Entonces, optimismo.

«Entonces, optimismo» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Suena el despertador. Un día más. Toca trabajar.

En la radio, una de las noticias del día son los 130 millones que le han tocado a un vecino de Villaverde. 130 millones… ¡quién los pillara!

Me imagino esta misma rutina y sentimiento en miles… en millones de personas de camino a su trabajo. 130 millones… ¡quién los pillara! Total, si yo también juego. ¿Por qué no a mí?

Nadie se plantea que si reformulamos el sorteo con algo más de realismo, casi nadie jugaría. A saber: llenamos un estadio de futbol con nada más y nada menos que  76 millones de pelotitas, y te pedimos escoger una… la que contiene el premio… ¡venga, que ahí está la suerte!

De ilusión también se vive, y no seré yo quien te quiete las ganas de jugar al EuroMillones… pero tal vez debas plantearte que es bastante difícil y que no es malo tener un plan por si la “mala suerte” nos acompaña de por vida.

La otra reflexión, es… 130 millones. ¿Realmente hace falta tanto? Pues hombre, si efectivamente me “llueven” porque he tenido la fortuna de escoger la bola premiada entre los 76 millones, pues ¡bienvenidos sean!, pero si no… tal vez deba preparar algo más realista, no vaya a ser que aunque tenga la misma oportunidad de coger la pelotita todas las semanas… no termine la cosa por inclinarse a mi favor.

Así, que… ¿te has parado a pensar cuál es tu cifra “real”? ¿Cuál es esa cantidad por la que luchar “de verdad”? ¿Una cifra que sea alcanzable y que efectivamente me solucione algo?

Esa cifra debería ser real. Tuya. Suficiente e indicadora de que has llegado a la meta.

– Pero… ¿cuál es?…

Pues veamos. Porque efectivamente este cálculo es individual. Para este ejemplo, tomaré el dato (que no sé si es del todo cierto, pero que para este ejercicio vale) de sueldo neto medio (que no mínimo) en España, y que es de 1.749€.

Para calcular un objetivo realista, una fórmula sencilla y ampliamente difundida es la de multiplicar el gasto anual * 25, para luego pasar a retirar un 4%.

Así, para el caso de nuestro trabajador con sueldo medio, que cobra 1.749€ al mes (20.988€ al año) y no ahorra absolutamente nada, su objetivo realista sería de 524.700 € (20.988€ x 25). Y con ese importe, podría retirar el 4%, que vuelve a resultar 20.988€, al año, después, claro está, de rendir las pertinentes cuentas a Papá Estado (el peor padre del mundo).

524.700€. Todo un pastizal, pero es la cifra que si nuestro trabajador medio alcanza, le permitiría mantener su nivel de vida “medio”, pero sin tener que hacer absolutamente nada. Ni siquiera trabajar.

Seamos realistas. 524.700€ es una pasta… Pero seguro que es menos de lo que muchos trabajadores medios creían que hacía falta para “vivir de las rentas”.

Y la segunda parte es… ¿cómo de lejos estoy de conseguir ese objetivo, que por lo menos ya tengo cuantificado? Ya imagino la respuesta:

– Lejísimos… ya “sólo” me faltan 524.700€.

Bueno, eso es mucho o es poco… pero no depende únicamente de la cantidad de dinero, sino también del tiempo que te quede por delante para conseguirlo…

¿Quién dijo que esto era fácil? Poder llegar a desembolsar 300 o 400 euros al mes cuando se tiene 25 años es toda una proeza. Y hacerlo constantemente durante 40 años, todavía más. Pero ahí está la matemática, con sólo dos casos de éxito marcados en verde. Poder se puede, aunque una vez más la probabilidad de poder llegar a ejecutar este plan es casi parecida a la del estadio de fútbol lleno de bolas.

  • ¿Y entonces?

   Entonces, optimismo. Pintaré la tabla desde otro punto de vista: el de la expectativa de qué puedo conseguir en cada caso…

   Decirle a un apersona de 45 años que por cada 200€ que ponga al mes percibirá en el futuro 255€ mensuales como complemento a su pensión e indefinidamente, debería cambiar la percepción del esfuerzo. Tanto como para que merezca la pena iniciar el plan.

Al final, resulta que todos estos casos son de éxito. Todos. Y ahora, tú eliges: elabora tu plan… o sigue escogiendo una bola entre 76 millones…


Nota: el tipo al que renta históricamente el mercado es más próximo al 6% que al 4%. Pero no seamos optimistas y tomemos el 4% como valor de referencia. Porque recordemos que Papá Estado (el peor padre del mundo), también quiere vivir de las rentas…

Feliz año 2020.

«Feliz año 2020» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


¡Feliz año nuevo!

