Estar mejor.

Ha pasado más de año y medio desde que mi amigo “M” iniciara su camino inversor. Hace un año y medio su escepticismo era absoluto. “Eso es arriesgado”. “Zutano lo perdió todo”. “No tengo tanto dinero como para permitirme eso”.

Pero aun así, la inquietud de “M” se convirtió en incomodidad. El tiempo pasaba, y no había dado ni un paso. En ningún sentido. Primero por las cosas que aunque estén ahí no se pueden controlar directamente: el ascenso que no llega, el trato que no acaba de cerrarse, un maldito imprevisto y un sueldo variable que al final resulta menor de lo esperado.

Segundo, por las que si podía haber realizado directamente, pero que, por esas razones que los que paramos por aquí no terminamos de entender, nunca se iniciaron. Ni ahorro sustancial, ni inversión.

Y así, tras unos cuantos cafés, finalmente “M” le dio a la tecla (es mi expresión para ese momento casi mágico de la primera órden de compra) y, desde entonces, su historia es otra.

La primera operación de “M” fue de 200€, comisiones incluídas. Y ese primer año, “M” hizo 3 operaciones de ese mismo importe. Su inversión, por tanto, es de 50€ al mes.

En el primer momento, “M” se sintió defraudado. Creo que esperaba una cosa absolutamente diferente… un ritmo frenético de cambios, de subidas de bajadas, de adrenalina brutal. Pero no es así. Es… como suele ser… al cierre del día +0,46%. Y toda una jornada, pegado a la pantalla viendo “bailar” esos 200€.

– “M, tu ya no tienes 200€. Te los has gastado. Te has gastado 50€/mes, durante 4 meses. Ya no tienes 200€, tienes 40 acciones. No hay más. Sé que en el primer momento no es fácil interiorizar esto. Pero es na realidad: si te compras 40 acciones, ya no hay dinero, hay acciones”.

Y el primer año, pasó de forma parecida… 3 operaciones, y un interés cada vez menor por ver cómo fluctuaban los euros que ya no lo eran. Al final del ejercicio, 123 acciones. Un dividendo en efectivo de unos 18€… y muchas horas delante de la pantalla, viendo dinero al principio, y acciones al final.

Y, tal como predijimos, esos 18€ de dividendo neto en efectivo dieron “sopas con honda” a los intereses generados por sus cuentas de múltiples colores, con importes invertidos mucho mayores. Objetivo cumplido.

El segundo año, el mismo “M” que veía un riesgo brutal en el mercado, que no tenía dinero y que veía en su cuenta de “alto interés” a su mejor aliad financiero, ha decido seguir. Y no sólo eso, ha decidido también esforzarse un poco más, e incrementar un poco su aportación.

En su proceso de cambio, ha influido también un poco de Networking, poniéndole en contacto personas como él, que empezaron antes. Que empezaron igual. Dispuesta a compartir su experiencia.

Alguno, perro viejo, acumula diez años haciendo exactamente lo mismo. Y esos 18€ al año rondan casi los dos mil… que suman mucho más que la aportación de esos 50€ mensuales que tanto parecían al principio. Y que, sí, pasarán a realimentar el sistema.

Y eso es, al final, lo que comparten estas personas viene a ser que el dinero invertido no es dinero, que es dinero gastado. Gastado en acciones. Pero que las acciones están ahí, y que si el dinero original se hubiera destinado a otro fin, casi seguro que no quedaría nada.

Y esa es la historia. Mejor una cantidad en acciones, que nada. Y que si además las acciones dan dividendo, pues mucho mejor. Y de eso se trata. De estar mejor.

Empiezo mañana…

Está claro que el problema de la jubilación y la viabilidad de las pensiones no parece preocupar demasiado en España. Sí, has entendido bien. No parece preocupar demasiado.

El interés más manifiesto parece tenerlo, para variar, la clase política, empeñada en transmitirnos que el sistema es viable, y que la viabilidad está garantizada. Y, sí, efectivamente, no lo pongo en duda. (Otra vez has entendido bien. No lo pongo en duda).

Y ahora, voy a tratar de justificar todo esto. En este caso, voy a tirar de una herramienta que no sé si conoces: Google Trends.

Google Trends es una herramienta que permite representar de forma gráfica con cuánta frecuencia se realiza una búsqueda de un término particular, permitiendo filtrar los resultados.

