporte súper súper equipados… y encima, nos lo ponen en casa… desde cualquier lugar del mundo.

El ying y el yang conviven en perfecta armonía: somos capaces de esperar casi un mes para esa baratija que viene de la mismísima China, y a la vez somos víctimas de la “inmidiotez” (el término es mío), y pagamos por tener el último gadget puesto en nuestra casa tan sólo dos horas después de haberlo pedido…

Nuestro perfil ya es único. ¡Qué lejos quedan los escaparates! A día de hoy, los grandes vendedores de internet ya saben cuál será nuestra próxima compra y cuando la haremos. El big data ha llegado, y con él una capacidad sin precedentes para darnos lo que nos gusta cuando nos gusta. ¡Cómo resistirse!

Y encima, con un botón de compra de un solo “click”, ¡qué inventazo!

Y la última vuelta de tuerca es convertir todo nuestro consumo en algo recurrente: si prestamos un servicio… ¡suscríbete! Da igual que sea para ver series, que para escuchar música… que para ahorrarte los gastos de envío o mantener en plena forma la caldera o la nevera… ¡suscríbete! ¡comodísimo!

Y lo mejor de todo: el futuro está por venir.

Hace tiempo se decía que “un tonto y su dinero no están mucho tiempo juntos”.

Hoy, con la (f)independencia en mente, debemos ser muy conscientes de que realmente resulta bastante complicado resistirse a todo esto. Complicado por no decir “casi imposible”.  Es muy probable que un listo y su dinero tampoco permanezcan demasiado tiempo juntos. Si no todo su dinero, por lo menos una parte nada desdeñable.

Ya dejamos por aquí alguna reflexión sobre el “Consumo responsable”… y para poder racionalizar ¿nuestro?(*) impulso comprador debemos plantearnos si ese impulso obedece a ese patrón que Emile H. Gauvreay define tan bien: “Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan”.

Con esto en la cabeza, paradójicamente voy a pedirte que te plantees realizar la única suscripción que puede jugar a favor de tu (f)independencia: date la oportunidad de generar un activo. Suscríbete… a un fondo de inversión. No te pongas excusas. No tiene por qué ser complicado. No más que cualquier suscripción que ya tengas… No caigas en la parálisis por análisis. Simplemente ¡hazlo!… y concédete ver qué pasa. Una inversión desastrosa es mejor que no invertir nada. Y a nada que pongas interés, y le dediques la centésima parte del tiempo que dedicas al comercio, estoy seguro de que darás con un fondo al que hacer una aportación periódica y que en el largo plazo se convierta en una contrapartida a tanto gasto.


(*) “nuestro” lo pongo entre interrogaciones porque creo sinceramente que hace tiempo que hemos perdido nuestra capacidad de control: hemos llegado a un punto en que el impulso comprador sólo se regula “por las malas”…).

La escala de valores.

La escala de valores” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Hubo una época en la que yo era joven e inexperto. Ahora, como el mundo ha evolucionado mucho y han aparecido muchas nuevas áreas de conocimiento, ya no soy tan joven y proporcionalmente soy bastante más inexperto. Pero bueno, desde mi particular enfoque de la vida, ser consciente de esto no es la peor de las opciones… Ya comenté sobre este aspecto en alguna entrada anterior.

De aquella feliz época de juventud divino tesoro e ignorancia madre del atrevimiento, tengo un recuerdo muy intenso de un día en particular. Un día que me sirvió para aclarar mi existencia.

Así.

Tan profundo como suena.

Y tan ireal.

Os cuento…

Debía correr el año 2004 y por aquel entonces yo trabajaba en una empresa que estaba bajo el paraguas de una gran consultora norteamericana. Ya por aquel entonces, en la filosofía de la empresa estaba el asignar un “coach” a algunos de los trabajadores…  Resulta que lo que aquí está de moda desde hace relativamente pocos años, era plato del día para algunos de los que estábamos en grandes corporaciones. Y cuando digo “coach” lo digo con todas la letras: no era un mentor (aunque también teníamos uno), ni un patrocinador, ni mucho menos un motivador de los que apelan al tú puedes, tú lo vales… Era un “coach” para orientarnos en habilidades de cómo negociar, cómo tratar problemas, como manejar aspectos como los favores prestados y debidos, como motivar, como nadar entre tiburones y mucho más…  todo ello para hacernos comprender cómo movernos y evolucionar dentro de una gran empresa, pero también fuera… y, en mi caso, proporcionándome un enorme crecimiento personal. Y además, todo en inglés. ¡Ahí es nada!