Antes de cualquier otra cosa, quiero desearos lo mejor para este año… y para todos los que le siguen. Sólo por dedicar vuestro valioso tiempo a leer estas líneas, hace que merezcáis lo mejor. Aunque también tengo la certeza de que si estáis leyendo estas líneas seguro que estáis en el camino de ser afortunados… No por suerte, que tal vez, sino porque sois del tipo de personas que tienen intención de tentar a la fortuna… personas que aunque creáis en la suerte, pensáis que es conveniente “empujarla un poquito”, no vaya a ser que le dé por no aparecer.

Unos lo llamarán suerte. Mi padre lo llamaba “coraje”.

Con esto en mente, ¿cuáles son entonces tus propósitos para el futuro? No hablo sólo de 2020. Me refiero a ese plan vital que te lleve a tentar a la Diosa Fortuna…

Yo, con la brújula de la (f)independencia en la mano (habilidades técnicas + habilidades interpersonales + habilidades financieras)…te cuento…

Habilidades técnicas: a mí no me queda más remedio que seguir estudiando y desarrollando nuevas habilidades. En este ámbito, creo que si no te está pasando algo parecido, tal vez debas plantearte si te estás quedando atrás. Me refiero a que en los últimos años hay una aceleración vertiginosa en el ritmo de los cambios en casi todos los sectores. Raro es el ámbito de trabajo que no se ha visto afectado por los avances tecnológicos. Esto, puede parecer que sólo afecte a herramientas, pero realmente tiene una proyección sobre toda la cultura laboral (modelos de relación, trabajos que desaparecen, nuevos trabajos inexistentes hasta ahora que aparecen, deslocalización del trabajo, nuevos modelos motivacionales, nuevas metodologías, y un largo etcétera sobre el que conviene reflexionar. ¿Crees que tu trabajo no se va a ver afectado por todo esto?) . Lo dicho. En 2020 abro un nuevo ciclo de estudio. Y precisamente es la tecnología la que me va a permitir continuar formándome de una forma (espero que) buena, bonita y barata. Empiezo ¡ya!

Habilidades interpersonales: una de cal… y otra de arena. Sobre este ámbito,  lo tengo claro. Mi intención es dejar un poco de lado la tecnología para “desvirtualizar” mis relaciones. Hablando claro: retomar el contacto directo con las personas. Menos mensaje en el móvil, y más llamadas de voz. Menos llamadas de voz y más quedar, y vernos, y compartir, y sentir… en persona. Tengo la sensación de que estamos más solos que nunca y le echo la culpa a estar super-conectados. Mensajes en tiempo real y redes sociales dan una falsa sensación de proximidad. Para este 2020 quiero dejar de estar ensMIsmado (mirando hacia mi mismo… o mi móvil) para pasar a estar enTUsiasmado (pues eso, tú, ti, te, ¡contigo!). Toda una declaración de intenciones.

Habilidades financieras: de nuevo, toca seguir aprendiendo. Tengo en curso varios experimentos financieros, porque si no he “sufrido” primero en mis propias carnes los rigores del mercado, de los productos, de los intermediarios, etc.,  difícilmente voy a poder contarte algo por aquí. Para poder opinar, primero hay que fundamentar la opinión. Y para eso, nada mejor que obtener la información de primera mano. Y recursivamente, para obtener la información de primera mano, nada mejor que obtenerla tú… experimentando. En la práctica, mi plan financiero parece un reloj suizo. Pese a un año de gastos extraordinarios, el rendimiento también lo ha sido. Pero no declararé un beneficio, porque el péndulo financiero tarde o temprano… girará. Sobre esto, quiero hacer énfasis en que abstraerse de la información de los mercados es la mejor receta que puedo seguir y recomendar. Si por artículos de diversos medios acreditados del  mundillo financiero fuera (hace ya dos años que llevo escuchado la llegada de la corrección en USA…), si hubiese prestado atención, probablemente me hubiese perdido este año, que como digo ha sido extraordinario. La corrección seguro que llegará… y cuando llegue casi seguro que me pillará… haciendo lo mismo, y con la misma cadencia y constancia, que me da muy buen resultado.

   También, sigo con la intención de dejar escritas por aquí mis reflexiones… Tal vez alguien llegue a leerlas alguna vez. 😉

   Todo esto, puesto en una coctelera, me parece una mezcla positiva para 2020. Tal vez me ayude un poco a tentar a la Diosa Fortuna.

   Por supuesto, esta declaración de intenciones me la tomaré con prudencia, porque no hay que descuidar el que “la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”.

   Y tú… ¿te has planteado ya cómo tentar a la diosa Fortuna?

Fortuna Hans Sebald Beham – Private collection, Scan by Yellow Lion 2006

Consumo continuo.

«Consumo continuo» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   Diciembre. Hace algunos años hubiese escrito que es un mes de gastos extraordinarios. Y esto no ha dejado de ser verdad, pero hay que matizarlo diciendo que a Diciembre, en la mayoría de los casos, hay que añadir otros meses de gastos extraordinarios, y que son… Enero, Febrero, Marzo, Abril, Mayo, Junio, Julio, Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre.