Así, hoy mismo he utilizado esta herramienta para buscar el interés por el término “pensiones” en los últimos doce meses.

Y este es el resultado:

La leyenda para la interpretación de los datos nos la proporciona Google.

Sí parece que hay un poco de interés creciente por la “jubilación”…

Entonces, hacemos el ejercicio de ver lo que realmente interesa a los españoles…

Y, sí, las comparaciones son odiosas…

(ironic mode on) Me consuela enormemente ver como poco a poco se pierde el interés en “pokemón”… (ironic mode off)

En fin. Reconozco que es un ejercicio de andar por casa… pero si he conseguido robarte una sonrisa (y pensar un poco), me doy por satisfecho.

Lo que sí subyace a todo este “estudio barato” es la realidad fácilmente constatable de que una gran parte de la población no se plantea nada ante el hecho de su jubilación. Y si fuera posible obtener algún dato del nº de personas que realmente pasan a la acción y hacen “algo”… es probable que la gráfica muestre una realidad espeluznante.

Si no es tu caso. Enhorabuena.

Pero si lo es… puede ser que la idea de hacer algo lleve rondándote la cabeza desde hace algún tiempo. Meses quizá. Tal vez años.

Y como hoy estoy de “saldos”, voy con otro ejercicio barato. Éste con la intención de darte ese empujoncito que haga pensar que has estado perdiendo el tiempo y que “ahora mismo” es el mejor momento para pasar a la acción.

Desde aquí siempre se ha predicado que no es necesario mucho dinero para eso, para pasar a la acción. Puede ser suficiente con destinar a otro fin el valor de una noche de tapeo… y así esos 50 €uros al mes (€uritos o €urazos, según el poder adquisitivo de cada uno) combinados con el tiempo y el interés pueden conseguir un resultado interesante.

Antes de mostrarte el resultado, seré igual de maquiavélico que los banqueros y te realizaré una observación (no me malinterpretes, que mi único objetivo es sacarte de tu zona de confort): al igual que pasa con la “amortización francesa”, que cobra en las primera cuotas los intereses finales, plantéate que cada año que no estés aportando ahora, dejará de aportarte a ti al final del periodo.

Para el ejemplo he usado unos datos sencillos y creo que no son descabellados: un aporte anual de 50€ por cada paga (14) de un trabajador por cuenta ajena. Tiempo. Mucho tiempo. Y un tipo de interés por debajo de la media histórica de los retornos del mercado de renta variable.

Y ahora sí. El resultado. Mira la última celda de interés generado. Esos son, ni más ni menos, que los 700 €uros que decidiste no poner hoy… porque ya empezarás el año que viene…

Y finalizo esta entrada, saldando mi deuda: queda pendiente explicar que el sistema publico de pensiones es viable. No te preocupes. Lo será. Y cobrarás tu pensión.

Lo que no tengo yo tan claro es el poder adquisitivo de la cantidad que vaya a percibir… Y curiosamente nadie en la clase política parece realizarse esta pregunta, en pro de la afirmación mayor: “El sistema está garantizado”. Y lo estará… pero luego no me venga a protestar si no le da ni para pipas (que si se expresa en los términos de …”por debajo del umbral de la pobreza”… pues no tiene tanta gracia…).

Ese maravilloso “mecanismo”.

De un tiempo a esta parte, hay una tendencia que apunta al modelo educativo del futuro. Es evidente la irrupción de la tecnología en absolutamente todos los ámbitos, no sólo laborales, sino económicos y sociales. Pero no es esta la tendencia que a la que quiero apuntar yo, sino la necesidad de una formación continua a la que obliga el trepidante avance de dicha tecnología.

Formación continua. Los términos lo identifican perfectamente. En lenguaje llano… un no parar. Y así es. Un no parar. Hemos pasado de un esquema en el que el conocimiento lo era todo… a otro en el que disponemos de un conocimiento casi de “usar y tirar”. Conocimiento inmediato, a golpe de tecla, que se puede llevar a la práctica inmediatamente.

   – Me he visto un tutorial en Internet y me he arreglado el lavaplatos…

Para venirse arriba, ¡oiga!

Y, efectivamente, lo es. A golpe e tecla, cada uno puede convertirse en un experto en pocos minutos. Solucionar un problema, apaga y vámonos. Tema resuelto. Si encima hay interés por la materia… y se comparte, rápidamente podemos pasar de ser consumidores de información a “generadores” de la misma. Y entonces serán otros los que soluciones sus problemas con el fruto de nuestra materia gris.