De aquella etapa, como decía al principio, recuerdo un día muy especial: el día que hablamos sobre mi escala de valores.

Preguntado directamente sobre cuál era mi escala recuerdo perfectamente empezar a hablar básicamente de dos cosas: de casa y del trabajo. Todo en un batiburrillo mental que era algo parecido a dos enumeraciones… a dos listas. Una mezcla de “quiero” con “me gustaría”, con “es importante”…

Y recuerdo perfectamente las palabras de F. (mi “coach”):

– “Estás confundido”.

No negaré que efectivamente lo estaba. Nunca antes me había parado a pensar sobre mi escala de valores. Tenía en la cabeza ideas desperdigadas, pero nada más. Y por lo visto, había llegado la hora de poner orden en todo eso. Saber qué ocupa el primer lugar. Qué se antepone a qué. Saber si prima la familia o el trabajo. Si la ambición o algo más de tranquilidad…

Y así, enfrentarse a un papel en blanco con el objetivo de hacer una lista, una única lista ordenada, es un ejercicio que hay que hacer. Especialmente si uno está confundido (como yo lo estaba entonces) o simplemente si no se ha hecho nada parecido antes… Encajar esos conceptos sueltos y desperdigados en mi mente en esa lista única, ordenada, tangible me ayudó muchísimo a enfocar mi vida. A saber también qué quería primero, qué anteponer a qué, en que aplicar mi esfuerzo y en qué no malgastar mis energías. Y sobre esa lista, reflexionar sobre el cómo, porque la especie humana es ambiciosa por naturaleza y lo quiere todo… pero la realidad ha dicho a muchos que tener una carrera profesional de altura puede llegar a ser incompatible con la dedicación que requiere una familia. Que preferir un trabajo sólo por lo que nos pagan tal vez nos haga infelices, y que puede ser más gratificante sacrificar poder adquisitivo a cambio de algo que nos interese más.  Si prefiero dedicar mi esfuerzo a emprender, o dejar de posponerlo para poder seguir tranquilamente, como hasta ahora… ¿tranquilamente?… ¿es verdad esto o  tengo un run-run en la cabeza que me dice que estoy posponiendo algo que puede ser importante para mi? ¿y por cuánto tiempo puedo estar así antes de que llegue el desengaño?…

Esa fue mi experiencia. Me pareció un ejercicio bastante interesante que en su momento me abrió los ojos mucho sobre mí mismo y sobre mis intereses. Un ejercicio que recomiendo realizar con cierta periodicidad, porque -afirmo- ayuda mucho a establecer un punto de partida, hacia el conocimiento de uno mismo… y hacia algunas metas personales. Tal vez la (f)independencia sea una de ellas.

Y tú… ¿también estás confundido?

Suma y sigue.

Los que se hayan dado un paseo por aquí, a lo mejor leyeron en su momento y recuerden la historia inversora de “Miss Y”.

Haciendo un breve resumen, os diré que “Miss Y”, no tenía ni idea de inversión, pero como muchas personas sentía esa voz interior que le decía “tienes que hacer algo”.

La diferencia es que “Miss Y”, efectivamente hizo algo: tras una conversación que mantuvimos allá por el año 2011, compusimos un plan de inversión para el que no había que saber absolutamente nada de finanzas. Nada. Y lo único que le pedí fue un poquito de dinero, y sobre todo lo demás, mucha constancia.

Tan sencillo como suena. Tan real como pudisteis leer cuando conté su historia por primera vez: “Miss Y” empezó con 50 euros al mes en 2011, y en 2016 (fecha en la que yo conté su periplo inversor) acumulaba un pequeño patrimonio de 6708,65€.

Pero, ¿qué pasó con “Miss Y”?. ¿Siguió con su plan?¿Fué capaz de continuar su aventura inversora?.

Hace poco nos volvimos a ver, y como fruto de esa coincidencia, no encuentro mejor maneras de contaros lo que ha sucedido desde entonces:

 

Efectivamente, “Miss Y” ha seguido fiel a su plan. Los 50€ que estuvo dispuesta a perder “por probar” en 2011 se han convertido en 77,59€. Los 50€ que puso al mes siguiente “porque no había pasado nada”, se han transformado en 80,54€. Los 50€ de su tercer mes, como continuó porque “al fin y al cabo tampoco la cosa varía tanto”, valen hoy 77,40€… y así, hasta el día de hoy.

Los 6708,65€ de 2016 quedan atrás. En abril de este año, “Miss Y” había puesto de su bolsillo (tan poco a poco como se ve en su extracto) 8945€, y el valor de esos euros invertidos es de 11.164,96€. Mil fluctuaciones por el camino, pero a día de hoy ella ya se siente muy confortable con eso.