   No puedo evitar que se me venga a la memoria una irónica pregunta que mi padre formulaba en ocasiones:

Y hoy, ¿qué se celebra?

   Se la reservaba para aquellas ocasiones en las que detectaba que se nos iba la mano con el gasto. Y era su manera de hacernos reflexionar.

   Y en aquella época, era verdad: más allá del cumpleaños, de las navidades y de contadísimas ocasiones y muy excepcionales a lo largo del año, no había el consumo irracional de hoy en día.

   No me malinterpretéis, que no es nuestra culpa. Es muy difícil resistirse a las rebajas de Enero, a las de verano, a los días de oro, al Black Friday, al “Cyber Monday”, al día sin IVA o a las campañas de turno de 3×2 o la 2ª unidad al 50%…

   Y el más difícil todavía pasa porque la oferta ya no es una oferta generalista, para todos los públicos, sin distinción. La oferta es un traje a medida que te presenta aquellos productos que tu rastro digital indica que estás interesado. Si buscas “envío anticipatorio” en Internet a lo mejor te sorprendes.

   A todo esto, hay que añadir los estímulos que día a día inundan nuestras vidas, y que lejos de ser pocos, han pasado a inundar nuestro subconsciente. Cualquiera que lleve un teléfono móvil o trabaje con un ordenador sabe a qué me refiero: un chorreo constante y oportunista de ofertas. Continuamente.

Las ofertas, y lo que no es oferta pero que tiene un precio “irresistible”: la globalización ha hecho que productos producidos en países ya no tan remotos pero con costes de producción bajísimos, lleguen a nosotros y resulten baratísimos. Entrar en una tienda a por un producto de 2€… y salir con una cesta (literal) llena de productos “tirados de precio”, pero con un ticket final cercano a los 50€ (ticket medio de una conocidísima multinacional de ropa que basa su oferta en esta práctica).

El cóctel lo completan las suscripciones: a los gastos fijos de los suministros habituales (agua, luz, gas), parece que han venido para quedarse nuevos pagos recurrentes para ver la televisión, para escuchar música, para jugar a la videoconsola… y cada vez con más frecuencia te ofrecerán firmar un contrato de mantenimiento o un seguro si compras un electrodoméstico…

Como ya se ha escrito por aquí, te lo vas a comprar, aunque no te haga falta.

   Así que, pobres de nosotros, que más que culpables de nuestro consumo, podríamos decir que somos víctimas de un pérfido sistema al que resulta muy difícil resistirse.

   La pregunta sobre la que debemos reflexionar es si no estaremos hipotecando nuestro futuro con el consumo desmedido de hoy. Si efectivamente este “tren de vida” es sostenible. Si no estaremos primando el consumo sobre el ahorro/inversión, cuando la sensatez nos dice que debería ser al revés. Si aun habiéndonos parado a pensar en la jubilación, nos hemos dado cuenta de que no es nada prometedora… y aun así, tampoco hemos hecho nada.

   Porque en ese caso, no nos equivoquemos: sí, ahora somos víctimas, pero poco a poco nos volvemos cómplices de ese sistema que nos tienta a diario, pero  que no es otro que el que nos está nublando el bienestar del futuro.

   Está muy bien vivir “a todo trapo”, pero no podemos hacer caso omiso a esa inquietud que sabes que está ahí, que ya ha hecho “toc-toc” en tu cabeza”, que empieza a incomodarte, porque parece que el futuro, poco a poco… llega.

Rebalanceo.

«Rebalanceo» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Como muchos de vosotros sabréis, desde hace ya unos cuantos años gestiono una cartera Boglehead.

Decir “gestiono” me resulta un poco raro, porque la verdad es que gestionar, lo que se dice gestionar, gestiono poco… Siendo sincero, diré que me lleva… un ratito… ¡al año!

Y como no quiero dejar de ser un poco metódico, esa gestión la suelo realizar el día de San Ernesto, que es el 7 de Noviembre. ¿Por qué esa fecha? Pues porque es exactamente como cualquier otra, sólo que lleva mi nombre. 😉

Y vuelvo a ser sincero: metódico… pero tengo que confesar que a veces, por no encontrar un rato en el que sentarme tranquilamente, me retraso algún día.

Así de trepidante es la “gestión” de mi cartera: un rato al año. Os podéis imaginar, que el resto de año, lo que hago es… nada. Confesaré que hay ocasiones en que accedo a la posición y veo con sorpresa que llevaba sin mirarlo más de un mes… a veces incluso dos.

Y precisamente, desde mi punto de vista inversor, de eso se trata: de tener un esquema inversor que me robe muy poco tiempo, que no me obligue a gestionar y que proporcione un rendimiento aceptable.