Pero en este mundo conviene separar “churras de merinas”. Disponer de un conocimiento teóricamente ilimitado y de acceso inmediato no suple una base necesaria de la que se ha hablado por aquí en muchas ocasiones: las relaciones interpersonales. Sobre este ámbito es algo más complicado. No digo que imposible, pero sí, más complicado. Hasta el momento, cada persona es un mundo, y aunque podamos leer, tratar de aprender, y ejercitar este tipo de habilidades… lo siento, hay un factor -llamémosle- innato con el que hay que contar. El que tiene, tiene, y el que no… pues lo tiene más difícil. No es lo mismo aprender a vencer la timidez.. que directamente no ser tímido. O tener don de gentes. O ser gracioso. O ser… inteligente.

Se es. O no se es. Así de sencillo y así de duro.

Si se tiene o se es, estupendo. ¡Enhorabuena!.

Pero si no se tiene o no se es… en la carencia, es donde está la oportunidad de mejora. Y ser consciente de esta carencia es el mejor paso que se puede dar. Entramos en un terreno donde el principal responsable es nuestro cerebro. El cerebro humano. A día de hoy, el mecanismo conocido más complejo que ha existido y existe. (No me aventuro a decir “existirá”…)

Y como “mecanismo” (sé que el nombre no define la maravilla que es, pero ruego me disculpéis la licencia de llamarlo así, con fines únicamente ilustrativos), conocer su funcionamiento puede aportarnos bastante.

Desafortunadamente no viene con libro de instrucciones, porque cada uno es cada uno, y esa máquina nos viene “de serie”. Cada uno con la suya. “Customizada” para nosotros. Y sobre este complejo asunto me vienen a la cabeza dos referencias: la primera, contenida en la “Trilogía de Auschwitz”, de Primo Levi, que en su magnífico (aunque estremecedor) relato perfila hombres de muy poca inteligencia… pero con una capacidad asombrosa para adaptarse al horripilante entorno del campo de concentración (¿?).

Y la segunda, uno de mis libros de cabecera: “Pensar rápido, pensar despacio”, de Daniel Kahneman, un texto que nos da a conocer en profundidad, pero de una manera asombrosamente comprensible y amena, el funcionamiento de tan maravilloso “mecanismo”, tratando temas tan relevantes como las percepciones, los sesgos cognitivos, las perspectivas e incluso la felicidad. Es, en resumen, un libro, si no capaz de elevar esa inteligencia que nos viene de serie, muy efectivo a la hora de hacernos conscientes de nuestras limitaciones… pero también de como racionalizarlas, ponerlas jugar a nuestro favor y, por ejemplo, ayudarnos a tomar decisiones en entornos de alta incertidumbre.

Dos referencia para la búsqueda de la (f)independencia: adaptación al entorno y auto conocimiento…¡casi nada!

Una notable diferencia.

(“Una notable diferencia” es un artículo escrito por Ernesto Bettschen).


En aras de tener un poco más de conciencia del entorno, ayer decidí darme un paseo por la red y tomar el pulso a nuestra filosofía de inversión. Disculpadme por decir “nuestra”, generalizando en ese término todas las iniciativas que he encontrado, que no son pocas y no son homogéneas, pero que comparten una base de diversificación (tanto de activos como temporal), de esfuerzo inversor prolongado en el tiempo, de contención del gasto y de continuar… resistiendo contra viento y marea… Últimamente se nos conoce como buscadores de “Independencia financiera”.

La verdad es que una búsqueda bien dirigida podría llevarnos a la conclusión de que somos legión… pero la verdad es que no. Que al final los que llevamos el paso cambiado somos una pequeña minoría.

Pero la realidad es que no somos conscientes de que utilizamos una terminología, que si bien para nosotros es común, resulta ajena a aquellos que no se hayan preocupado de agarrar el toro por los cuernos, preocuparse de informarse, llegar a tener un plan… y ejecutarlo.

Al final, creo que los que estamos empeñados en cambiar el paso no somos tantos…

No somos tantos, pero tenemos una ventaja que nos hace poderosos en nuestro empeño. Una notable diferencia con respecto a la gestión financiera… llamémosla… “tradicional”.

Y esa diferencia es la siguiente: ESTAMOS CONVENCIDOS DE LO QUE HACEMOS.