Si realizamos un análisis superficial, podremos concluir que “Miss Y” ha tenido suerte. Tanta, que en el momento que refleja este último extracto, ni siquiera las participaciones más recientes tienen minusvalía. Pero el camino no ha sido así, en el camino ha habido muchos altibajos que la constancia ha conseguido superar.

Una vez más, el tiempo se confirma como un muy buen aliado para poner orden en el aparente caos del corto plazo. Y si profundizamos un poco más en nuestro análisis siguiendo el hilo de la primera vez que conocimos a “Miss Y”… ¿cuánto deberían caer los mercados para que el extracto de “Miss Y” refleje una pérdida de dinero en sus primeras aportaciones?. Pues os facilito el cálculo: más de un 35%. No es imposible un descalabro de esta magnitud, pero no pasa ni mucho menos todos los días…

Por la parte que me toca, pues la verdad es que esta es de esas cosillas que le enorgullecen a uno: lejos de la tónica general, prácticamente lo único que le sugerí a “Miss Y” fue una cosa: constancia. Y algo aparentemente tan sencillo parece que está dando resultado.

Si le preguntamos a “Miss Y” sobre su experiencia, no nos sorprenderemos de escuchar cosas como “la verdad es que no me doy ni cuenta porque las aportaciones  no son muy grandes” o “llegan a pasar varios meses en los que ni siquiera lo miro”… que se resume finalmente en un “parece que no… pero poco a poco la cantidad empieza a resultar interesante” y el inevitable “si lo llego a saber, hubiese empezado con todo esto muchísimo antes”.

Y para concluir, una última reflexión: independientemente de lo que suceda (que el mercado suba, o baje, que se descalabre o que se vaya directamente a la luna), lo que sí que pasa, y sigue pasando, es el tiempo, que es como el viento que empuja el barco inversor de “Miss Y”… quien un día de 2011 apartó sus temores y se embarcó en un viaje que todavía no ha terminado y tiene visos de seguir por muchos años.

   Y quien sabe… “Miss Y” es joven. El tiempo corre a su favor. Tal vez con un poco más de esfuerzo, con un poco más de suerte, y con la misma constancia, ¡alcance el puerto de la (f)independencia!


Desde aquí, de nuevo mi agradecimiento a “Miss Y” (nombre ficticio) por facilitarme una vez más su extracto y permitirme publicarlo aquí.

La muerte del trabajo tal como lo hemos conocido.

La muerte del trabajo tal como lo hemos conocido” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Ser padre es uno de esos hitos vitales que dan un giro a la vida de cualquiera. Cualquiera que haya pasado por ello sabe a qué me refiero. Los que no, podrán imaginarlo, aunque me temo que la realidad supera con creces cualquier expectativa.

En cualquier caso, creo que sí es fácil imaginar el aumento de las satisfacciones/preocupaciones que el “equipaje” familiar conlleva (el término “carga” lo encuentro algo peyorativo, el equipaje se lleva casi siempre voluntariamente). Y como parte de las preocupaciones que pueden pasársele a cualquier padre o madre por la cabeza está, como no pude ser de otra forma, el futuro de sus hijos.

Sobre este aspecto quiero dejaros por aquí mi especulación personal sobre el escenario que creo puede materializarse más a medio plazo que a largo…

El trabajo, tal como lo hemos conocido, se ha acabado. Ha muerto. Creo que no soy capaz de imaginar el futuro la continuidad del sistema actual. Un sistema que empieza a notar síntomas de agotamiento… Creo que en alguna ocasión he intentado transmitir desde estas mismas páginas que donde todo el mundo veía una crisis económica, unos cuantos veíamos un cambio de modelo económico, y este “no terminar de salir de la crisis” forma parte de él.

Sinceramente, ¿podemos esperar para nuestros hijos puestos de trabajo como los hemos conocido nosotros? ¿Contratos indefinidos? ¿Una nómina? ¿Un puesto de trabajo “fijo” al que acudir?  El cambio creo que ha empezado a hacerse visible: ahora se trabaja casi desde cualquier lado: la irrupción de la tecnología y la conectividad entre las personas permite un esquema mucho más dinámico para todo. Más dinámico, más productivo, más eficiente… pero mucho más volátil.

Si nos paramos a pensar… el conocimiento y la manera de hacer de nuestros años de estudiante… ¿dónde han quedado? (¡Uf!, me siento MUY mayor viendo mi primer trabajo hecho con una máquina de escribir). ¿Cómo ha evolucionado? Creo que no hay ningún área de conocimiento que se haya salvado de la disrupción (más que irrupción) tecnológica.