En esta cartera no hay análisis técnico, ni selección de valores, ni “timing” de mercado, ni rotación de posiciones, ni análisis de empresas… No me cabe la menor duda de que es la forma más aburrida de inversión que hay. Pero esto, a efectos de rendimiento, resulta bastante beneficioso.

En contraposición a esta inactividad por mi parte, diré que el propio mercado es quien realiza toda la gestión, casi en tiempo real. Cada día, los fondos indexados, con todos los activos que incorporan, se restructuran internamente, cambia su cotización, hay empresas que entran y salen de los índices, cambia el peso de cada una de las empresas que conforman el índice.

Y yo sin hacer nada.

Al final, resumiré toda mi gestión en realizar un seguimiento periódico, y realizar un rebalanceo anual. Sólo si alguno de los 6 fondos que conforman mi cartera se desvía un 5% de su valor objetivo, fuerzo un rebalanceo (adicional al rebalanceo que llevo a cabo anualmente).

El rebalanceo es muy automático. Tampoco aquí tengo que hacer ningún tipo de análisis. Básicamente (tanto en el rebalanceo anual, como en el caso de que haya habido esa desviación del 5% arriba o abajo) se trata de reajustar las desviaciones que haya habido a su valor objetivo.

Si nuestra edad indica que deberíamos tener un 65% de renta variable y ésta ha crecido hasta ponderar un 67%, debemos traspasar ese 3% de exceso de nuevo a la parte de renta fija. Y eso lo haremos traspasando la parte que corresponda a cada fondo, también según los tengamos ponderados.

Un ejemplo de objetivo para una persona de 45 años que haya decidido tener 110 menos su edad en renta variable (para que a medida que se hace mayor poder recuperar su dinero con seguridad llegada su jubilación):

Después de un año, en el caso del rebalanceo anual, todo se reajusta teniendo en cuenta que somos un año más expertos (me niego a decir “viejo”, que últimamente estoy “de cine”), y esto hace que el porcentaje de renta variable y renta fija se recalcule para controlar el riesgo. Consiguientemente cambia toda la ponderación de los activos.

 Si el rebalanceo es por desviación sobre el objetivo, sólo habría que calcular las desviaciones de cada fondo. Imaginemos que la renta variable crece y uno de los fondos (por ejemplo, el indexado al mercado de USA) sobrepasa ese 5% que nos hemos fijado como límite para forzar un rebalanceo…

   En el ejemplo, para rebalancear la cartera, deberíamos traspasar un 8% desde los fondos de renta variable hacia los fondos de renta fija, a ser posible en los porcentajes que hemos calculado para cada fondo.

   Conviene reseñar, que afortunadamente, los traspasos entre fondos de inversión no tributan. Por lo que la operación de rebalanceo es “inocua” fiscalmente.  

La simplicidad de gestión de esta cartera, no está reñida con su rendimiento: ha cerrado el ejercicio 2018/2019 (de San Ernesto a San Ernesto) con una revalorización del 11, 68%.

Y esa es toda mi “gestión” anual. Un poco de matemática y ya está. Volveré a ello el año que viene… ya sabéis.. más o menos el día de San Ernesto. 😉

Dos caminos.

Si has echado un vistazo por estas páginas, sabrás que la (f)independencia va un poco más allá de la independencia financiera. La (f)independencia trata de poner foco en tres ejes, que considera fundamentales para prosperar: las habilidades técnicas, que tratan sobre lo que sabes hacer,  las habilidades interpersonales, orientadas a cómo te relacionas con los demás, y las habilidades financieras, relacionadas con tu prosperidad.

Y esos tres ejes, deben complementarse entre sí porque, si bien trabajados de uno en uno ya mejoran un poco nuestra vida, si conseguimos que se apoyen mutuamente, no me cabe duda de que seremos capaces de aprovechar mejor las oportunidades que se nos presenten. Aprovechar, cuando menos… en el mejor de los casos nosotros mismos seremos capaces de crear esas oportunidades…

Básicamente, lo que viene a “predicar” la (f)independencia es que si trabajamos una habilidad o conocimiento profundamente, estamos bien relacionados y podemos impulsar nuestras ideas financieramente… nuestra probabilidad de éxito en la vida será un poco más elevada.

La alternativa a esto, puede ser vivir esa existencia que nos lleva por el camino común… un camino por el que transita tanta gente que apenas tenemos margen de maniobra. No se vé el propio camino. No se disfruta del paisaje. Se va. Casi por inercia. Es ese camino socialmente aceptado, y casi promovido, que como andamos juntos parece más seguro. No digo que sea un camino fácil de transitar. Pero sí que sé que llega donde llega la mayoría.

Me gusta pensar que si estás leyendo esto, tal vez sea porque te has planteado si efectivamente esa es la meta a la que quieres llegar… la meta “donde llega la mayoría”.