   – ¿Perdón? (mi no entender).

Trataré de explicarme con un ejemplo: en esa minoría que camina con el paso cambiado, el que menos convencido está de todo esto está metido hasta las cejas. No entro a valorar si tiene claro el final de su estrategia, si llegará finalmente a esa meta que se ha propuesto, pero lo ha puesto en práctica y está en ello. Basta con leer un poco para darse cuenta de que existe un convencimiento absoluto de la robustez de todos y cada uno de los sistemas. Todos son conscientes de las fluctuaciones a corto plazo el mercado. Y todos son conscientes de la bondad del largo plazo. Nadie se cuestiona la viabilidad. La única duda que subyace es… si el tiempo que queda por delante me permitirá llegar a la meta. Esa menta en la que un ingreso pasivo alegra nuestra existencia… (o visto como está el patio, es lo que permite que no nos muramos del asco).

Un notable diferencia. ESTAMOS CONVENCIDOS DE LO QUE HACEMOS.

Ahora, prueba a acudir a tu entidad financiera “tradicional” y encuentra alguien que te realice afirmaciones con la misma rotundidad. Que te proponga un algo con un final feliz, diversificado… sostenible en el tiempo… y sin letra pequeña. Misión imposible.

Y sin embargo, aquí estamos nosotros. Con el paso cambiado. Reafirmándonos a cada aportación a nuestro sistema. O nos equivocamos nosotros (que como digo, somos cuatro gatos), o se equivoca el resto del mundo.

Y entonces nos viene a la mente una frase que en otras ocasiones ya se ha escrito por aquí: “si haces lo mismo que todo el mundo… obtendrás los mismos resultados que todo el mundo”. Y miramos a nuestro alrededor… y va a ser que sí, que tal vez merezca la pena el ¿riesgo? de cambiar el paso.

Con la notable diferencia de que ESTAMOS CONVENCIDOS DE LO QUE HACEMOS.

Y para tratar de transmitiros la importancia y lo poderoso de esta afirmación, tomaré un ejemplo extraído del libro “The Millionaire Fastlane” de M.J. DeMarco, extrapolando el ejemplo de acudir a nuestra entidad financiera “tradicional” al mundo de la salud…

Entonces, sería como acudir con una grave enfermedad a un cirujano que nos dijera…

   – Creo que podría operarte… y trataré de tener éxito…

Pues va a ser que me voy a otro lado.

Ernesto Bettschen. Febrero 2017.

La falacia del Idealismo mental.

En una ocasión leí que lo que realmente nos diferencia de los animales no es la inteligencia en sí… si no la capacidad exclusivamente humana de imaginar escenarios que no han existido ni existirán. La capacidad de manejar situaciones alternativas a lo que está sucediendo en la realidad.

Así, en algún momento todos nos hemos planteado dejar de lado lo que hacemos para plantearnos un modo de vida más alineado con lo que nos gusta hacer. Pero la mente es traidora y, no sé si para bien o para mal, tiende a idealizar algunas de esas situaciones imaginarias que nos planteamos, y ese proyecto vital se dibuja en nuestra mente no sólo como una vía de escape de nuestra situación actual, sino como un alivio a casi todos nuestros males…

Pero, como digo, la mente es traidora, e intencionadamente elimina de su ecuación realidades que nos afectan directamente, y que en nuestro proyecto imaginario directamente no aparecen o lo hacen de forma difuminada.

Profundizo un poco más con un ejemplo: si tienes hijos, los tienes, y no por hacer lo que te gusta dejarán de estar ahí. Es más, es probable que lanzarte a materializar tu sueño tenga como contrapartida dejar de atender otras parcelas personales… y además, hacer lo que a uno le gusta no implica que eso sea lo que le gusta a los demás. Si no hay demanda de lo que tú sabes hacer, de lo que te gusta, o de lo que tienes en la cabeza, prepárate para recorrer un camino tortuoso.

Me viene a la cabeza una frase de Robert Frost: “By working faithfully 8 hours a day, you may eventually get to be the boss and work 12 hours a day”. (“Trabajando concienzudamente 8 horas al día, tal vez llegues a jefe para trabajar 12 horas al día”).