Pero ya no es sólo eso. Si miramos a un pasado más reciente, correremos el riesgo de sorprendernos de lo efímeras que son las cosas del siglo XXI. Las tangibles, y las intangibles.

Vivimos en una época en la que casi cualquiera que tenga acceso a internet puede resolver situaciones antes reservadas a especialistas: desde arreglar un electrodoméstico viendo un tutorial en YouTube, a realizar algún trabajo más complejo siguiendo un tutorial, o reutilizar el conocimiento obtenido en una web especializada como punto de partida para una nueva investigación.  El conocimiento se apoya ahora en un conocimiento previo, compartido y accesible casi inmediatamente… que nos otorga un punto de partida con ventaja, para todo. Y casi en cualquier materia.

Con este punto de partida ventajoso, ¿Quiénes serán los profesionales más buscados?, ¿los que acumulen gran cantidad de conocimiento o técnica?… ¿o los que sepan buscar ese conocimiento o técnica rápidamente… y cambiar también rápidamente de una disciplina a otra?

Lleva ya acuñado algunos años el término “knowmads”: un juego de palabras que viene a tratar de definir a las nuevas generaciones de estudiantes y profesionales como “nómadas del conocimiento”, precisamente para designar ese perfil que vive en un cambio constante, adaptándose a él, saltando de un área de conocimiento a otra… y entiendo que también, de un trabajo a otro.

Con esto en la cabeza, enfrento nuestros métodos de ahorro e inversión a los que un trabajador “nómada” puede permitirse… El ahorro periódico y sistemático se vuelve complicado con la “volatilidad laboral”.

Pero todo va a la par… Y la inversión tampoco se libra de la disrupción digital: tal vez la solución de nuestros hijos pase por utilizar sistemas automáticos de inversión o “robo advisors” para gestionar su economía.

Con todo esto, tampoco podemos pretender que la educación de los hijos siga igual. Si queremos prepararles para el siglo XXI será cuestión de ponerles delante lo que seamos capaces de anticipar que les espera. El mundo está cambiando y también los términos que definen lo que está pasando (“disrupción tecnológica”, “knowmads”, “gentrificación”, “gamificación”… “robo advisors”, “community manager”, “YouTuber”, “viral marketing”…). Tal vez un buen comienzo sea conseguir entender y emplear su mismo lenguaje, con lo efímero de su contexo y plazos, y toda esta volatilidad que empieza a ser frecuente en casi todo de nuestro mundo.

… y tal vez así, consigamos añadir a éste particular diccionario el término (f)independencia.  🙂

Quedada Inversora (2ª Ed.)

Quedada Inversora (2ª Ed.)” es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Me gustaría compartir con vosotros la estupenda iniciativa que también este año ha lanzado el blog “MuchoInvertir” para que nos veamos el próximo martes 10 de abril, a eso de las 20:15, en la Cafetería “Capital D” (Avda. Capital de España Madrid s/n,  esquina con Avda.  Partenón 10).

El año pasado resultó una experiencia más que interesante, así que este año ¡yo no me lo pierdo!

Toda la información aquí: www.muchoinvertir.com

Gestión Activa vs. Gestión Pasiva… desde la experiencia.

“Gestión Activa vs. Gestión Pasiva… desde la experiencia” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen.


Últimamente veo un interés especial en contraponer el modelo inversor de gestión activa frente al cada vez más popular modelo de gestión pasiva.

Creo que haber estudiado y llevado a la práctica ambos modelos confiere a mi opinión un valor que no he encontrado en los muchos artículos que he leído sobre el tema.

Para realizar un poco mejor este análisis, deberíamos definir un poco más en profundidad qué es lo que estamos comparando, porque hay muchas formas de gestión activa, y tantas otras de gestión pasiva.

En el caso que nos ocupa, yo voy a entender como gestión activa la llevada a cabo por gestores de fondos de inversión, que componen sus fondos mediante la selección y rotación periódica de los valores que componen su cartera. Esto mismo podría extrapolarse al inversor particular que decide crear su propia cartera de acciones, seleccionando y rotando periódicamente dichos valores.

Por gestión pasiva, en este caso, entenderé la que se apoya en una selección de fondos indexados, sin más gestión que la del rebalanceo que debe aplicarse en caso de que la cartera se descompense debido a las fluctuaciones del mercado.