Si es así, ¿Cuál es tu meta?¿Cuál es tu plan para alcanzarla?¿En cuánto tiempo? Si tienes respuesta para estas preguntas, tal vez ya estés cambiando el paso. Si no, simplemente espero haberte incomodado. Y entonces aprovecho para decirte que un solo paso es poco caminar, no te lleva donde quieres estar, pero es el primero que te aleja de tu punto de partida…


“Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

Yo tomé el menos transitado,

Y eso hizo toda la diferencia”. (Robert Frost)


“Cuando un velero no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento es el adecuado”. Séneca.

Aceptación social 2.0

«Aceptación Social 2.0» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   El otro día, en una de esas conversaciones que tuve con mi amigo Fansworth, filosofamos sobre los mensajes que reciben las nuevas generaciones sobre el éxito, y la verdad es que (llegamos a la conclusión de que) en este sentido el mundo, a nivel de emisión y recepción de información, se ha vuelto bastante más complejo de lo que era hace sólo unos pocos años

   Por mi edad, he conocido un mundo de información unidireccional, en el que (libros aparte, que ese tesoro, desde que tengo uso de razón,  siempre ha existido) un par de canales de televisión, 4 o 5 periódicos y algunas revistas temáticas era casi todo lo que uno podía consumir para mantenerse informado.

   El mundo de, hoy,  se ha tornado en algo mucho más complejo, donde la información ya es prácticamente omnidireccional, y donde lo realmente complicado no es consumirla, sino determinar qué es lo relevante, qué es cierto, quien está detrás de esta o aquella información, qué intereses la mueven. Todo con derecho a opinión y réplica. Y con una variedad de canales (páginas web, vídeos, redes sociales, foros, etc.) que hace sólo unos pocos años costaba imaginar.

   Muchos jóvenes siguen queriendo ser futbolistas, sí, pero también “youtubers”. Lo que sucede de nuevo es que nos encontramos (esto sí que no ha cambiado) con una expectativa que gestionar. El éxito (tanto para un futbolista como para un youtuber o como para el director de una gran corporación) no es fácil. Requiere siempre gran esfuerzo y dedicación… una habilidad especial, un conocimiento… Talento.

    Y así, la conversación derivó en la elevada posibilidad de frustración que un joven de hoy en día puede sufrir, en muchos casos porque ese altamente complejo mundo de información que recibe le muestra continuamente vidas paralelas exhibidas en forma de biografía exitosa… (que en muchos casos no deja de ser una exposición pública de momentos que nada tienen que ver con la realidad de cada uno, pero eso ya es otra historia)

   Y nuestra reacción primaria (me atrevería a decir que es parte de nuestra naturaleza) es compararnos con lo que vemos de nuestros semejantes… con esos “mejores momentos” que comparten con nosotros. Y aspirar a lo mismo que vemos. Quererlo. Envidiar… pero sin un análisis mayor.

El joven (y no tan joven) de hoy ¿percibe éxito o consumismo?

Ese “éxito”… ¿es real?…

El mundo de nuestros semejantes se nos muestra en forma de mejores momentos capturados y expuestos para obtener una aprobación. Y eso casi que nos fuerza a actuar de manera similar para obtener una aprobación social, para pertenecer al grupo, para poder ser uno más.

«Ser uno más». ¡Uff!. En este blog que predica que si haces lo que todo el mundo obtendrás los mismos resultados que todo el mundo… se me forma un nudo en la garganta al escribirlo…

Para mí, que tengo hijos, se me  abre un importante frente de educación. Importante y complejo.

Una educación que pasa por poner en el ring la aceptación social (que pese a todo lo dicho no deja de tener su importancia) frente a un comportamiento que me atrevería a llamar “borreguil”…

Bueno, creo que ser consciente de la situación ya es algo.

¿Te has parado a calcular qué será de tí?

«¿Te has parado a calcular qué será de tí?» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   Corría el año 2011 cuando el estado afirmó que iniciaría una campaña de información a los ciudadanos sobre el cálculo individualizado de su pensión.

   Sin entrar a valorar el porqué de esta desinformación (cosa más que sospechosa y que ya de por sí da muchísimo que pensar), ¿te has parado a pensar en ese escenario futuro?

   Llegado a este punto, ¿Cuál es tu caso?

   ¿Estás perfectamente informado? (por la cuenta –y nunca mejor dicho- que te trae) o  por el contrario no lo tienes del todo claro…

   Si éste último es tu caso, puedes seguir esperando a que el gobierno se decida a cumplir lo que anunció en 2011, pero a lo mejor, cuando te proporcionen la información puede ser que no te guste demasiado.  

   No te preocupes, seguro que ese mismo estado “cumplidor” entiende tu situación y cuando pongas el grito en el cielo se vuelca en resolver tu problema… (¡ja, ja, ja!, ¡seguro que sí!)