Es de ese tipo de frases resultonas pero que hay que matizar. Efectivamente, es probable que alcanzar ese puesto te suponga asumir responsabilidades que a día de hoy no tienes, pero casi seguro que el ascenso tiene su contrapartida económica. Mi enfoque es: ¿realmente el incremento salarial hace que el ascenso merezca la pena?. ¿En cuánto valoras una hora con tus hijos o haciendo lo que más te gusta sin tener en la cabeza “ruido” de tus obligaciones?

Y si tu proyecto es más personal y efectivamente quieres llegar a ser tu propio jefe… debes mirar muy mucho la consecuencia de tu proyecto personal… porque no serás el primero ni el último que una vez alcanzado ese sueño idealizado por la mente… empiece a echar de menos una vida pasada con la recompensa no agradecida de menos obligaciones y responsabilidades.

No quiero ser malinterpretado: no soy el que trata de quitarte la idea que tienes en la cabeza. Soy el que quiere que la lleves a la práctica con la mayor sensatez posible. Y con la mayor probabilidad de éxito. Y para ello, una vez más, nada como una dosis de “Realismina 500mg. ©”.

Tener el contexto de tu realidad, de tus posibilidades, del momento, de si es ahora o debes esperar… todo es importante. Pero también lo es el desidealizar la visión, tal vez engañosa, de ese escenario idílico en el que todo funciona con la precisión de un cronógrafo suizo.

Y creo que así es mucho más probable el éxito. Y lo que es casi más importante, tener una idea más real de lo que es ese éxito…

Lo que la inversión me ha enseñado.

La inversión me ha enseñado muchas cosas. Muchas que poco o nada tienen que ver con su ámbito, que extrapoladas a otros escenarios son muy útiles.

Creo que lo una de las cosas más importantes que me ha enseñado la inversión es a creer más en mí. Así de rotundo. Cuando uno empieza sus andaduras en el mundo del dinero busca referencias, modos de pensar y de hacer… una guía, una fórmula de éxito asegurado. Pero a poco que avanzamos en nuestro camino, pronto nos damos cuenta de que eso no existe. Y lejos de encontrar ese ansiado mentor, nos topamos con mucho charlatán que trata de anticipar el futuro del mercado. Con el grado de acierto que todos sabemos: poco… y esto ya es mucho decir. Así, tras poco tiempo, el mundo de la inversión casi nos obliga a tomar nuestras propias decisiones, nuestra propia estrategia, y a ser consecuente con ella. Y nos damos cuenta de que somos tan listos como el más, y tan tontos también como el que más. Pero aprendemos de los errores, ajenos al principio… y propios un poco más tarde. Y precisamente así, a base de errores, depuramos nuestra experiencia. Y pasa eso, que a cada paso que damos confiamos más en nosotros mismos. Y adquirimos una interesante habilidad para tener nuestro propio criterio.

Otra de las enseñanzas que la inversión me ha enseñado es sobre cómo asumir riesgos. Es tan grande la campaña del miedo que intencionadamente se ha propagado (a nadie más que a ti le interesa que tú seas financieramente independiente), que a cualquier iniciativa inversora o emprendedora contada en la mayoría de grupos sociales se le asocia inmediatamente la palabra “arriesgado”. Y sí, lo es. Pero al final, ¿qué es menos arriesgado?¿dejar que tu dinero pierda valor en un depósito a un interés que no bate la inflación? El riesgo es una percepción. Y además puede controlarse en cierta medida. Si quiero montar un negocio que me cuesta cien mil euros, no es lo mismo tirarse a la piscina con ese capital, o hacerlo previendo que la cosa puede ir mal y esperarse a tener una dotación de un 40% superior, con su consiguiente coste, también en tiempo. Es una decisión personal… pero los saltos al vacío mejor con paracaídas…

La diversificación tiene también su reflejo en la vida real: si todo tu ingreso depende de un solo trabajo por cuenta ajena… todos tus huevos están en la misma cesta. Suena duro, pero es así. Y si es así, ¿por qué no empezar a trazar un plan para cambiar la situación?