Con sólo estos datos, tratar de enfrentar ambos modelos y obtener verdades absolutas resulta harto difícil, pero sí que, en base a la experiencia, podemos anticipar algunas conclusiones.

La rentabilidad obtenida (dato en el que hacen mucho hincapié casi todos los análisis que he leído) no es un dato relevante. Ambos modelos pueden hacerlo mal o bien, dependiendo de su contenido. (¡Pues vaya “ciencia” de andar por casa, ¡oiga!). También la rentabilidad varía dependiendo del plazo. Pero no perdamos el foco de que lo que realmente estamos comparando es la gestión, y aquí es donde mi análisis se despega de los demás.

Centrados en la gestión, es evidente que una cartera de fondos indexados es muy fácil de confeccionar. Con unos pocos fondos de este tipo podemos cubrir prácticamente la economía del planeta entero. Y esto proporciona un altísimo grado de diversificación. No digo con esto que mediante fondos de gestión activa no pueda lograrse un alto grado de diversificación, pero creo sinceramente que no al nivel que proporcionan los fondos indexados. Por poner un ejemplo, el índice MSCI North America lo constituyen 723 valores en el momento de redactar este artículo.

Llegar a este nivel de granularidad con fondos gestionados activamente o acciones, es simplemente ineficiente: ya sólo las comisiones de confección de la cartera lo vuelven inviable.

Por otra parte, la gestión pasiva simplifica mucho el proceso de elección de activos. Con un fondo indexado se proporciona un “lote” que se gestiona automáticamente según varíe el contenido del índice que el fondo replica. Está claro que una buena selección de acciones o de fondos de gestión activa pueden batir con creces en rentabilidad a un fondo indexado, el problema reside en dar con esa combinación ganadora de acciones o fondos… y más todavía si la inversión se mantiene a largo plazo. En un plazo de 10 años, casi el 90% de los fondos gestionados activamente no baten a su índice de referencia. Si el plazo aumenta a 15 años… sólo un 4% pasaría la prueba…

Los costes también son importantes. Siempre lo son. Dar cifras de rentabilidad “bruta” no tiene ningún sentido. Un fondo (cualquiera, indexado o no) con buen desempeño, pero lastrado por unos costes elevados y con el peso de la inflación añadido, puede estar generando pérdidas. Sucede que los fondos de gestión activa tienen un coste total que suele ser más elevado que el de los fondos indexados. Hablamos de una proporción nada desdeñable: la gestión activa parte de un punto que ya es hasta tres veces más caro que el de la gestión indexada. Para afirmar esto, basta con ver la carga de comisiones de ambas gestiones: un fondo indexado al mercado norteamericano, europeo o asiático tiene una comisión total de un 0,30% o 0,35% anual. La gestión activa más barata cuesta encontrarla por debajo de un 1, 10%.

Tal vez esta enorme diferencia no se aprecie dando la cifra porcentual, pero si tuviésemos un millón de euros invertido, la comisión pasaría de 3000€ a más de 10000€… y con esos 7000€ que hay de diferencia podría montar cuchipandas, jolgorios y parrandas varias dignas hacernos sonreír en nuestro momento postrero…

Y una consideración adicional sobre los costes: muchos intermediarios del mercado de valores, cuando la inversión es en acciones, nos erosionan un poco más el patrimonio si no realizamos un número determinado de operaciones al año… y así, podemos caer en recibir comisiones de custodia de los valores, por cobro de dividendos, etc, etc, etc…

Mención aparte, aunque necesaria, requiere también el coste fiscal: mientras que los traspasos entre fondos (tanto de gestión activa como pasiva) pueden realizarse sin pagar peaje fiscal, la misma operación con acciones requeriría forzosamente una venta… que consolidaría un beneficio o pérdida, y el consiguiente pago a hacienda, si procediese. Es verdad que ese mismo peaje lo pagarán también los fondos al reembolsarse, pero la gestión pasiva hace que los valores que componen el fondo cambien sin tener que recurrir a la compra/venta de dichos valores. (Este mismo motivo es el que hace la gestión pasiva mediante ETFs algo menos eficiente que la operativa con fondos de inversión, ya que los ETFs no se pueden traspasar si no es mediante una venta con su correspondiente compra, pagando comisión por ambas operaciones y añadiéndole el peaje fiscal correspondiente).

Para cerrar el aspecto de los costes, indicar que reinvertir el dividendo de las acciones, incurre en el coste de la operación de compra correspondiente, mientras que los fondos, generalmente repercuten el dividendo al patrimonio del fondo, haciendo la operativa mediante fondos algo más eficiente.