   Si no has entrado al detalle, te recomiendo que lo hagas. En Internet hay infinidad de simuladores que te ayudarán a hacerlo. Verás que casi todos vienen a decir lo mismo: en la mayoría de los casos, la pensión a percibir no llegará a cubrir el 100% de tu nivel de ingreso antes de ser pensionista. 

   Si la primera pelota que sobre este asunto el estado ha puesto en nuestro tejado ha sido preocuparnos de cuantificar qué pensión cobraremos, la segunda será preocuparnos de cómo gestionar la diferencia de nivel de vida que puede suponernos pasar a ser pensionistas. Y este esfuerzo no es baladí: lo más “sencillo” sería el ahorro sin más (con el término sencillo, bien entrecomillado, porque si bien la teoría es fácil, en la práctica hay todo tipo de imprevistos, tentaciones, oportunidades, gangas, etc., etc., etc., que hacen que el resultado sea bastante imprevisible). Y luego está el asunto de cómo me las apaño cuando tenga que disponer de ello. Un paso más podría llevarnos a obligarnos mediante un plan de pensiones. Esto parece sencillo. A falta de otra cosa, puede no estar mal, es fácil de ejecutar, y en ausencia de cualquier conocimiento o interés es una opción. No poder rescatar el dinero a la primera de cambio debería ayudar algo. Y luego está todo el universo de las inversiones… que suena a palabras mayores, riesgo y que aparentemente está reservado a unos pocos entendidos.

   La tercera pelota, que Papá Estado (el peor padre del mundo) nos pondrá en el tejado, puede ser una auténtica bola de plomo: gestionar la realidad de nuestra vida de pensionistas (cuando esta llegue) en el caso de que hayamos caído en la desinformación / desinterés y la falta de ayuda para retirar las dos pelotas anteriores.

   Paradójicamente, éste problemilla rodante, afectará de forma más intensa a aquellos que hayan tenido una vida laboral más próspera, porque la pensión máxima en el momento de escribir estas líneas, es de 37.231,74 € brutos anuales (2.659,41€ brutos / mes). Eso quiere decir, que si yo he sido un trabajador que ganaba por debajo de esa cifra, (siempre que haya cotizado los años necesarios), tendré que cubrir un desfase más o menos asumible. Pero si he tenido la fortuna de ganar 60.000€ brutos/ año (4.285,71 € brutos / mes), tendré que cubrir un desfase mucho mayor. O he sido previsor desde bien temprano, o estaré condenado a rebajar mi nivel de vida drásticamente, porque el máximo que percibiré será de esos 37.231,74 € brutos anuales… cuando yo tenía un nivel de 60.000€.

Y todo esto, siempre que el sistema de pensiones sea sostenible, pero no os preocupéis, que Papá Estado (sí, ese), lo tiene todo previsto. Por lo menos hasta 2046… (¡ja, ja, ja!, ¡seguro que sí!)

Al final, la verdad es que sobre este asunto… a mí me gustaría poder “hacerme el Sueco” (no sé a ciencia cierta de donde viene esa expresión, pero lo que sí sé es que Suecia aprobó en 2001 el informar a la ciudadanía sobre el cálculo individualizado de su pensión, y así lo hace desde entonces).

Examen de conciencia.

«Examen de conciencia» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


Los años pasan. Y todavía no has empezado. El pensamiento de que tienes que hacer algo para tratar de asegurar el futuro empieza a ser recurrente. Tal vez no sea un pensamiento tan claro y te lo plantees como un “debería ahorrar” o simplemente sea una incomodidad de “no gano suficiente dinero”…

Ser próspero es un derecho (hay quien piensa que debería ser una obligación, por lo menos en la medida de no llegar a ser dependiente). Desafortunadamente vivimos en una sociedad que nos incita a todo lo contrario.

Aun así, los años siguen pasando y ese pensamiento recurrente empieza a ser una preocupación… que con un poco más de tiempo también se convierte en recurrente. Y para cuando llegan las primeras reacciones suele ser demasiado tarde.

Es verdad que hay muchísima gente que no tiene ningún margen para invertir. Que vive muy cerca de esa línea invisible, desfigurada y cambiante que denominan “umbral de pobreza”. Pero también es verdad que la educación financiera (la de verdad, no la que nos venden los bancos y el estado) permitiría a mucha gente no llegar a esa situación. Porque a esa situación, en muchos casos, se llega.

Es muy cierto que la suerte que tenga uno al caer en este mundo determina en mucha medida el resto de su existencia. Pero también es verdad que superados unos mínimos niveles de ingreso, podrían empezar a aplicarse algunas fórmulas que por lo menos traten de alejarnos de esa línea de pobreza. Esa línea que con el paso de los años, parece que hace más visible, más definida… se materializa frente a nosotros y nos recuerda su existencia en forma de ese pensamiento recurrente que cada vez es más intenso.