Yo te lo digo, porque hacer un plan y ejecutarlo requiere esfuerzo y tiempo. Y nosotros, queremos resultados inmediatos, para todo. De un tiempo a esta parte, hay una cultura de la inmediatez que no nos hace ningún bien. También los mercados me han aleccionado sobre esto. Me han enseñado a tener paciencia y a cultivar el esfuerzo. Paciencia, para ver germinar una siembra con todo el tiempo que necesita. Sin prisa, pero sin pausa. Poner, esperar, seguir poniendo. Al principio, los pequeños pasos no te llevan donde quieres llegar, pero sí que te sacan de donde no quieres estar… Y luego esos pasos, poco a poco empiezan a resonar en la acera, porque uno empieza a pisar fuerte. Y esfuerzo, mucho esfuerzo con la paradoja de casi envidiar a mis semejantes, viviendo a todo trapo, y casi obligados a hacerlo pada poder enseñarlo en tiempo real por las redes sociales. Pero la (f)independencia reza, que quien ríe el último, ríe mejor… y lo que no te cuenta es que llegado a un determinado punto en el camino, uno puede empezar a sonreír… y los imprevistos, no lo son tanto… y los caprichos, tampoco. Y la costumbre de no dejarse llevar por los impulsos de la inmediatez obra que se alcance un equilibrio y una seguridad que la verdad es muy de agradecer.

Y con todo esto bien agitado en la coctelera de mi vida, el resultado es la mayor de las enseñanzas: que el mayor activo y el más importante de todos, es el tiempo. Mi tiempo. Y que como pasa en el mercado, sobre él hay que tomar decisiones. A diferencia del dinero, el tiempo es un bien muchísimo más escaso, así que hay que decidir muy bien cómo invertirlo y con quién. Porque el tiempo, bien invertido, dará como rendimiento unas vivencias personales, que además de hacernos como somos, será lo único que nos podremos llevar de este mundo.

Comodidad y miedo al fracaso.

No cambiamos de situación por dos motivos: comodidad y miedo al fracaso.

Cada vez tengo más claro que nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. En muchas de las conversaciones que mantengo encuentro personas que no quieren estar donde están, ni como están, ni con quien están. Y paradójicamente no hacen nada para remediarlo.

En la mayoría de os casos no hace falta un análisis profundo para determinar que la situación es por no sacrificar una “comodidad” adquirida y obligada a mantenerse, quizás por una deuda hipotecaria, o por la obligación a los pagos inherentes a esa comodidad (suministros, un vehículo… o dos, gastos de ocio, y tal vez colegios, actividades extraescolares, uniformes…).

“Quid pro quo”, una cosa por la otra. Un trueque que, siendo realistas, en muchos casos, no parece injusto del todo. No quiero estar dónde estoy, cómo estoy, ni con quien quiero estar… pero a cambio puedo costear mi existencia, al nivel que sea…

Pero la naturaleza humana es codiciosa y siempre quiere más… y el “Quid pro quo” que ha “funcionado” en una ocasión… pierde intensidad si tiene que volver a efectuarse: “No tengo suficiente dinero”… pero no me planteo analizar qué se hacer y ponerme, por poner un ejemplo sencillo, a dar clases particulares. Porque eso implica un sacrificio, un esfuerzo.

Esfuerzo. Creo que ya he comentado por aquí que no se puede estar esperando eventos, que las cosas requieren un proceso, y ese proceso a su vez requiere ese esfuerzo. Y ahí es donde se desinfla precisamente el argumento de la queja… Quiero algo, pero “no pasa”… y puede ser porque yo no hago nada para que pase… pero me quejo igual… porque mi situación no cambia… y además no soy plenamente consciente de que mi situación actual me permite estar precisamente donde estoy… y aun así sigo en un inconformismo, incomprensible, si tengo en cuenta que quiero algo más… pero sin dar nada (absolutamente nada) a cambio… sin ese “Quid pro quo”.

Eso es comodidad.

Y en esta situación de comodidad, por otro lado, lo que más inmoviliza a las personas es el miedo al fracaso… por el motivo que sea: por el qué dirán, por la sensación de tiempo perdido…

Pero sobre este asunto, mirad que maravilla de frase: “El fracaso debe entenderse e interiorizarse como parte del proceso de éxito” Así de sencillo. PROCESO. De nuevo… -y además, la frase es mía 😉 –

El empresario e inventor Tomas Alva Edison, respondiendo en una entrevista a un periodista que le recordó que había realizado cerca de un millar de intentos fallidos antes de dar con el filamento adecuado, dijo: “No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla.”

Esa es la actitud. Porque párate a pensar que… si evitas el fracaso, evitas, exactamente en la misma medida, el éxito.

Felicidades 2.0.