Así que como fruto de este análisis, podemos concluir que en el largo plazo (10 años o más), casi siempre será más ventajosa una gestión pasiva basada en fondos indexados que la gestión mediante fondos de gestión activa y la gestión de una cartera de acciones: por diversificación, por costes asociados y, como consecuencia final de todo ello, por rentabilidad. Y la probabilidad de dar con una cartera de acciones / selección de fondos (de gestión activa) que lo supere es de 1 contra 10.

En contrapartida, la inversión en fondos indexados es sumamente aburrida. Tanto que casi todos los inversores pasivos no podemos evitar alegrar un poco la fiesta con una cartera de acciones… que nada nos impide quedarnos con lo mejor de los dos mundos.

Actitud vital.

Ayer asistí al funeral de un amigo. Una gran pérdida. Enorme. Se marchó discretamente. Exactamente igual que vivió.

Mi amigo, en vida, ya dejó dicho que quería que le incinerasen. Y así se hizo. La verdad es que se me hizo muy raro ver el féretro desparecer tras una cortina. Y ya. Adiós para siempre.

Y digo que se me hizo raro, porque mi amigo era de esas personas que no deberían marcharse nunca. Porque de una forma u otra consiguió hacer de situaciones normales momentos memorables, y me consta que hizo más feliz muchos momentos de no pocas personas. Recto en conducta, fuerte en la adversidad, ameno, divertido y creador de un pequeño imperio: empresario e inversor.

Y la mezcla de todo daba como resultado el mejor compañero imaginable de cuchipandas …

Es una consecuencia nada desdeñable de la independencia financiera, complementada por un carácter, energía y humor envidiables. Una actitud vital.

Actitud vital.

Es raro ver cómo ese todo, al final, desaparece tras una cortina dejando todo, absolutamente todo, atrás.

– ¿Todo?

– No, todo no… porque al final, lo que nos llevamos, nadie nos lo pude quitar: el recuerdo de las experiencias vividas.

Mi amigo deja su imperio que sigue siendo terrenal, para disfrute de su viuda e hijos. Y se va del mundo, igual que vino, sin nada. Sólo con esos momentos que ya nada podrá borrar… el fruto de su actitud vital.

Cuento todo esto, porque los sentimientos me llevan a querer intentar transmitir una lección vital que creo que Victor Frankl(*) relata como nadie en su obra “El hombre en busca de sentido”: tenemos que aprender que no podemos esperar nada de la vida, y enfocar nuestra existencia a que es la vida quien espera algo de nosotros”.

Corren tiempos en los que en muchas de las conversaciones que mantengo con la gente, me dejan un sabor amargo: parece que muchos de nosotros estamos esperando algo que no llega. Un golpe de suerte o algo (tan ambiguo como eso: “algo”) que cambie para mejor nuestra vida completa.

Desengañémonos ahora. No podemos esperar eso. Cambiemos nuestra actitud vital (en la dirección que nos señala Victor Frankl) y veamos qué somos nosotros capaces de aportar a la vida.

Y tampoco dejemos de pensar en nosotros mismos, porque al final no nos podremos llevar absolutamente nada material. Tratemos entonces de llegar a ese momento con un equilibrio entre lo vivido y lo que dejamos.

Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Doy fé de ello con mi propia experiencia (que ya tengo unos años): pensar en aportar (a la vida) produce el maravilloso efecto de hacernos recibir mucho más. Y así, no te quepa la menor duda, de que aumentarás tus posibilidades de llegar a ser (f)independiente, sin caer en la desgracia que aquel que murió tan pobre… que sólo tenía dinero.

 

 

P.d.- Esta entrada va dedicada a tí, amigo mío. Dondequiera que estés… (y siempre en mi memoria).


(*) Victor Frankl fue un neurólogo y psiquiatra austriaco que consiguió sobrevivir desde 1942 hasta 1945 en varios campos de concentración nazis. El libro “El hombre en busca de sentido” narra su experiencia.

Pronósticos para 2018.

Con el fin de año y la llegada del año nuevo sistemáticamente aparecen en la prensa sepia y revistas especializadas los inevitables pronósticos sobre el mercado: que si EEUU hará esto o lo otro, que si tal valor tiene un potencial de revalorización de tanto, que si el oro dejará de ser valor refugio para dar protagonismo a la renta variable… bla, bla, bla… Y así, todos los años.

Pero luego pasan cosas. Cosas que proporcionan la justificación de por qué el pronóstico no se cumplió… ¿Quién iba a prever que esto o aquello pasase?…

Nadie.