Pero a largo de nuestra vida nadie nos ha enseñado cómo funciona el dinero. Básicamente conocemos que se consigue trabajando con esfuerzo, y paradójicamente se gasta sin ninguno. Que cuesta  mucho tiempo ganarlo, pero que se gasta en un periquete. Y ya. Se acabó. Así funciona. Esas son casi todas las instrucciones que históricamente existen sobre el dinero.

Y así, hay mucha gente que entiende la prosperidad exclusivamente como “ganar más dinero”, cuando realmente viven casi al día… a un par de nóminas de la bancarrota, aunque gestionando con auténtica maestría el crédito. Porque eso sí que los bancos y el estado nos lo han puesto muy fácil de aprender. Y muy accesible. La receta es fácil: si no tienes dinero, tráelo del futuro, y luego devuélveselo con el correspondiente interés. Se materializa en forma de tarjeta con la que la vida es casi de color de rosa y que rompe absolutamente con la afirmación de que “de dónde no hay, no se puede sacar”.

Y todos contentos. Por lo menos hasta que nos llega a la madurez ese momento de análisis en el que nos preguntamos dónde ha ido a parar todo ese dinero que tanto nos costó conseguir y nos planteamos ponernos a buscarlo entre la montaña de “gadgets” y teléfonos móviles que fuimos descartando por obsoletos a ritmo de uno cada dos años… Para eso sí que había esfuerzo. Para ahorrar o invertir… pues va a ser que no, que eso resultaba aburrido… aunque ahora empezamos a entender que no debía haber sido una opción.  Y que la excusa de “es complicado” siempre nos sirvió, aunque no nos paramos a comprobar si realmente eso era así. Y que “es arriesgado”, aunque tampoco nunca lo llegamos a experimentar… y que hay que tener mucho dinero… y tampoco lo cuestionamos. Puede ser que más por comodidad que por cualquier otra cosa.

Podía haber sido algo tan sencillo como una transferencia periódica… pero en vez de realizarla para nosotros, nos enseñaron a pagar el consumo en cómodos plazos. Y mire Vd. Por dónde, eso lo aprendimos en un santiamén.

Nunca es suficiente.

   El dinero no da la felicidad. No directamente. Cada vez estoy más convencido de esto. En el mejor de los casos, puede llegar a proporcionar cierta tranquilidad, pero nada más. Es cierto que vivir con esa cierta tranquilidad puede contribuir a ser un poco más feliz, pero esto dista mucho de ser feliz. Estoy convencido de que la felicidad es otra historia que se escribe con una tinta muy diferente.

Realizando un análisis personal sobre el comportamiento de las personas en relación con el dinero resulta que el dinero tiene mucho en común con las drogas. Si buscamos el término “droga” en el diccionario, veremos que en una de sus acepciones, se describe como “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”, y si lo pensamos bien, los efectos que el dinero puede causar pueden ser muy parecidos.

La analogía no sólo pasa por la definición, sino que tiene un análisis mucho más profundo en los comportamientos derivado de su uso. Y este análisis, explica muchas cosas.

La adicción es uno de ellos: y  esa adicción explica la insaciabilidad que el dinero puede generar. Para determinadas personas, parece que nunca es suficiente. Para desgracia nuestra, en muchos casos, esa adicción campa a sus anchas entre empresarios y políticos. Mal para los primeros, que en ocasiones llegan a comprometer la viabilidad de las empresas. Imperdonable para los segundos, que directamente se enriquecen a nuestra costa, con un dinero que es de todos, pagado por todos. Con mi dinero. Con tú dinero.

¿De verdad piensan que pasando de tener seis millones de €uros a tener siete, su felicidad se va a incrementar proporcionalmente? Cualquiera que lea esto, seguro que piensa,  como yo, en lo absolutamente grande que puede llegar a ser la imbecilidad humana.

El drogadicto, aunque consciente de su adicción, prima la satisfacción de la misma ante casi cualquier cosa. Y en muchos casos, sacrifica su felicidad y la de los que le rodean, por la satisfacción inmediata. Y todo en una espiral que se repite una y otra vez.

Nunca es suficiente.

Me viene a la memoria sobre este asunto, la introducción al libro “Enough”, de Jack Bogle, que comienza contando una anécdota sucedida en una fiesta en la que uno de los asistentes comentaba que el anfitrión, un administrador de fondos, había ganado más dinero en un solo día del que otro de los asistentes, un popular escritor, había ganado en toda su carrera profesional. El escritor, sobre éste asunto, respondió: “Sí, pero yo tengo algo que él nunca tendrá. . . Tengo suficiente. ”

Al final, resulta cierto que pasado un determinado umbral (que no dista mucho de tener bien cubiertas las necesidades básicas), todo lo demás puede empezar a suponernos quebraderos de cabeza. Todas las comodidades de nuestro tiempo, han ido acomodando nuestra conducta de tal manera que nos han hecho muy intolerantes a la más mínima incomodidad(*). Pero seguro que daría para un bonito debate plantear si la comodidad de estar conectados tecnológicamente ha sido para bien o para mal en nuestras relaciones interpersonales.