La existencia ha evolucionado de su ser normal a una existencia 2.0 que se vive en tiempo real. En muchos casos, tenemos “dependencia” de las pantallas. Móvil, tableta, ordenador… Vivimos conectados. (Nótese que no me excluyo de la ecuación: si salgo de casa sin mi teléfono móvil… no pasa nada… pero si es verdad que voy menos cómodo).

Y como parte de esa evolución a 2.0 de la que casi ningún ámbito se escapa, está la web 2.0, que absorbe de ese “estar conectado” que tanto nos gusta, para conocer de nosotros  mucho más de lo que podríamos imaginar. Y, consiguientemente, elaborar un plan personalizado de “tentaciones a la carta”.

Si no crees que los grandes portales ya saben lo que te vas a gastar el año que viene, con una precisión bastante acertada, indaga un poco sobre el poder de los datos que gratuitamente vamos dejando por la red…

No quiero ser malinterpretado: soy un firme defensor de la existencia 2.0. Y soy de la opinión de que, con todas sus cosas, la vida 2.0 es más fácil… y mejor. No sólo están las tentaciones 2.0… sólo hay que echar la vista al pasado más reciente y ver los milagros que ha obrado la red en tiempo de crisis: infinidad de proyectos orientados al consumo colaborativo. Es sólo un ejemplo. Pero la red tiene vida propia, y si no corren tiempos de bonanza, la red actuará en consecuencia. Es un ente dinámico.

Y además, sin todo este tinglado, (f)independencia  y su mensaje no llegarían a nadie 😉

Es verdad que abusamos un poco. Los datos de comercio online lo corroboran. Pero además ya verás qué de felicitaciones impersonales recibes este año… y en este sentido, aquí no hay grandes empresas detrás de estas acciones. Hay personas. Personas cercanas. Pero en muchos casos caemos en el conformismo de enviar/recibir una felicitación… que a veces ni siquiera es nuestra…

Combatirlo es tan sencillo como usar el teléfono para lo que es: para llamar, para felicitar las fiestas en primera persona, para quedar, y estrechar manos, y dar besos, y abrazos. Así de sencillo.

Y por eso desde aquí, tratamos de generar una conciencia sobre éste entono, porque una vez conocidas sus bondades y riesgos, y, con esa consciencia (que no es poco), podremos elegir entre hacer lo que la mayoría… con los resultados de la mayoría…

…o diferenciarnos del rebaño, aportar nuestro “caché personal”… y ser, en este sentido también, ¡un poco más (f)independientes!

¡Felices fiestas (2.0) a todos!

Decisiones.

La vida nos pone en la tesitura de tener que tomar decisiones casi continuamente.

Unas con más transcendencia que otras. Unas con mayor premura que otras. Unas, de manera obligada, y otras voluntariamente.

Pero hay que decidir. Por muchos motivos.

Y en el mundo de las decisiones pasa una cosa muy curiosa: en ocasiones, por no tomar una decisión en solitario, nos arropamos en una decisión común, tomada por un grupo, como si eso diera más fuerza a la decisión final o dotara de más razón nuestra postura.

No digo que no. Ese proceso debería habernos dado, por lo menos, oportunidad de escuchar nuevos puntos de vista, nuevos argumentos, nuevos razonamientos que deberían afectar de alguna manera nuestra postura ante la decisión.

Pero este hecho, provoca un efecto que pocas veces es analizado: que detrás de una decisión tomada arropado por el pensar común de un colectivo, no hay una sóla decisión, si no muchas decisiones individuales.

No es cómodo ser la nota discordante o el “raro”. Pero ante una decisión trascendente, asumir el papel de ser el que cuestiona a la mayoría casi siempre nos aporta (a título individual) nuevos argumentos y puntos de vista.

Y ser consciente de esto, nos hará comprender que, al final, el error o acierto de todos en una decisión es de todos… pero no se ve como un error o acierto individual. ¡Y lo es!

Creo que asumir esto y llevarlo a la práctica no es sencillo… La mente nos juega la mala pasada de que un error en la decisión tomada por un grupo es “menos error”.

Y esto deriva en una inercia que a nivel personal puede ser drástica: suena duro decir que supone, en muchos casos, la diferencia entre el éxito y el fracaso.

No me cansaré de dejar escrito por aquí eso de que si haces lo que hace la mayoría, obtendrás los mismos resultados que la mayoría.

Y ahora, mira a tu alrededor. Y decide que quieres para ti. Pero eso sí, asegúrate de tomar una decisión individual…