Y, efectivamente: a día de hoy, nadie es capaz de predecir el futuro. Y sin embargo, ahí tenemos todos los años la misma retahíla de pronósticos

Mi experiencia, y el escepticismo que ésta me ha proporcionado sobre este asunto en concreto, me lleva a afirmar que con los pronósticos pasa lo mismo que con las acciones de una cartera de valores: si los diversificamos, con alguno acertaremos… Y será exclusivamente ese al que nos agarremos para demostrar lo acertado de nuestra predicción. Nuestra valía como analista. Nuestro bagaje como “gurú”.

Personalmente, me quedo con el pronóstico asombrosamente breve e infaliblemente exacto de J. P Morgan, el financiero más poderoso de finales del siglo XIX y principios del XX: el mercado fluctuará.

Y simplemente esto nos proporciona a nosotros, pacientes inversores de largo plazo, una inestimable información para seguir con nuestro monótono y aburrido (pero efectivo) plan.

Y con el único objetivo de que comencemos el año con el ego potenciado, os dejo por aquí una observación que no por simple deja de ser cierta: en lo que a finanzas se refiere, el que más sabe, no sabe nada de lo que va a pasar.

Con esta premisa, mis pronósticos se quedan en algo mucho más superficial (pero infinitamente más práctico): si no haces nada, nada cambiará. Si haces lo mismo que el resto de la gente, obtendrás los mismos resultados.

Para 2018 te animo a que te des la oportunidad de ser (f)independiente.

Y por supuesto, quiero desearos a todos un ¡feliz año nuevo!.

2046.

“2046” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen.


Año 2046. Todos nos equivocamos. Así es. Nuestro temor nunca se materializó. Llegamos al final de nuestra vida laboral, y las pensiones se siguen pagando. Nunca pasó nada. Nunca llegó ese fatídico momento en el que algún político nos comunicó desde su atril que se acabó. No pasó. Llegó la edad de jubilación, y nos jubilamos. Algunos ni siquiera tuvieron esa oportunidad, la de llegar al final y terminaron abruptamente antes de tiempo, pero esa es otra historia. Los que mejor o peor llegamos a la jubilación, aquí estamos… aquí seguimos… Nunca pasó nada.

Lo que tal vez no nos explicaron bien fue esa suerte de cambios regulatorios que tan silenciosamente quitaron el lustre a esos años dorados que teníamos como expectativa… y ahora vivimos un drama social, consentido y aceptado por casi todos. Y es que casi todos no hicieron nada. Se dijo durante años que el sistema podía quebrar. Que las pensiones no se pagarían, que todo era una especie de sistema piramidal… pero eso no pasó. O no pasó como esperábamos que pasase. Sin embargo, resulta que la cuantía de la prometida pensión resulta que no cubre ni las necesidades básicas. Digamos que es un pago que no deja de ser algo simbólico… Pensado fríamente, una broma de muy mal gusto gastada año tras año, euro a euro, hasta hoy.

Debimos darnos cuenta cuando allá por 2014 el gobierno desligó el aumento de las pensiones del IPC. Cuando crearon ese mínimo excepcional de subida del 0,25% que paradójicamente, más que excepcional se convirtió en la norma. El máximo propuesto (la inflación más el 0,25%), nunca se materializó… Pero la vida seguía su curso, y ese IPC no dio tregua. Hubo años, que fue bajo, pero los precios, subían… como siempre lo han hecho. Más o menos, pero subían. Y no dejaron de hacerlo. Y así en poco más de 20 años (como nos indica la media histórica), el coste dela vida se incrementó casi el 50%… Mientras que la cuantía de nuestra pensión apenas llegó al 6%…
Algunos que vimos las orejas al lobo hicimos cosas: planes de pensiones, inversiones… y entonces éramos vistos casi como “bichos raros”… Frívolos, como poco, dispuestos a “jugarnos el dinero” en los mercados financieros. Otros no hicieron nada…

Bichos raros entonces y bichos raros ahora, porque esa pequeña diferencia en nuestro abono de haberes, fruto de nuestra inversión, nos hace sentir incómodos en medio de la miseria generalizada. No es mucha diferencia, pero se nota. Y poderse permitir alguna licencia en estos tiempo que corren, a veces genera envidias. Casi nadie nunca vio ni entendió el esfuerzo y sacrificios de años y años de ahorro y de inversión… de preparación para este momento. Y ahora que nuestro momento ha llegado y recogemos el fruto, a veces despierta envidias. Pero ¿cómo explicarle ese esfuerzo a muchos que incluso han tenido que vender sus casas para llevar una vida digna y completar de ese modo la irrisoria pensión? ¿Cómo explicarles que con la esperanza de vida actual, incluso el efectivo de la venta de su casa se irá agotando en el plazo de unos cuantos años?…