El dinero, por tanto, tiene ese “reverso tenebroso” de poder tener el efecto exactamente contrario a lo que esperamos. Puede hacernos sumamente infelices… por insaciables,  intransigentes, por insatisfechos, por desconfiados, por la soledad que todo esto genera. Suena horrible, pero si nos paramos a pensar, encontramos de golpe infinidad de políticos insaciables, celebridades intransigentes, millonarios insatisfechos y desconfiados, infinidad de actores que con enormes patrimonios resulta que llevaban existencias difícilmente soportables sin la ayuda del alcohol o las drogas…

¿El dinero da la felicidad? Creo que no. Por eso, la (f)independencia trasciende al mundo del dinero y debe ir más allá. Por eso se refuerza con otros sus otros dos puntos de apoyo,  que son igualmente importantes, y que son las habilidades interpersonales y las habilidades técnicas. Y entre ellas debe existir armonía (término que tiene una preciosa definición: “Equilibrio, proporción y correspondencia adecuada entre las diferentes cosas de un conjunto.”).

(*) Un interesante análisis sobre esta apreciación lo he encontrado en el libro «Sapiens. De animales a dioses», de Yuval Noah Harari.

Invertir no es lo complicado.

«Invertir no el lo complicado» es una entrada escrita por Ernesto Bettschen.


   En los últimos tiempos estoy compartiendo tiempo con un grupo de personas que acaban de empezar a invertir. Su acercamiento al mundo de la inversión tiene un comienzo discreto y siguiendo los que por aquí predicamos, han empezado sacrificando una noche de tapeo. Poco a poco van interiorizando qué es esto, en qué consiste y, sobre todo, por qué tenían una concepción previa (infundada y equivocada) del mundo de las finanzas personales.

   A medida que pasa el tiempo, muchas de sus dudas se van disipando. Pero entonces se ven en que tienen que combatir el “reverso tenebroso” de la impaciencia.

   Empezar poco a poco tiene la ventaja de que permite reflexionar mucho sobre lo que se está haciendo. Pero también la desventaja de que esa misma reflexión lleve a pensar por qué no se ha hecho nada antes, y eso es precisamente lo que genera esa sensación de tiempo perdido que hay que recuperar.

   Es curioso ver como poco a poco van desterrando tópicos que no saben a ciencia cierta cómo se instalaron en su mente:

  • Es arriesgado.
  • Hay que tener mucho dinero.
  • Es muy complicado.
  • Hay que dedicarle mucho tiempo y estar pendiente todo el día.

   Pero el tiempo pasa, y la ruina no llega, y el dinero fluctúa, y no resulta complicado ni hay que dedicarle tanto tiempo (aunque sí, lo miran –y sólo eso- a diario, a ver si sigue ahí, a ver si ha subido, a ver si ha bajado…)

   Y sigue pasando el tiempo, y poco a poco se pierde el interés… al fin y al cabo, sólo pasa eso, que la cotización fluctúa… Y ya no miran tanto. Pero casi sin darnos cuenta, toca volver a comprar. Y ese momento reactiva de nuevo todo el interés por la inversión.

  La experiencia me dice que una vez que se experimenta con dinero propio, en muy poco tiempo se cuestionan todas esas creencias y se pasa a ese segundo estado en el que predomina la sensación de haber perdido el tiempo. A la par, se recupera el interés por las matemáticas, y aparecen en la mente ese tipo de cálculos que nos engolfan la mente y nos proyectan a un futuro de abundancia (nada lejos de la paradisiaca playa lejana y el daiquiri)…

   Y sí, para llegar a eso hace falta mucho dinero, y mucha constancia, pero una vez dado el primer paso, el camino se ha comenzado. Y hay que gestionar la expectativa: porque pocos llegarán. Muy pocos. Casi ninguno. Es más, ni siquiera se trata de eso. En un viaje, no es el destino lo que importa. Es la experiencia. Es el viaje en sí.

Lo que realmente se tarda en interiorizar, y la verdadera dificultad de todo esto, más que todo lo que supone invertir (que eso al fin y al cabo es muy sencillo), es componer la ecuación para no hipotecar el presente por un futuro que no sabemos qué nos deparará. Ni siquiera si llegará, aunque esperemos que sí. Para guardar y gastar al mismo tiempo. Para ser comedido en los excesos (y no excesivo en los comedimiento, que –es una opinión- es mucho menos divertido), para poder llegar a ser solidario (siempre digo –medio en serio, medio en broma- que limpio mi conciencia inversora y capitalista con las aportaciones a las ONGs con las que colaboro), para poder despreocuparme por un imprevisto… o por dos…, para poder ser generoso, y a la vez prosperar. Todo, disfrutando el camino.

   Esa es la ecuación complicada.