Y luego está la rabia. La rabia por esa confianza depositada en esas promesas que no se incumplieron, pero que en la práctica resultan una estafa. Cobramos sí… pero ¿toda una vida aportando a un sistema para esto? ¿Para no poder costear ni siquiera una existencia mediocre? ¿Cómo hemos podido ser engañados de esta manera y que no haya pasado nada? En el fondo, muchos se sienten culpables de no haber hecho nada… y precisamente por eso empezaron a callar, en la misma medida en la que miseria se engrandecía sin promesas incumplidas, pero inexorablemente… Y el remordimiento por no haber actuado hace que nos desayunemos nuestra propia rabia… a grandes dosis, pero una vez más, en silencio.

Sutil. Muy sutil. Así fue todo. Nunca pasó nada… pero pasó todo.

P.D.- Una gran diferencia del ser humano con otras especies reside en que el primero es capaz de imaginar escenarios alternativos a la realidad y prever sus consecuencias. Es una capacidad exclusivamente humana, pero que permite salir a la calle con paraguas, por si acaso llueve. Algo que actualmente no esté sucediendo, pero que puede pasar. Imaginar escenarios de realidades alternativas tiene un sinfín de utilidades. Una de ellas, por ejemplo, nos permite escribir relatos de ficción… y otra, es poder ser previsor. Por si “llueve” en 2046.   😉


Y esta entrada se la dedico a mi hermana Blanca Bettschen, que acaba de ganar el primer premio de novela en castellano en la XLII edición de los Premios Literarios Kutxa Ciudad de Irun, con su obra “Juegos de Lógica“.

Cómo crear un pequeño patrimonio financiero.

Estoy realmente convencido de que la creación de un pequeño patrimonio financiero puede llegar a gestionarse de forma relativamente fácil: la cosa pasa por aportar un poco de dinero. Y repetir esto una y otra vez, con paciencia y constancia. Y ya está… casi.

Y digo “casi”, porque lo segundo, es tratar de asegurar que ese dinero crezca. Y para ello tendremos que vencer a tres grandes enemigos: por un lado, la inflación, que tratará implacablemente de hacer que ese dinero aportado con esfuerzo cada vez valga menos. No que tengamos menos dinero, sino que con la misma cantidad de dinero podamos comprar menos cosas.

Por otro, los impuestos: que complementan el daño provocado por la inflación, quitándonos directamente, esta vez sí, cantidades nada despreciables de dinero. Sobre los fastidiosos impuestos, sólo me pronunciaré diciendo que deben existir por el bien social… pero su cuantía depende de la gestión de los gobiernos…

Y finalmente, el peor de los enemigos: nosotros mismos… débiles almas en lucha constante contra el sinfín de tentaciones de este mundo. Pecadores todos, de alguna u otra manera. Y es que, al fin y al cabo, hay que vivir. Y vivir, cuesta. Y la vida sin caprichos, es una vida algo peor. Lo que termine costando, ya depende de cada uno. Y ahí es donde el sentido común, la prudencia, la paciencia y la sensatez deberían mostrarnos un camino por debajo de nuestras posibilidades (manida frase ésta, pero no por manida deja de tener razón).

Sobre la creación del pequeño patrimonio, la primera parte (aportar dinero) es relativamente sencilla. Si hay trabajo podríamos decir que está prácticamente resuelta.

La segunda (tratar de asegurar que el dinero crezca) es algo más complicada, pero para quitarle esa complejidad tenemos al de nuestra parte el factor tiempo. Y es que una inversión mantenida a lo largo del tiempo, es poco probable que sea ruinosa… La inflación y los impuestos, son inevitables… Cuidarse de uno mismo, no tanto…

Contado así, suena estúpidamente sencillo: acumular capital en el tiempo y asegurar que el dinero crezca.

Parece sencillo. Y lo es. Sin embargo, tal como he comentado, nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, que nos creamos obstáculos donde no los hay. Vemos complejidad donde no la hay. Difíciles decisiones, donde no existen. Trabas, una tras otra, que justifican el no hacer nada…

Comodidad.

Llegar a crear un pequeño patrimonio puede ser tan sencillo como hacer una transferencia periódica a un fondo de inversión que tenga una distribución mixta de renta fija y renta variable. Y olvidarse de ello hasta la jubilación.

Y ya está. ¿A qué suena estúpidamente sencillo? Lo es. Si quieres empezar, no valen excusas.